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Al invitar al Concilio, el papa Juan XXIII llamó a abrir las ventanas de una Iglesia milenaria, con el fin de que "el polvo imperial" pudiera ser removido. También habló del "aggiornamento" de la Iglesia, en ese tremendo acontecimiento que resultó el Concilio (1). Sin embargo, queremos destacar que tres puntos fueron sustraídos al debate conciliar: el celibato sacerdotal, la anticoncepción y el segundo matrimonio de los divorciados (2). Estos tres puntos se resumen en un solo: la sexualidad. Aún no estaba madura la iglesia en los sesenta para debatir la sexualidad abiertamente. ¿Cuando lo estará? Pensamos que en lo concerniente a la sexualidad, la iglesia aún no se ha "puesto al día", hasta allí no ha llegado el "aggiornamento", aun pendiente.
Nos parece necesario mirar estos temas bajo un ángulo nuevo, pues las maneras tradicionales de mirarlos nos han dejado en una situación de estancamiento, de un conflicto que no se resuelve. Desde hace un siglo, progresivamente la doctrina oficial va por un lado, y la práctica mayoritaria de los fieles y del mundo, va por otra. Muchos buenos católicos, muchos sacerdotes y muchos obispos piden un cambio y una evolución en ciertos temas de sexualidad y familia, lo que la jerarquía central no hace. Nos preguntamos por las premisas a la base de estos dos discursos (jerarquía/mayoría de fieles), tanto en lo epistemológico como en lo psicológico, haciendo algunas sugerencias y preguntas en lo teológico.
Corregir el rumbo puede ser una exigencia de la verdad. Respecto a la sexualidad, el barco de la iglesia ha traído un cierto rumbo desde hace siglos, que se fijó hace unos 1500 años, en lo esencial, con Agustín. Ocurre que en estos últimos doscientos años tenemos “mapas” mas precisos, sabemos mas de sexualidad, sabemos mas de la familia, de la pareja y del amor; sabemos mas de los conflictos personales y de como abordarlos. Además el paisaje humano de la realidad ha cambiado. En la época de Agustín, las niñas eran casadas en la pubertad, por sus familias; hoy, las mujeres suelen casarse adultas y por su propia voluntad. En la antigüedad, solo pocos llegaban a la edad mayor, los matrimonios vivían pocos años juntos, siendo la viudez muy temprano. Hoy una pareja puede convivir hasta sesenta años juntos, lo que antes era un imposible. Antes, se moría la mitad de los hijos, hoy viven en su mayoría. En la antigüedad la mujer era considerada una posesión del hombre, hoy tiene derechos individuales crecientemente semejantes a los del hombre. Antes, se casaba a los hijos, razonablemente. Hoy, se busca el matrimonio por amor. Hoy, muchas mujeres jóvenes quedan solas, con sus hijos. Los conocimientos son hoy más completos, y la realidad social es distinta. ¿Cómo afectan estos cambios al discurso religioso?
Breve referencia histórica. En la antigüedad judía era aceptable la poligamia. Existía una cierta liberalidad sexual. La mujer era propiedad del varón, como la casa y el mulo. Se ve una consideración más bien exterior de la sexualidad. El adulterio ofendía no tanto a la mujer, sino al hombre con derechos sobre ella. La fecundidad era un gran valor y una bendición. La esterilidad, una maldición. Lo normal era casarse, todas las grandes figuras religiosas y patriarcas fueron casados, salvo Jeremías, cuya soltería tenía un sentido. El matrimonio era convenido entre particulares, sin ceremonia especial, pero vivido religiosamente. Hay narraciones de amores de pareja, de gran belleza y también sensualidad. La virginidad no era un valor especial; no existía un término equivalente al de "soltero". Tanto en la cultura judía como en las circundantes, se conocían varias técnicas anticonceptivas. En contraste con las culturas vecinas, la sexualidad en Israel era profana, siendo buena, al ser parte del mundo creado. La sexualidad en Israel había sido despojada del sentido mítico, que tenía en otras culturas (3). Sin embargo, persistió un residuo mítico en el tema de la impureza ritual: de la sangre, de la menstruación y los fluidos sexuales, que obligaban a una purificación, antes de entrar en contacto con lo cultual. La impureza era mayor en la mujer. En suma, si bien hay un reconocimiento de la fuerza y belleza de la unión entre hombre y mujer, va predominando una idea cautelosa sobre la sexualidad, con una progresiva desconfianza hacia la mujer, como fuente de riesgos para el hombre, en los últimos textos de Antiguo Testamento (4).
Cuando nace la fe cristiana, la cultura predominante era la griega. Muchas máximas que llegarán hasta nosotros siglos después y aunque parecieran ser parte de una sabiduría cristiana antigua, en realidad proceden de los filósofos griegos, asumida creativamente por los Padres (5). En el estoicismo el amor era desvalorizado, por ser una emoción. El estoicismo privilegiaba el pensamiento y descalificaba lo corporal y el placer sexual. Por la influencia estoica, el placer sexual fue percibido como un mal, pues debilitaba el pensamiento, la más alta facultad humana. El estoicismo sentó el principio de que el matrimonio estaba encaminado a la procreación y que el contacto sexual solo se justificaba con ese fin (6).Toda sexualidad era peligrosa, lo mejor era la continencia. En una oportunidad Agustín condenó las medicinas esterilizantes. Veía un mal en el placer sexual. Según Agustín, la institución del matrimonio permitía "hacer un buen uso del mal", posibilitando la procreación. Los primeros Padres plasmaron una visión pesimista de la sexualidad, consolidada por Agustín (7). Ambrosio y otros Padres prohibían el contacto sexual durante el embarazo de la mujer. Las maniobras o pócimas anticonceptivas eran consideradas como un homicidio (8).
En la Antigüedad y Edad Media se prohibía las relaciones de las personas mayores pues, al no poder ya procrear, su sexualidad había perdido sentido, según la visión de la época, pues era como sembrar en tierra estéril (9). Ha persistido por siglos la idea arcaica de la sexualidad como impureza, que inhibía de participar en el culto. Por eso, hasta la Edad Media se prohibía el sexo a los sacerdotes casados, después de su ordenación. En el sigo IV comenzó la demanda oficial a los sacerdotes casados, de abstinencia después de su ordenamiento (10). También se pedía abstinencia sexual a los laicos casados antes de la comunión, el viernes, el domingo y, progresivamente, otras muchas fechas sagradas. El placer era considerado un castigo infligido al género humano, después de la caída. La sexualidad humana hubiera sido mejor sin placer (11). Santo Tomas suponía que en el semen había un pequeño hombre en potencia. Al derrocharse, se creía destruir semillas completas (12). Esto explica que la masturbación o el coito interrumpido eran vistos como crímenes terribles, pues se temía que con el semen se destruían vidas humanas, virtualmente. Por eso no se hacía una diferencia entre maniobras anticonceptivas y aborto, que en esa época eran vistos como delitos esencialmente semejantes. Esta proximidad de la anticoncepción y del aborto persiste hasta hoy, en la visión tradicional.
En resumen, antiguamente predominó un concepto negativo de la sexualidad, como un impulso más cercano a lo animal, que debía inhibirse, y eventualmente frenarse definitivamente. Existía un alto concepto de la virginidad y de los matrimonios en continencia perpetua. La sexualidad se toleraba debido a su producto: la procreación de hijos. Las personas menos capaces de continencia tenían en le matrimonio una válvula de escape, un "remedio a la concupiscencia" que los guardara de males mayores. Ante un requerimiento (pedido del "débito"), el cónyuge no debía negarse, debido al riesgo de impulsar al rechazado, al adulterio. Ejercer la sexualidad era como ejercer un derecho sobre una propiedad legítima, el cuerpo del otro, al predominar el modelo jurídico del contrato.La moral antigua y medieval entonces se ha construido sobre una antropología y una biología arcaica, que hoy esta superada, aunque impregne nuestra mentalidad, como en el trasfondo. Para el antiguo, muchas cosas eran “voluntad de Dios”, que para nosotros, modernos ya no lo son. Antes se condenaban no solo las pócimas que inhibieran la fecundidad (métodos de anticoncepción antigua) sino que también se condenaba los fármacos que facilitaran la fecundidad en una mujer estéril, lo que puede sorprender desde la perspectiva actual (13). Pues la esterilidad de una mujer era considerada natural y tenía un sentido religioso, para el hombre antiguo, sentido que debía ser respetado y aceptado. Intervenir sobre la esterilidad, combatiéndola con alguna manipulación externa, era considerada una falta de respeto a una realidad que debía expresar cierta voluntad divina. Ambas intervenciones (ya sea contra la fecundidad o estimulándola) eran vistas como maléficas y próximas a las técnicas de hechicería, siendo “venenos”. Hoy hemos evolucionado y vemos ya muchas intervenciones corporales como benéficas, sanadoras y por lo tanto queridas por Dios. Pero para Agustín, toda forma de anticoncepción era una forma inaceptable de interferir el designio procreativo de la sexualidad matrimonial. Fue una innovación enorme la aceptación, en 1930, del método de la continencia periódica, siguiendo el ritmo espontáneo de la fertilidad/infertilidad de la mujer. Esto hubiera sido inconcebible e inaceptable en la antigüedad y la Edad Media
Un Mito aun vivo: la sexualidad como Mancha. Sugerimos una clave explicativa para entender las prohibiciones de la moral tradicional (las que cuestionamos, por nuestra parte). En la moral tradicional hay una cantidad de condenas, variadas y abigarradas, que nos parece se iluminan y ordenan por esta única clave, de la cual parecen poder deducirse. Enumeramos algunas de esas normas: prohibición de toda masturbación del adolescente (y del adulto); prohibición de contacto sexual de la pareja de novios; suspensión del contacto sexual en los segundos matrimonios (pueden seguir viviendo juntos, no obstante); suspensión del contacto sexual del matrimonio, en el que la mujer padece una seria patología (del útero o sistémica) que la pone en peligro de vida, en caso de embarazo; prohibición de toda fertilización asistida, en caso de parejas infértiles (en Francia, en un año, hay 40 mil fertilizaciones, en Chile, 350); prohibición del uso del condón en toda circunstancias, incluso en procedimientos médicos ( últimamente hay aceptación, a regañadientes, del preservativo como “mal menor” en parejas en que un miembro tiene SIDA). En el caso de la pareja infértil, solo se permite el uso de un condón modificado (perforado, para permitir conservar (supuestamente) la forma del acto sexual “normal”).
Nuestra clave explicativa, es la persistencia de un concepto mítico (y tabú) de la sexualidad, en el catolicismo tradicional Podemos resumirla en esta fórmula: “toda sexualidad es gravemente impura y pecaminosa, excepto al interior de la unión sacramental, y solo a condición de permanecer abierta a la fecundidad.” Vale decir: el sexo es “intocable” (excepto en la unión sacramental, y aún allí, con restricciones).
Hay un concepto capital que muestra la historia de la moral: es la noción de de mancha o suciedad moral. En las culturas arcaicas universalmente, se consideraba que ciertos objetos eran impuros: los cuerpos muertos, algunos alimentos, la sexualidad, la enfermedad, la sangre derramada. Estos elementos impuros eran incompatibles con la participación en el culto. Las personas debían ser purificadas antes de volver al templo o al culto. La mujer menstruante y la parturiente reciente no podían entrar al templo. La actividad sexual debía ser alejada de la cercanía a lo sagrado. Estas nociones de impureza, que inhabilitaban para el culto, se traspasaron al naciente cristianismo, como herencia cultural, desde la cultura judía y pagana. Como se sabe, antiguamente y por más de mil años, también se ordenaba sacerdote a hombres casados, en la iglesia. Pero se les imponía la obligación de continencia sexual, después de recibida la orden sagrada. Durante siglos, esta exigencia no fue bien respetada, hasta que se decretó finalmente el celibato ministerial. La mujer no podía acercarse al altar, ni cantar. Hasta hace muy poco, se recomendaba abstinencia sexual a los laicos, antes de acercarse a la comunión. La sexualidad (y la mujer) han conservado por siglos la noción de impureza, que impediría acercarse a lo sagrado. Lo sexual y lo divino no deben acercarse; se repelen; acercarlos, es sacrilegio. Estas son nociones culturales muy poderosas, que tienen su raíz en ideas antiguas y muy arcaicas, de origen incluso pagano o pre-cristiano.
Desde la perspectiva racional moderna, la idea de mancha o impureza ritual puede ser considerada como una idea mítica. No se trata de que sea por completo falsa o que designe algo inexistente. Lo mítico debe ser entendido como un sentido simbólico poderoso, significado que a veces solo a través del objeto mítico y gracias a él, puede ser trasmitido. Los mitos han formado la cultura y la inspiran, así como a la filosofía (14). El mito encierra una verdad, pero una verdad que debe ser interpretada y no puede ser tomada en su literalidad. La serpiente simboliza el mal, pero ella no es en si misma, el mal. Las secreciones sexuales y la sangre simbolizan lo impuro, pero en ellas mismas no son intrínsecamente impuras: solo lo parecen, a la sensibilidad humana ingenua. Lo mítico es real en su significado, pero no materialmente. Los objetos míticos son construidos y moldeados por la cultura, pareciéndole a los sujetos ya socializados como “naturales”: la muerte y el color negro llegan a parecernos vinculados internamente; el rojo, con el peligro. Sugerimos que, en lo que respecta a la sexualidad, el pensamiento católico aun esta impregnado de mito. La tarea de desmitologización no se ha completado, en esta área (15). Pues bien, el pensamiento católico tradicional contiene residuos muy vivos, en nuestra opinión, de la idea mítica de mancha sexual, capaz de contaminar lo puro. Esta impregnación mítica empobrece su sentido verdaderamente religioso, mucho mas rico y diferenciado que un tabú (que conserva algo de mecánico e impersonal.)
El matrimonio se considera consumado solo con el acto sexual. En esto puede verse una suerte de privilegio de lo sexual: el contacto físico “cierra el circuito” de la corriente sagrada, en la que se despierta la potencia generativa. Todo placer sexual exterior al matrimonio es falta grave, pues “derrama” la energía sagrada fuera del único espacio capaz de contener su potencia. Solo el matrimonio consagrado es capaz de neutralizar el “demonio” de la sexualidad, de domarlo, volverlo mas inofensivo y hacerlo finalmente bueno (es decir fecundo). Toda falta sexual es grave, no hay falta pequeña, pues la pureza se pierde con la más mínima mancha. Es todo o nada: como una corriente eléctrica, o un fuego. Un “pequeño” fuego, es ya un fuego completo y peligroso. El segundo matrimonio, para ser aceptado en la comunión, ante una imposibilidad de separarse a causa de los hijos y por la responsabilidad generada, exige por lo menos una condición: la abstinencia de contacto físico (es decir, el contacto “irregular” mancharía, para esta visión).El segundo matrimonio puede seguir compartiendo la vida y el cariño, pero jamás tocarse. Los moralistas no logran fundamentar estas exigencias, que nos parece se aclaran por la persistencia de un residuo arcaico del sexo como potencia sagrada, tabú, benéfica y maléfica a la vez. Quienes viven en segundo matrimonio puede seguir juntos y amándose, pero sin tocarse físicamente: esto es manifiestamente absurdo, a los ojos modernos, pero se explica por este privilegio arcaico atribuido a lo corporal.
Un concepto vigente hasta hoy, la "no parvedad de materia" en lo sexual, que pone en aprietos a los moralistas para fundamentarlo, puede iluminarse desde la noción de mancha. Todo lo que "toca" lo sexual queda como manchado, para esta visión tradicional, por eso es grave. Se esta limpio o manchado, no hay términos medios. Basta lo pequeño para perder la pureza; en realidad, no existe lo pequeño en el mundo de la mancha, que es un mundo cualitativo y total. Pues a través de lo aparentemente pequeño, ya ha entrado la temible suciedad, que amenaza con extenderse como mancha de aceite, pues es así lo sexual: parece que se contagia y avanza, como una peste, como un fuego. Todas estas son imágenes frecuentes de los textos religiosos que nos hablan de la moral sexual, que expresan una concepción de lo sexual. Uno de los constructores modernos del pensamiento sexual católico, Pío XII, expresa: “Porque si ya los sacerdotes del Antiguo Testamento, durante el tiempo en que se ocupaban en el servicio del templo, se abstenían del uso del matrimonio para no contraer como los demás una impureza legal ¿Cuanto mas puesto en razón es que los ministros de Jesucristo, que diariamente ofrecen el sacrificio eucarístico, posean perpetua castidad?” (16).Es evidente aquí que la sexualidad aparece como “manchada” y opuesta a lo divino.
Los textos oficiales modernos dejan entrever una idea mítica del acto conyugal fecundo. Solo el acto sexual al interior del matrimonio es bueno, mejor y más perfecto, al ser fecundo. La fecundidad es un elemento intrínseco al acto bueno, para esta visión. Puede buscarse el sexo si la fecundidad está ausente de modo espontáneo o natural (el método del ritmo). Pero jamás se puede excluir la fecundidad, con actos deliberados, menos aun utilizando elementos materiales agregados (preservativos, píldora, dispositivos). La fecundidad sexual es literalmente tabú, intangible, sagrada. Es el Hacedor quien actuaría en ella, al hombre solo le cabe ser un humilde colaborador, para esta visión. Múltiples textos lo afirman. ¿Son expresiones piadosas o literales? El lector moderno las puede leer como frases piadosas, metafóricas o poéticas, en cierto sentido. Me temo que para el magisterio tradicional son frases literales, pues se comporta de modo concordante. Solo unos ejemplos. Donum Vitae, de 1987: “La vida de todo ser humano ha de ser respetada de modo absoluto desde el momento de la concepción, porque... el alma espiritual de cada hombre es “inmediatamente creada” por Dios “(n5). ¿Cómo interpretar esta expresión: “inmediatamente creada”? ¿Acaso Dios se inmiscuye en la intimidad de los esposos? Es lo que parecen dar a entender los documentos, literalmente. Veamos la Humanae Vitae:“Los esposos....tienden a la comunión ...para colaborar con Dios en la generación”(8); “una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador”(16) “La vida humana es sagrada, desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios” (13).En la antropología que subyace a la encíclica, el hombre es solo colaborador, y es como si se presintiera la actuación de Dios en el proceso procreativo (pro-creación). En presencia de tal fuerza sagrada, se comprende la autoinhibición respetuosa del hombre. Un importante autor, Carlo Cafarra dice: “El acto conyugal fértil es el templo santo en el que Dios celebra el acto de su amor creativo” (17). En esta concepción tradicional, se hipertrofia la importancia de la sexualidad, otorgándole un privilegio cuasi-divino. Es este un Dios “demasiado” cercano. El acto sexual ha quedado cautivo de la alta dignidad que se le ha otorgado en esta concepción sagrada. Si Dios esta presente, al hombre solo le cabe reverenciarlo, apareciendo las manipulaciones humanas como una profanación. Las citas pueden multiplicarse. Esta visión tradicional y devota, se ha alejado de la sensibilidad moderna. El problema es que esta antropología es arcaica, surge de cierta teología muy precisa, y tales ideas no la encontramos en los grandes teólogos de la iglesia. Pues muy otra es la visión de los teólogos, con la que concordamos por completo, si los hemos comprendido bien. Von Balthasar: “¿Qué es lo que reproduce el hombre? Decir que los padres se cuidan de proporcionar el cuerpo del niño, mientras que Dios se cuidaría del “alma”, es una simpleza que por otra parte llegaría a rebajar la fuerza generativa del hombre muy por debajo del animal...Mas bien cabría hablar aquí, ante todo, de una prolongación natural de la fuerza generativa del hombre hasta la esfera de la fuerza creadora de Dios que se ha abierto con la creación del hombre y se sigue manteniendo” (18)
Muchas de las variadas prohibiciones sexuales católicas se comprenden mejor, en nuestra opinión, a partir de una visión sagrada (cuasi divina) del acto conyugal fecundo, que subyace al discurso tradicional. El placer sería lo temido, peligroso y cuasi-demoníaco; placer que por lo demás casi no se nombra; cuando se alude a él, es para señalar que debe ser refrenado. Solo la fecundidad neutraliza el mal del placer y lo supera. El placer, aislado deliberadamente del elemento de fecundidad, es malo, para esta visión. Cuando el mito esta vivo, es obvio y no necesita ser demostrado racionalmente; por el contrario, el mito funda la realidad. Hay documentos religiosos en que se reconoce abierta y sorprendentemente que ciertas afirmaciones no se pueden probar racionalmente, sino que se las afirma “porque siempre ha sido así” y porque se supone que un cambio sería catastrófico, al debilitarse el concepto de autoridad. La visión tradicional del sexo, para quienes la creen, es algo obvio y evidente por si misma, no siendo posible demostrarla racionalmente. Es algo así como un sentido común tradicional, arcaico, pero aun vivo, según nuestra hipótesis (19).
¿Como es posible que una institución tan antigua y sabia, pueda haber cometido el error de comprensión que nos parece ver, respecto a la moral sexual y familiar, sin corregirlo por siglos? Queremos aquí plantear otra hipótesis exploratoria, quizá algo atrevida, que no quisiéramos pudiera herir algunas sensibilidades.
El célibe y la moral sexual. ¿Que ocurre en el terreno sexual? Pues que las más altas autoridades de la iglesia están excluidas de la experiencia vital y comprometida de lo sexual. Los célibes están excluidos de la intimidad sexual habitual, y de sus frutos: la crianza de los hijos. Los célibes, que son quienes legislan, lo hacen desde afuera de la práctica real y concreta. Pero ocurre que los célibes han tomado una opción definitiva y radical: renunciar a la vida sexual de pareja habitual. Esta es de las mas grandes renuncias que una persona puede hacer y la radicalidad de esta opción la expresa el término usado por la Biblia, con su habitual crudeza: “hacerse eunucos” por un ideal religioso, término surgido en un contexto de polémica (20). Los célibes, entonces, se ven obligados a legislar de lo que no conocen directamente como actividad normal y buena. Quizá la conocieron como trasgresión juvenil, en algunos casos (Agustín sería uno notable (21)).
Ahora bien, legislar sobre algo desconocido no sería tan significativo, considerado como único factor. Pues en los asuntos civiles, los legisladores pueden actuar en lo que no conocen directamente Pero los célibes deben legislar sobre un objeto con el cual tienen una relación de conflicto, o al menos desde un punto de vista psicológico, sostienen una reacción gravemente ambivalente. Se ha comparado el celibato con una conducta de otra esfera de la vida humana: el ayuno, técnica religiosa universal (22). Privarse de algo en si mismo bueno, puede facilitar el acceso a experiencias nuevas, humanas o religiosas. El ayunante inevitablemente verá un peligro en un alimento que, antes del ayuno, era de importancia menor. Frente al ayunante, el objeto se cargará de un significado especial y gravitante, se convierte en el objeto más temido: encarna la posibilidad de caer en la tentación de abandonar un firme y superior propósito. Emocionalmente, el alimento se revestirá en cierto modo de las características inquietantes de un objeto “tabú”, intocable y pecaminoso, cuyo solo contacto, presencia o visión puede desencadenar un desastre.
Pensamos, que el célibe se encuentra en una posición emocional análoga a la del ayunante, con respecto a las situaciones que le resultan sexualmente estimulantes. De este modo, los hombres célibes, deben legislar no solo sobre lo que no conocen experiencialmente (la actividad sexual legítima) sino que, sobre todo, deben legislar sobre lo que probablemente les resulta a muchos inquietante, misterioso, temido (23). Análogamente, nos preguntamos si es posible que algunos célibes, por su situación existencial, se encuentren en cierta medida, en la situación del juez del cual cabe suponer por anticipado, en un pleito, que pueda tener simpatía por una de las partes y antipatía por la otra. Ahora bien, estos factores emocionales adversos parecen no haberse dado con respecto otro viejo tema de controversia en la iglesia, el de la usura. Pudiendo más fácilmente la jerarquía, en el caso referente al dinero, abrirse a aprender lo nuevo, en diálogo con la cultura de su época. La usura fue condenada persistentemente por la autoridad, y tenía una clara base bíblica. Sin embargo, la jerarquía supo cambiar finalmente y aceptar el interés del dinero, como un elemento de la vida económica moderna. Por contraste, entonces, frente a ciertos temas de la moral sexual, los hombres célibes no se encuentren en una situación psicológica y emocional libre e imparcial. Su situación existencial esta profundamente implicada emocionalmente con una cierta opción sexual, que puede dejarlos en la situación de “parte interesada”. Personas que se han privado de por vida de todo acceso al placer sexual, les puede resultar muy difícil, psicológicamente, dar su aprobación a otras personas, que ya han accedido a el placer sexual, a que realicen conductas en cuestión que, a los ojos célibes, puedan ser sinónimo de un acceso irresponsable y fácil, a un placer mas frecuente y renovado. Para quién se han privado absolutamente de un bien, puede resultarle a contrapelo autorizar una conducta de permisidad (o que lo parezca) en un campo en el que él se ha impuesto la mas severa de las restricciones. Pues llama la atención que, ante variadas consultas, la orden habitualmente emitida es la continencia absoluta. ¿Jóvenes se masturban? Continencia. ¿Alguien esta divorciado? Continencia. Un hombre tiene a su esposa con una enfermedad que hace peligrar su vida, en caso de embarazo, por lo cual deben evitar ese estado. ¿Puede esterilizarse? No; continencia. La receta es casi siempre continencia; (parece ser continuación de la idea arcaica de Agustín: “Un matrimonio sin relaciones carnales es mas santo” (24))
Esta hipótesis no es peyorativa con los célibes, si es que algo de esto pudiera interpretarse así. Los célibes son personas que han hecho una opción excepcional y generosa. Si un factor emocional de este tipo estuviera en juego, es útil percibirlo, pues se hace posible trabajarlo, reflexionarlo y elaborarlo. Si un factor emocional esta presente pero ignorado, impregnará igual la conducta de los sujetos, sin que estos lo adviertan, atribuyéndose luego ingenuamente ciertas conductas a otros motivos diferentes, soslayándose motivos posiblemente mas incómodos de admitir. En realidad, durante mas de mil años la institución ha puesto tantas condiciones, cortapisas y frenos a la expresión sexual de los laicos que, al revisar la historia, es difícil no pensar que hay probablemente un actitud (inconciente) de resentimiento y venganza de algunos célibes contra la gran masa de los no célibes, por disfrutar de lo que ellos no pueden (25). Por lo demás muchos obispos, cardenales y teólogos (célibes) han cuestionado el modelo tradicional y apoyado un cambio, pero desde posiciones subordinadas, no dominantes, siendo rápidamente sometidos y acallados (26).
En conclusión. Simplificando, el pensamiento católico solo parece haber logrado dos innovaciones significativas con respecto a la moral sexual en occidente, en mil quinientos años. Primer gran cambio: la aceptación de la continencia periódica, como método anticonceptivo, en 1930 con Castii Conubii. El segundo gran cambio: la proclamación de una concepción personalista del matrimonio, en el Vaticano II, aceptándose la comunidad de amor como parte de la esencia del matrimonio, además de la procreación. Pero, en nuestra opinión, aún no se ha terminado de sacar todas las consecuencias de estas dos nuevas intuiciones fundamentales Pues se conserva en el discurso oficial, en lo sustancial una visión arcaica y mítica del sexo. Esta visión antigua ha estallado ya en mil pedazos en la modernidad, en la percepción de los fieles, y la iglesia católica aun no logra articular un discurso coherente y creíble para el hombre de hoy, en la moral sexual. Insiste en “mas de lo mismo”, lo que solo pequeñas minorías obedientes y heroicas parecen aceptar. Estamos en una crisis de transición, hacia un nuevo paradigma para pensar la sexualidad, que aun no se ha construido acabadamente. Mientras tanto, estamos en la crisis, el viejo paradigma antiguo, ya no nos sirve...
Ocurre que en todos los niveles de la vida personal y social los cambios surgen de la experiencia y de sus desafíos, siempre inéditos e imprevisibles. Los países van cambiando su legislación de acuerdo con los tiempos, porque se van acumulando problemas nuevos que no parecen resolverse con las viejas soluciones y normas. Se producen conflictos a partir de la realidad viva, tanto personal como social. Esto presiona hasta que la sociedad como conjunto realiza cambios y adaptaciones que suelen incluir cambios legales. Los cambios más decisivos son los cambios constitucionales. El problema es que los legisladores, célibes, no viven estos temas en carne propia, quedando en cierto modo protegidos y como al abrigo de la experiencia. Así, los célibes piden a otros algo que ellos no tienen que realizar: convivir toda la vida con quién la vida ya se ha vuelto invivible; asumir más hijos de los que se siente capaz de hacerse cargo; asumir la soledad sexual después de un fracaso matrimonial, cuando la propia vocación es de compartir intimidad personal con otro. Los legisladores no pueden enterarse en carne propia si esas normas funcionan o no; si son vividas como justas o no; si son proporcionadas o insoportables; si tienen o no sentido, existencialmente. Entre laicos casados y célibes se interpone el abismo de una experiencia diferente, que hasta hoy ha impedido un diálogo normal. Aquí vemos un obstáculo estructural grave, un problema organizacional y eclesiológico serio. Por contraste, entre los protestantes y los judíos este factor de aislamiento no se da.
La religión católica supone haber superado la arcaica moral del tabú primitivo. Sostenemos que eso es correcto en la política, la economía y otras áreas de la vida social. Pero en la sexualidad la visión católica tradicional y oficial no se ha liberado completamente de los residuos de esta antigua mentalidad. Esto la hace chocar con la visión moderna de la sexualidad. Para una visión moderna, la sexualidad, pese a su dimensión oscura, puede ser también limpia y buena, aunque una pareja postergue o regule su fertilidad con anticonceptivos o preservativos, pues lo que importa es el corazón. Si una persona fracasó en su primer matrimonio, y lleva una larga segunda convivencia con hijos que cuida responsablemente, en una relación amorosa y sexualmente buena, pues todo esta bien. Dios, que es amor, con seguridad entiende benevolentemente que ese fue el camino de esas personas, según la percepción de esos fieles y sus pastores.. Si esas personas están tranquilas con su conciencia frente a Dios, y no se sienten manchados (como los ve y los trata, en cambio, la mentalidad tradicional), ellos no ven tampoco porque deban excluirse de la comunión sacramental.
Finalmente, Chile es un país mestizo. La cultura popular nos impregna también, y todos vivimos un ambiente con un cierto componente de magia. Las guaguas van a veces con una cinta roja contra el "mal de ojo". El pueblo, ingenuamente, a veces busca los sacramentos con un matiz mágico, como una especie de garantía sobrenatural: un bautizo, en medio de la enfermedad; una misa, antes de un examen temido. Pues bien, sostenemos que la sexualidad católica se ha quedado al margen de la crítica moderna. Leemos ya la Biblia ya con el método histórico-crítico, lo que es bueno. Pero la sexualidad conserva para nosotros sus fantasmas ancestrales y arcaicos. Sin embargo, el sábado fue hecho para el hombre, para hacer mejor su vida, para hacerla mas humana. Por eso se puede coger espigas en sábado, si eso es bueno para una vida mas humana, Por eso, desde un nuevo punto de vista, una pareja puede hacer anticoncepción en su matrimonio, si eso la ayuda a llevar una vida mas humana. Lo decisivo es el amor, la humanización del hombre y la mujer. No importan tanto las cosas o las instituciones por si mismas. No hay ya nada impuro por si mismo, se nos ha enseñado en el Evangelio. La píldora o el sexo ya no son impuros por si mismos, sino solamente por el sentido de su uso, que viene del interior. Una pareja en segundo matrimonio puede ser pura; una pareja que usa anticonceptivos puede ser pura, si su conducta les ayuda a una vida mejor y más generosa. Inversamente, un matrimonio de toda la vida, puede parecer ejemplar, pero a veces puede ser la fachada de una vida egoísta y poco humanizadora. No es la pureza externa o legal la decisiva, sino la pureza interior. No es lo externo lo decisivo, sino lo interno y eso lo sabe la conciencia y Dios, y puede ser acogido en diálogo con el pastor.
Notas
* Borrador de trabajo, en revisión. 14 de Mayo de 2006.
(1)Discurso 29 Septiembre 1963, cit. G. Gutierrez, La Densidad del Presente. p.111
(2)Pohier, Le Nom du Père p.180
(3)Von Rad, Teología del A. Testamento
(4) Schillebeeck, El Matrimonio
(5) La idea de que el esposo que ama demasiado ardientemente a su esposa es un adúltero, procede de Séneca. También la idea de que el sexo legítimo es solo aquél que tiene el fin de procrear.
(6) Musonio, filósofo del siglo I, Noonan J.T., Contraconception, A History of its Treatmen by the Catholics Theologians and Canonist, Cambridge, 1965, p47
(7) “Haced las obras de la carne solo en la medida que llevan a la procreación de los hijos. Y puesto que no tenéis otro modo de engendrar hijos, consentid en ello solo a disgusto...” Sermo 51,XV, citado por Antonio Moser, Sexualidad, Mysterium Liberationis,Trotta, Madrid, TII, p.114
(8) Cesareo de Arles, citado por Noonan o.c., p.146; Decretales de Raimundo de Peñafort, siglo XI: “Quién practica la magia o sumnistra venenos esterilizantes es un homicida” Ranke-Heineman, Eunucos por el Reino de los Cielos, Trotta,Madrid,1994,p.191
(9)Agustín: “La verdadera castidad conyugal se abstiene de las relaciones sexuales con la mujer menstruante y con la mujer encinta, abandona si todo encuentro marital cuando ya no hay la menor perspectiva de concebir, como es el caso de las personas ancianas” Contra Julianum3, 21, 43)
(10) Concilio de Elvira, cano 33, citado por Ranke.o.c.p.94
(11)Agustín: “¿...hemos de negar que los órganos sexuales, que prestan al hombre precisamente tan buen servicio como los demás órganos, hubieran obedecido la insinuación de la voluntad con miras a la procreación si el placer no hubiera aparecido como castigo por el pecado de desobediencia?” La Ciudad de Dios14,23
(12) “La semilla humana en la cual el hombre esta en potencia, esta estrechamente ordenada a la vida del hombre...Y por lo tanto un desorden en la emisión de la semilla concierne a la vida del hombre en potencia”, S.Tomas, citado por Noonan,o.c. p.244
(13)Para cesario de Arles, buscar que la mujer esteril fuera fecunda era interferencia a Dios “por medio de hierbas o marcas diabólicas o amuletos sacrílegos”, Sermones 51.4, citado por Noonan,p. 147
(14)Ricoeur, P. Finitud y Culpabilidad
(15) Bultman, Ricoeur)
(16)Encíclica sobre la Virginidad, 175, citada por P.Go, La Sexualidad en la predicación de Pïo XII, Cocilium, n100,1974, p.397
(17)La Sexualidad Humana, Ed. Encuentro, Madrid,1987,p.59-60
(18) Teodramática, T.II, Ed.Encuentros, Madrid, 1994, pp.345-346. También Rahner habla de un cambio actual en la percepción cristiana de la acción divina, hablando en general, no aludiendo aquí directamente a lo sexual: “Hay que reconocer que en lo que respecta a la relación de Dios con el mundo, se ha producido y se sigue produciendo un cambio radical...nos vamos lentamente acostumbrando a no descubrir ninguna intervención puntual y espacio temporal de Dios dentro de nuestro mundo, para los cristianos actuales. Dios...constituye un presupuesto capaz de soportar la pluralidad del mundo juntamente con la mutua determinación de las realidades concretas de ese mundo, sin entrar en ese contexto como un momento particular más....Ha tenido lugar una transformación enorme de mentalidad en el paso de épocas anteriores a la nuestra, una transformación que ciertamente todavía no ha llegado a imponerse hasta las últimas consecuencias, ni en la práctica religiosa de tipo medio ni en la teología cristiana, y precisamente por eso nos esta creando muchas dificultades”(Con K.H.Weger ¿Qué debemos creer todavía? Santander,1980p.69, citado por Torres Queiruga A. Fin del Cristianismo Premoderno,Sal terrae,Santander 2000,p.27
(19)Documento llamado de Minoría, Comisión pontificia para estudio del control de la Natalidad: “Si pudiéramos aportar argumentos claros y convincentes por la sola razón, no sería necesaria nuestra comisión ni se daría en la Iglesia el presente estado de cosas. (D,1)Es de agradecer esta franqueza de los padres...
(20) Schillebeeck El Celbato Ministerial
(21)En la moral sexual, sabemos que uno de los autores más influyentes ha sido Agustín. Pues bien, Agustín fue un hombre de larga experiencia sexual, sufriendo mucho por lo que el llamó su lujuria. Previo a su conversión, tuvo por once años una concubina, con quién seguramente practicó la anticoncepción, pues solo tuvo un hijo, el primer año. Por presión de su madre, decidió casarse, para lo cual despidió a su concubina, lo que le causó un profundo dolor. Mientras esperaba la boda con su prometida, no supo resistir, tomando otra concubina, lo que se reprocharía luego amargamente. Al convertirse finalmente, se hizo continente, no sin permanente lucha, convirtiéndose en el gran pastor y pensador que conocemos. Este hombre, al reflexionar sobre la sexualidad era evidentemente parte “interesada”. Pasó de la esclavitud de los sentidos, a la entrega a Dios y los demás. Estas tensiones las vivió como opuestas, en su biografía. Un hombre con esa experiencia no estaba en situación existencial de dar una visión optimista de la sexualidad, la que para él había sido efectivamente un desgarro y una miseria. Pese a su grandeza, no pudo ir mas lejos de lo que su época y su historia personal le permitieron, si bien es cierto que defendió el matrimonio, contra aquellos que lo devaluaban, trascendiendo a su tiempo en ese respecto, así como en otros temas. Este es el hombre de la antigüedad, que ha formado en gran medida la sensibilidad sexual de occidente. Si bien el fue un genio, el problema es que los seguidores lo han repetido en vez de pensar por si mismos y reelaborar sus aportes.
(22) Schillebeeck E. El Celibato...)
(23) Se describe la conducta con rasgos fóbicos de Alfonso de Ligorio: “Siendo obispo, solo concedía audiencia a mujeres en presencia de un sirviente; en cierta ocasión recibió a una mujer anciana de la siguiente manera: ambos sentados en el extremo de un banco, él de espaldas a ella. Al administrar el sacramento de la confirmación, sustituía la preceptiva palmadita en la mejilla por un toque de la prenda que cubría la cabeza del confirmando”, Haring, citado por Ranke-Heineman o.c.p.298
(24) In IV set.d.26,2,4; citado por Ranque o.c.p.178)
(25) Albert Gorres, psiquiatra miembro de la Comisión Pontificia de estudio del control de la natalidad, citado por Kaiser R.B., The politics of Sex and Religion p.138-139 Gorres agrega además que la unanimidad moral del pasado es aparente, al estar condicionada siempre por la censura. Sugiere que el campo moral, debido a la censura, atrajo seguramente a personas escrupulosas y ultraconservadoras en el pasado, alejando a las mentes más concientes de los problemas. Concuerda con la expresión anterior de Máximos IV, de una “psicosis celibataria”, con respecto a lo sexual.
(26) Como hipótesis a explorar, podría pensarse que hay una posición existencial célibe saludable, abierta, humana y abierta frente a otras opciones de vida (como la matrimonial); y cabría una segunda posición existencial célibe, temerosa, rígida, neurótica, defensiva y restrictiva, este polo sería quizá cercana a lo estudiado por el sacerdote y psicoanalista Drewermann E. Clérigos
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