COLUMNA

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Caritas in veritate: una utopía para un mundo nuevo

Gonzalo Arroyo, S.J. y Fernando Verdugo, S.J.


La propuesta de Benedicto XVI representa una imagen sobre las posibilidades del ser humano y del orbe: es parte esencial de nuestro llamado a encaminarnos hacia un “desarrollo humano integral” en esta nueva época marcada por la globalización y una profunda crisis.

Después de casi veinte años de espera por parte de quienes siguen el discurso social de los pontífices romanos, Benedicto XVI retoma la escena pública con la promulgación, en la fiesta de san Pedro y san Pablo, de su primera y profunda encíclica social, intitulada Caritas in veritate. Esta versa sobre el desarrollo humano integral, el cual, siendo impulsado por la fuerza de la caridad y orientado por la verdad, ha de conducir al mundo globalizado en el que vivimos hacia condiciones de mayor justicia y de primacía del bien común.

La anterior encíclica social, Centesimus Annus, había sido publicada por Juan Pablo II en 1991, poco después de la caída del Muro de Berlín. Desde los especialistas hasta el más común de los ciudadanos, asistíamos incrédulos al súbito derrumbe del mundo comunista europeo. Hasta entonces, la sociedad parecía irremediablemente dividida en dos sistemas ideológicos dominantes en lo económico, político y militar que reclamaban la adhesión de las diversas naciones del orbe. Sin embargo, cuando la Unión Soviética y sus aliados se derrumbaron en 1989, el capitalismo occidental apareció entonces como único vencedor.

A pesar de las constantes reservas que el pensamiento social cristiano había expresado sobre los excesos de ese modelo capitalista, algunos quisieron ver en dicha encíclica de Juan Pablo II una especie de “carta de ciudadanía” otorgada al sistema capitalista(1). Más precisamente, entregada a su versión neoliberal, inspirada por Friedrich Hayek y Milton Friedman en los años ’70, con cierto apoyo más tarde de políticos del mundo occidental, como Margaret Thatcher (Reino Unido) y Ronald Reagan (Estados Unidos). Después, esta política retomó fuerzas con George W. Bush y se intensificó con las guerras de Afganistán e Irak, que sirvieron a empresas estadounidenses para aumentar sus ganancias con el petróleo, armamentos y servicios de guerra: se trataba de un capitalismo desatado por la codicia, que no ha dejado de suscitar reparos desde distintos sectores, también desde la Iglesia católica.

Con todo, luego del enfrentamiento de décadas entre Este y Oeste, terminaron por imponerse la economía de mercado y la democracia como sistema político. En la América Latina de hoy, por ejemplo, todos los países, salvo Cuba, tienen presidentes elegidos por los ciudadanos y, aunque persisten graves desigualdades, están a “medio camino” al desarrollo que representa la incorporación efectiva a los mercados internacionales. En otros lados, hay potencias emergentes. China se configura como la segunda potencia global: el país con mayor número de habitantes se rindió ávido a los pies del mercado mundial, pese a mantenerse bajo el poder del Partido Comunista. Vietnam navega lentamente hacia una democracia capitalista. La India, con más de mil millones de personas, muchas de ellas en condición de gran pobreza, avanza hacia el desarrollo industrial con un régimen democrático de larga historia.

Desde los días de la caída del Muro del Berlín hasta hoy, muchas voces han proclamado no solo la muerte de las “ideologías”, es decir, de aquellos proyectos de sociedad y programas de acción que movilizan a sus adherentes. También han hablado de la muerte de las “utopías”, de aquellas representaciones sobre las posibilidades últimas del ser humano y del mundo,que orientan y dinamizan la vida de personas y sociedades. La utopía que soñaba una sociedad sin clases donde no habría explotación del hombre por el hombre se había desmoronado junto a los muros de la ideología socialista. La capitalista en su versión neoliberal, por su parte, negaba para sí el carácter de tal y tenía por evidencia empírica a la utopía de la mano invisible del mercado. 

El rol del magisterio

Después de Centesimus annus los discursos del magisterio social se limitaban a llamar la atención acerca de los peligros del capitalismo y su caballito de batalla, el mercado, que parecía retornar a su “estado salvaje” mientras campeaba sin contrapeso por un mundo en pleno proceso de globalización. No se cuestionaban o no se escuchaban los cuestionamientos a los supuestos pilares del sistema ideológico: la búsqueda del interés propio, la fe ciega en el mercado y su consideración como principal –si no exclusivo– mecanismo de asignación de recursos, etc.
        
En este contexto, Benedicto XVI retoma la utopía del “desarrollo humano integral” presentada hace más de cuarenta años por el papa Pablo VI en la encíclica Populorum progressio. Pero la aplica ahora al nuevo escenario marcado por la globalización. Como dijimos, el mundo al que dirigió su mensaje el papa Montini estaba dividido en dos bloques ideológicos y antagónicos: el socialista, sobre todo marxista, que se articulaba en los valores de la justicia y la igualdad, y el capitalista de corte industrial, que se agrupaba en torno a los de la libertad y la democracia. En un escenario donde no había lugar para los matices, la utopía del “desarrollo humano integral” ofrecida por Pablo VI no fue bien acogida; más aún, fue interpretada como una variante, bien intencionada pero ineficaz, del último bloque mencionado.
        
Pero a comienzos del siglo XXI, liberada ya la expresión de la Iglesia de una interpretación que la vinculaba a una corriente ideológica y, además, posicionada como alternativa al avance inexorable de una globalización huérfana de utopías que llega a amenazar la subsistencia del globo, el papa Benedicto XVI retoma una imagen que considera capaz de orientar y dinamizar el quehacer de las personas y de las sociedades: el “desarrollo humano integral”. No se trata de una ideología, puesto que no constituye un proyecto de sociedad ni de un programa de acción acabado: “La Iglesia –nosrecordará el Papa– no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados»” (n. 9). La “ideología”, bien entendida y saneada de sus comportamientos patológicos, es un elemento constitutivo de la existencia social e individual de los hombres. Sin embargo, no le corresponde al magisterio eclesiástico desarrollar un proyecto y programa de acción que contribuya a plasmar en la realidad los valores con que se identifica Jesús y su Evangelio del Reino. Cada cristiano y cristiana juzgará, en conciencia, los mejores medios para alcanzar el fin y colaborará con aquellos y aquellas que se orienten también en esa dirección.

Un horizonte que da sentido
   
Hace más de un año que se esperaba la primera encíclica social del Papa Benedicto XVI. El estallido de la crisis financiera de Wall Street que se expandió al mundo entero y los sucesivos destapes de corrupciones empresariales y financieras –junto a las negligencias de los poderes reguladores en Estados Unidos– postergaron la aparición de la Encíclica. Pero esto ha sido para bien. En efecto, recién publicada va ad rem contra la corrupción y pérdida de sentido de la ética en la actual sociedad globalizada en crisis. Aunque el Papa arguya que la Iglesia católica no pretende ofrecer soluciones en el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, en el texto declara estar más consciente de que “hay que buscar, encontrar y expresar la verdad en la “economía” de la caridad pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar a la luz de la verdad. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien descendiéndose de ella, bien rechazándola” (n. 2). Decir una palabra oportuna en estos tiempos de crisis, no solo es un deber cristiano sino un servicio a la humanidad.
        
Consideramos que la propuesta de Benedicto XVI, en continuidad con la de Pablo VI, es más bien una utopía. En efecto, se trata de una imagen sobre las posibilidades del hombre y del mundo: es presentada no solo como el horizonte que da sentido al quehacer del ser humano en la historia, sino como parte esencial de nuestra vocación de hijos e hijas de Dios, llamados a encaminarnos como personas y sociedades hacia un “desarrollo humano integral” en esta nueva época que hoy está marcada por la globalización y experimenta una profunda crisis. La Iglesia, con el Pontífice a la cabeza, se siente irreprimiblemente impulsada por el Espíritu a compartir lo que ha recibido como don y tarea de Dios creador en Jesucristo. Para eso está la Iglesia, sostiene el Papa, retomando al Concilio Vaticano II y a Pablo VI: “para servir al mundo”. Si no lo hiciera, sobre todo ahora que este se encuentra en un proceso de globalización que requiere de orientación o –mejor– de reorientación para que beneficie a todos los hombres y mujeres de esta sociedad interconectada, estaría negando su identidad y su misión.   

"Un servicio al mundo"
        
Si bien se trata de una utopía, de algo que aún no tiene lugar, eso no significa que la imagen del “desarrollo humano integral” no tenga contenido. La experiencia histórica de la humanidad, reflexionada a la luz de la razón y de la fe, permiten esbozar aspectos constitutivos que debiera formar parte de ese desarrollo que implica todas las dimensiones del ser humano y de su vida en sociedad. Veamos, pues, algunos de los rasgos fundamentales que, de acuerdo a Benedicto XVI, forman parte de ese desarrollo humano integral que la Iglesia anuncia como un “servicio al mundo”.
        
En primer lugar, digamos que lo que el Papa aborda no es poco. No trata solo de apuntar a las fallas éticas del capitalismo financiero en crisis. Pues Benedicto XVI no escabulle los problemas asociados al crecimiento demográfico, el calentamiento global en ciernes, el drama del hambre, del analfabetismo y la escasa salud de tantos, las grandes desigualdades sociales, etc. Todos estos problemas aún imperan en buena parte del globo pese a los avances económicos, tecnológicos y técnicos de la humanidad.
        
No podemos traer aquí ni analizar a fondo todo lo dicho en el documento compuesto de una introducción, seis capítulos y una conclusión final. Teniendo en cuenta ese horizonte de sentido expresado como “desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad”, veamos, por ejemplo, lo que dice sobre el mercado y la empresa:

  • Si hay confianza  recíproca  y generalizada, el mercado es la institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones… Sin formas internas de solidaridad y confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente, esta confianza ha fallado y esta pérdida de confianza es algo realmente grave (n. 35).

  • La economía tiene necesidad de una ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de ética en el campo económico, bancario y empresarial… en torno a la responsabilidad social de la empresa (n. 45).

  • La distinción hasta ahora más difundida entre empresas destinadas al beneficio (profit) y organizaciones sin ánimo de lucro (non profit) ya no refleja plenamente la realidad, ni es capaz de orientar el futuro… La misma pluralidad de las formas institucionales de empresa es lo que promueve un mercado más cívico y, al mismo tiempo, más competitivo (n. 46).

Sobre el medio ambiente:

  • El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen en la relación del hombre con el ambiente natural… La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad… Hay también una urgente necesidad moral de una renovada solidaridad, especialmente en las relaciones entre países en desarrollo y los países altamente industrializados… Esta responsabilidad es global porque no concierne solo a la energía, sino a toda la creación, para no dejarla a las nuevas generaciones empobrecida en sus recursos. (nn. 48-51).

Sobre la colaboración de la familia humana:

  • La cooperación para el desarrollo no debe contemplar solamente la dimensión económica; ha de ser una gran ocasión para el encuentro cultural y humano… Debe considerar el fenómeno de las migraciones, la dignidad del trabajo, etc.(nn. 59-61).

Sobre la crisis financiera y su corrección en el plano mundial:

  • Las finanzas mismas, que han de renovar necesariamente sus estructuras y modos de funcionamiento tras su mala utilización que ha dañado la economía real, deben volver a ser un instrumento encaminado a producir  mejor riqueza y desarrollo… Tanto una regulación del sector capaz de salvaguardar a los sujetos más débiles e impedir escandalosas especulaciones, cuanto la experimentación de nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son experiencias positivas que se han de profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad del ahorrador (n. 65).

  • Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres (n. 67).

Que estos párrafos seleccionados sirvan de “botones de muestra” de lo que esta nueva encíclica social ofrece a la humanidad marcada por la globalización y que necesita, urgentemente, de una utopía hacia donde encaminar sus pasos.


Nota:

(1) En Centesimus annus, Juan Pablo II expresaba también sus reservas al capitalismo: “Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa” (42).