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La mujer busca en la sexualidad el afecto, compartir la crianza y no ser abandonadas; mientras que el hombre está detrás de un placer más sensorial y persigue sentirse fuerte y poderoso. Estos son algunos de los factores que explican el desencuentro sexual que las parejas viven hoy. Así lo señala el psiquiatra Ricardo Capponi, en este tercer capítulo del ciclo de sexualidad.
Lo masculino y lo femenino no es exclusivo del hombre y de la mujer. Son formas de comportamiento que la cultura ha creado para distribuirnos los roles de la mejor forma posible, dejando a la mujer con lo que llamamos "rasgos femeninos", como pasividad, receptividad, trabajo laborioso, detallista y experta en relaciones humanas, y asociando al hombre con lo que denominamos "rasgos masculinos", como fuerza, iniciativa, racionalidad.
A pesar de ello, y como ha ido avanzando la cultura del siglo XX, los hombres nos hemos ido apropiando de aspectos femeninos de la mujer, y la mujer de aspectos que tradicionalmente tienen que ver con lo llamado masculino.
En el encuentro sexual esta integración es fundamental.
Para que la mujer pueda sentirse bien comprendida, el hombre tiene que tener rasgos de femineidad, y para que el hombre pueda sentirse bien comprendido en su sexualidad, tiene que tener también una mujer con rasgos de masculinidad.
¿Dónde está el origen de los desencuentros en la sexualidad?
Básicamente provienen de dos grandes variables. La primera está conectada con nuestra filogenia, es decir, aquella que tiene que ver con la herencia, con los años de la especie humana. En el caso del hombre, se refiere a ser mucho más excitable sensorialmente que la mujer, mientras que ella tiene una tendencia a excitarse más con la relación afectiva misma.
La segunda variable que influye mucho - tanto en el desencuentro como en el encuentro- tiene que ver con la relación con nuestros padres. Obviamente que es distinto para un niño hombre haber tenido una relación cercana con la madre que para una niña. Ambos tendrán desafíos diferentes para construir su identidad. El hombre tiene que aprender a identificarse con el padre, y la mujer en la relación con el padre. Es decir, la calidad de esa relación que se construye con los padres, contribuirá o no a que se generen esos desencuentros.
Ambas variables - la filogenia y la relación con los padres- se pueden revisar en torno a tres ejes que constituyen el hacer el amor o en el proceso propiamente tal del acto sexual.
Primer eje: es que el encuentro sexual es un trabajo emocional lleno de gratificaciones, pero también de preocupaciones y cuidados por el otro y por uno mismo. Por eso se producen perturbaciones y logros. Todo ese proceso lo podemos clasificar en el marco emocional.
Segundo eje: es reconocer cuáles son las motivaciones que están detrás empujando al acto sexual. Ya de eso hemos hablado: la fuerza avasalladora que tiene la sexualidad proviene de estados emocionales y afectivos, pero ahora los vamos a revisar desde la perspectiva de la filogenia (o herencia) en los machos y en las hembras, y en la perspectiva de la relación con la madre y el padre, y en cómo opera ahí la motivación durante el acto sexual.
Tercer eje: el acto sexual transcurre en una temporalidad, que es vivida de manera distinta entre macho y hembra. Aquí ocurren desfases. El hombre vive el sexo en su mente con unas ciertas variables espacio–temporales, y la mujer lo vive con otras. Y ahí también se producen desencuentros y encuentros.
Cómo influye la "herencia" en el hombre
El trabajo emocional tiene un cierto perfil en el macho. Digo el macho porque está marcado por la genética en una tendencia que tiene las siguientes características: tratar de depositar el espermio en el mayor número de hembras posibles, para preservar la especie en el mundo.
Por otro lado, sicológicamente, un hombre se prepara desde que es guagua para ser potente y activo sexualmente. Y desde pequeño necesita gratificar sentimientos de origen narcisista. O sea, tranquilizar ansiedades de impotencia, de incapacidad. Asimismo, las ansiedades del hombre son temores vinculados a la "voracidad". Esto es, la sensación de una mujer que atrapa, de una mujer que quiere apoderarse del hombre. Estos temores él los resuelve con defensas de poder y de control.
Durante el desarrollo del niño, todas sus ansiedades las trata de solucionar obteniendo gratificaciones narcisistas, es decir, vivencias que potencian su sentimiento de poder. Por eso el hombre es muy sensible al fracaso en su rendimiento sexual. De ahí, entonces, que sea muy importante para él conocer y manejar bien las técnicas de alcoba, que lo hagan sentirse eficiente en su capacidad de producir placer en su pareja. Cuando este círculo se rompe, se acaba el deseo sexual en el hombre. Por esto mismo, el hombre es muy sensible al rechazo sexual. El rechazo lo angustia de forma tal que prefiere no seguir intentándolo.
El dejar a la mujer satisfecha sexualmente gratifica enormemente al hombre. Lo hace sentirse fuerte, potente y poderoso. Esto genera también exigencias en la mujer que le impiden gozar tranquilamente del sexo, porque ella sabe que para el hombre es muy importante que ella tenga un orgasmo. Y al mismo tiempo, esto potencia las angustias del hombre, porque a veces la mujer finge el orgasmo. Empieza a producirse una situación donde el hombre no sabe ni cree mucho acerca de si realmente está haciendo gozar a la mujer.
De este modo, la sexualidad del hombre está muy ligada a la lucha, a la competencia, al control y al dominio. Por lo tanto, la connotación entre agresión y excitación sexual es mucho mayor que en la mujer.
Cómo influye la "herencia" en la mujer
Veamos ahora los conflictos generados tanto a partir de la filogenia (herencia) como de la relación con los padres, en este proceso emocional de hacer el amor en el caso de la mujer.
La mujer quiere tener relaciones sexuales con el menor número de machos posible, para que uno de ellos se haga cargo de la crianza, y que, al mismo tiempo, ese acto sea fecundo. Que el hombre sienta seguridad de que ése es su hijo. Por eso, hay una tendencia en la mujer a elegir y a no tener tanta promiscuidad. La mujer, además, puede tener sexo sin desplegar ningún trabajo ni actividad, siendo totalmente pasiva. Puede fingirse excitada, y por lo tanto, en el acto sexual no está presionada al rendimiento como el hombre.
Durante el desarrollo de la niña, ella necesita sentirse querida, apreciada y protegida por la figura paterna; o sea, la mujer ha requerido tranquilizar sus ansiedades de abandono. Necesita que ese hombre con el que ha hecho el amor le garantice el cuidado de su progenie. Sus temores son a ser usada y luego abandonada, y aquí tenemos un gran problema, porque justamente, como la mujer quiere prolongarse en ese hombre y quererlo para sí, a ese hombre esa "voracidad", de la que ya hablamos, le despierta ansiedad. Y ahí tenemos nuevamente un conflicto.
A diferencia del hombre, la mujer no necesita demasiada "agresividad" para llevar a cabo el acto sexual. La lucha y la competencia con otras mujeres es desplegando su poder de seducción y atracción, por medio de sus atributos físicos y mostrando el estado de su deseo sexual. Para ellas, el sexo es selectivo. Es evidente que una relación sexual fue buena en la medida en que sintió la preocupación del hombre hacia ella. O sea, en la medida en que ella quedó satisfecha.
El objetivo de la mujer es mantener la relación afectiva con el hombre a largo plazo. Que no se vaya de la casa; que no ande enojado o aburrido. Esto tiene la contraparte de que lleva, muchas veces, a la mujer a vivir el sexo como un trabajo doméstico, y le impide disfrutarlo. Ella se afecta mucho cuando un hombre deja de desearla sexualmente, porque capta lo importante que es para él el sexo como un vehículo en la relación, y la pérdida de eso la asusta.
Es por ello que un hombre tranquiliza las ansiedades de abandono de la mujer, a través de la preocupación que tiene con ella durante el acto sexual, facilitándole así su entrega.
Qué motiva al hombre
Para que la tarea del encuentro sexual se dé tiene que haber una motivación básica. El hombre se siente atraído desde lo visual. La excitación sexual aumenta los procesos de idealización de la hembra. Él tiene una mirada tubular: para mirar a una mujer, necesita darse vuelta y mirar su figura. Necesita precisar el objetivo, la presa, para poder cazarla.
En el pasado, tenía que salir a cazar, guerrear, pelear, y por lo tanto, hoy busca sensaciones intensas y variadas. De este modo, desarrolla el gusto por la variedad sensorial externa, sin importar tanto las cualidades internas. Una vez que ha tenido su orgasmo, tiene un descenso brusco de su deseo sexual, y tiende a alejarse de la mujer. Busca tenerla y después huir del hechizo; ésa es una tendencia primitiva fuerte.
Si conversamos con un hombre después de que ha tenido una relación amorosa con una mujer, vamos a ver que los recuerdos que predominan en él, son todas las escenas sexuales eróticas. Las fases más sentimentales y emocionales las olvida, sólo forman parte del proceso, pero las que no olvida son los detalles del vínculo con la piel y las caricias eróticas; y dentro de todas estas escenas, que son de predominio visual, hay una que es muy importante y le produce especial gratificación en el hombre: el momento en que la mujer se le entregó.
Los hombres tienen una capacidad mucho más grande de desconectarse del medioambiente. La mujer, en cambio, mantiene una continuidad con el entorno, por eso está siempre preocupada de los ruidos, de que los niños andan por ahí, de que los vecinos nos van a ver.
El hombre es maestro en la discontinuidad: se queja de que la mujer no olvida, que es rencorosa, que se queda pegada en el sentimiento y lo trae a colación, aunque eso pasó hace veinte años. En cambio, los hombres tienen esta facilidad para la discontinuidad, y aquello que hicieron, lo olvidaron, lo dejaron fuera.
Esa insensibilidad hace que el hombre necesite experiencias intensas de poder ser estimulado y excitado, y una vez que ha sido satisfecho se produce la emergencia de las sensaciones. Eso provoca, también, que el hombre busque experiencias variadas desde el punto de vista sensorial, que tenga una tendencia mucho mayor a la infidelidad sexual que las mujeres. Por el contrario, las mujeres tienen una tendencia enorme a la infidelidad emocional y afectiva. Estamos hablando de mujeres en culturas no machistas y sin tan altos niveles de represión.
La mujer, en general, ejerce su sexualidad en la búsqueda del afecto, y por supuesto que puede ser muy infiel sexualmente si detrás de eso está buscando afecto. Pero en el hombre, la infidelidad es la búsqueda del placer sensorial y la diversidad.
El hecho de que el hombre haya aprendido su identidad sexual con el padre, que es un progenitor más lejano, lo deja con muchas dudas e inseguridades sobre su identidad. Eso lo lleva a ser, muchas veces, un hombre muy bruto para demostrar que es macho, porque lo único que no quiere es parecerse a las mujeres. Esto ha ido cambiando en la cultura, pero la verdad es que todavía tenemos en nuestra sociedad un machismo imperante fuerte.
Qué motiva a la mujer
En la especie humana, a la mujer no le interesa solamente ser fecundada. Lo que quiere es que el hombre la acompañe en la crianza. Por lo tanto, de él le atraen mucho la estabilidad, la fortaleza y el poder que tiene. Para ella, son afrodisíacos. O sea, si pusiéramos las cosas en extremo, podríamos decir que los hombres somos unos frescos, y las mujeres, unas interesadas.
La cercanía emocional, la comunicación y la contención aumentan la idealización del cuerpo del hombre. Una mujer puede encontrar que un hombre es chico y feo tiene todas esas características. Sin embargo, ¡le va tan bien con las mujeres! Porque realmente él sabe seducir.
La mujer también sabe muy bien por qué los seductores la seducen tanto. La mujer aprendió a rodear de erotismo la protección del poderoso. La hembra debe preservar su vida y la de sus hijos del hambre y los enemigos, por eso, el héroe es el que ha demostrado mayores capacidades de fortaleza, responsabilidad y compromiso. Esto porque el erotismo femenino se intensifica con el éxito. El reconocimiento social, el aplauso, para ella son importantes.
La mujer requiere menos intensidad en los estímulos y menos variedad sensorial, ya que es la vivencia afectiva, emocional y de comunicación íntima la que la abre al deseo sexual. Pero, también, puede ser tremendamente sensual y sexual, cuando un hombre uso los recursos adecuados. Le encanta que el hombre no repita su aproximación sexual en forma maquinal, que varíe su forma de acariciar, los ambientes, los preámbulos, la conquista, que no sea un acto mecánico en que se repite todo lo que en un momento dio placer. Por eso la mujer tiene más capacidad de experimentar la variedad con un mismo hombre.
Una vez que la mujer ha tenido su orgasmo demora en apagar su deseo sexual, y tiende a mantenerse en contacto con el hombre y no le gusta alejarse; al contrario, eso le produce una angustia de separación. Y como el hombre lo único que quiere es alejarse, se produce ahí un desencuentro muy grande.
Por supuesto que estos son elementos primitivos que se irán superando en la medida en que vayamos pasando de la erotización sexual al deseo erótico, y de ahí al amor sexual maduro. Pero si nos movemos exclusivamente en el nivel del deseo erótico, el desencuentro seguirá siendo grande.
Nota:
*Tercer Capítulo de serie de sexualidad del doctor Ricardo Capponi. Charla basada en el ciclo "La sexualidad de los buenos amantes", que el doctor Capponi está dictando en la Corporación Cultural de Las Condes (9 de mayo de 2009)
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