Aunque histórica y biológicamente la tendencia del ser humano ha sido a la infidelidad, una de las metas afectivas más ambiciosas que se ha propuesto para este siglo es ser monógamo y fiel. Varios factores lo ayudan a emprender el proyecto: hombres y mujeres desean realizarse en una relación íntima con otro, trascender en el crear y criar, y conocerse a sí mismos. Según el siquiatra Ricardo Capponi, para mantenerse en pareja también hay que sustentarse en la pasión y reinventar el enamoramiento.
No deja de ser paradójico: justo en estos tiempos, en que hombres y mujeres gozan de todas las posibilidades para crear, rom-per o esquivar relaciones afectivas a su antojo, aparece desde el ser humano el desafío afectivo más potente para el nuevo siglo: la monogamia para toda la vida, única y fiel. "Precisamente porque la sociedad permite conocer muchas cosas, el hombre con su libertad es capaz de llegar más lejos y optar por caminos más creativos y profundos. Cuando se enseñaba de un modo normativo que había que casarse para toda la vida, no existía la posibilidad de explorar lo realmente interesante que puede ser ubicar dentro de la propia identidad lo que se desea", postula el siquiatra sicoanalista Ricardo Capponi, autor del recién publicado "El amor después del amor: el camino al amor sexual" (Grijalbo), un libro que probablemente remezca a los temerosos del compromiso.
Ricardo Capponi - quien desde hace ya varios años investiga el tema de la relación de pareja, porque cree que es un tópico que la sociedad debería conversar más en un estilo reflexivo y tomando en cuenta los aportes de las ciencias sociales- asegura que hoy están dadas las condiciones para que el desafío se cumpla: la mujer está siendo crecientemente respetada, "lo que ayuda a la simetría en la relación", y las nuevas generaciones se encuentran en la búsqueda de vínculos auténticos. "Ya la generación de nuestros padres tuvo el dato de que las relaciones disociadas no favorecen al verdadero hombre, pero no fue capaz de vivirla. Los jóvenes de hoy lo están intentando". La monogamia con fidelidad es una aspiración que aparece recién en la segunda mitad del siglo XX. Hasta el año 3.000 antes de Cristo, los hombres se conducían por la monogamia en serie, en que existía la necesidad de formar pareja sólo durante el lapso que llevaba criar a un hijo medianamente capacitado para incoporarse a la sociedad; es decir, unos cuatro años. Luego la pareja se separaba coincidiendo con un nuevo período de enamoramiento.
Desde la invención del arado hasta la consolidación de la Iglesia Católica se vivió una monogamia única, pero con infidelidad principalmente masculina. El ser humano buscó una pareja para toda la vida, pero se trataba más bien de una relación de conveniencia para manejar juntos el arado, criar a los hijos y que ellos pudieran ayudar en las labores de labranza. Este esquema se mantuvo hasta fines del siglo antepasado en que, coincidiendo con los derechos de la mujer, empezó a cuestionarse el derecho del hombre a la infidelidad y comenzó a percibirse el deseo de una monogamia única, pero con fidelidad.
Si bien la exigencia es planteada desde la mujer, que exige una relación simétrica en que pueda permitirse una vida sexual plena, Ricardo Capponi explica que coincide con la influencia de la sicología, que comienza a demostrar lo saludable y enriquecedor que resulta para la siquis vivir en forma integrada la ternura y el sexo. "Por lo tanto, el hombre también comienza a aspirar a una relación afectiva y erótica con la misma mujer. Esto plantea una tensión en la pareja que lleva a la necesidad de proponerse una monogamia única y leal".
Explica que si bien biológicamente el ser humano posee una tendencia a la infidelidad y la poligamia, también lo predisponen factores que apuntan a desear mantener un vínculo permanente. "El ser humano tiene una tendencia biológica a mantener relaciones de apego, unida a que la cultura intenta elaborar y superar las tendencias instintivas. En una pareja estable, la infidelidad implica una escisión, porque una parte de la relación afectiva es con una persona y lo sexual con otra; eso resulta muy empobrecedor para el ser humano, que se va proponiendo metas más ambiciosas".
Varios factores ayudan a emprender el proyecto de la monogamia única y fiel, aunque se reconozca como una empresa difícil, que exige preparación y voluntad. En primer lugar, hombres y mujeres buscan ciertas realizaciones en su existencia que se relacionan con establecer una unión íntima con otro y darse con él. Además, de-
sean trascender en el crear y criar criaturas nuevas: los hijos, "y para llevar a cabo la crianza de manera pertinente, hoy por lo menos, se necesitan veinticinco años para constituir una identidad como espera la sociedad; se realiza terminada la adolescencia".
Otro factor importante es el deseo cada vez más consciente de querer conocerse a sí mismo, "pero la persona se conoce a sí misma en la medida que conoce al otro, y ése es un proceso dialéctico". El siquiatra plantea que este conocimiento se logra con mayor profundidad compartiendo los momentos difíciles de angustia y crisis. "Por lo tanto, el hombre se ve favorecido cuando se relaciona con otro en el criar con un grado importante de confianza y a largo plazo".
Capponi explica que cada vez más se ha tomado conciencia de la importancia de la integración de lo masculino y femenino, lo que ayuda adquirir perspectivas novedosas acerca de la vida y la mirada del mundo. Se produce entonces un entrecruzamiento de la pareja bien avenida. "Para que el hombre adquiera los elementos propios de la femineidad, sin sentir angustia homosexual, requiere, sin embargo, de una mujer que se relacione con él en la intimidad, generándole mucha confianza y viceversa. Somos seres incompletos y el deseo amoroso es perpetua sed de integrarnos a aquello que nos completa".
También ayuda a la realización de la existencia vivir la intimidad con otro, en que se genera placer síquico. "Estar con otro con la confianza que da el tiempo y en que el otro se va transformando en una prolongación de uno mismo. Al mismo tiempo esa prolongación de uno mismo tiene el carácter de ser otro: es tremendamente gratificadora y crecedora para la existencia".
Enamoramiento maduro
Para que ese vínculo se consolide hacia el amor sexual estable es necesario transitar por tres etapas esenciales: la separación de los padres y su duelo correspondiente, el desplazamiento a la dependencia e idealización de otro diferente del progenitor y la renuncia al narcisismo.
El primer paso exige la renuncia a la relación sostenida hasta ese momento con los padres, lo que implica aceptar y tomar conciencia de la insuficiencia de las figuras paternas para poder construir una identidad propia. "Una persona que no pueda hacer el duelo de separación en buenas condiciones no podrá idealizar ni depender de un tercero".
El segundo paso es encontrar a alguien que colme las expectativas y los anhelos insatisfechos. "La persona que nos enamora no es un cualquiera. También se construye desde nuestro mundo interno, que la viste en cierta forma con un ropaje de ilusión, y para poder hacerlo, el sujeto debe ser capaz de depender de otro y de idealizarlo. Esto no es trivial, porque hay personas con una mirada tan agria y escéptica de la vida que no son capaces de idealizar a nadie, y otras tienen una carga tan grande de narcisismo que se sienten absolutamente autosuficientes".
Para salir de ese estado de enamoramiento, plagado de vivencias grandiosas y omnipresentes, se requiere de la renuncia al narcisismo en que todo se ve perfecto. "Si la pareja plantea su relación pensando somos una pareja ideal, las desilusiones y agresiones pueden ser crecientes".
Capponi sostiene que llegar a esta etapa implica asumir los aspectos propios de la ambivalencia entre amor y odio, presente en toda relación afectiva. "La rutina genera frustración y activa sentimientos de agresión. Disminuye la idealización, y poco a poco la pareja vivirá en la intimidad la ambivalencia de amor y odio con un predominio de lo amoroso, que se traducirá en el deseo de proyectarse a largo plazo".
La renuncia al narcisismo es lo que conducirá al amor sexual estable, conformado por cuatro elementos: los proyectos comunes, la comunicación, la contención mutua y la vida sexual. "En esta construcción, en que predomina el amor, lo que la pareja se propone en conjunto, está matizado por el estar de acuerdo, por los proyectos comunes. En segundo lugar, ambos tienen una motivación muy grande por conocer lo que le sucede al otro, ya que el elemento de comunicación es un elemento vivo. Y en tercer lugar, existe gran capacidad por empatizar con la pareja, consolar, acoger y contener". También está presente el deseo de usar el cuerpo para un encuentro gatillado por la excitación sexual. "Tiene que ver con el deseo de utilizar el cuerpo para poder fundirse en el otro en un placer de goce físico sensorial, pero que tiene el aditamento de transformarse en un amor al servicio del crecimiento de la relación".
Para dinamizar la vida íntima, muchas veces rutinaria, en que se activan momentos de rabia y confusión, Capponi propone reactualizar el enamoramiento, que confiere romanticismo a la pareja. "Hay una suerte de nostalgia por esas vivencias de idealización, un período placentero y excitante".
Sostiene que el enamoramiento maduro, durante la relación de pareja en amor sexual estable y a largo plazo, tiene que ver con la capacidad de volver a utilizar los elementos del enamoramiento en el cotidiano de la pareja. "Aunque una pareja lleve mucho tiempo junta puede rescatar ese mecanismo. El hombre puede mirar a su mujer de una manera tal que la encuentre la más linda de todas, y tal vez crear un escenario en que a través de música, lugares, momentos, recuerdos, revivan esa idealización".
Esta reactualización se da con fuerza en los cuatro elementos de la realización del amor en pareja: "Los proyectos compartidos, por ejemplo, pueden tener a veces un carácter fantástico, sobredimensionado, que une a la pareja en un propósito que la llena de entusiasmo. La comunicación se reactualiza a través de gestos verbales, paraverbales o intuitivos; los estados de contención se reavivan en la sensación de fusión al otro, y uno de los elementos centrales es el vehículo de la sexualización. La activación del deseo sexual recrea a una pareja idealizada como cuando se estaba enamorando".
Destaca que el enamoramiento en el amor maduro pasa a ser un condimento, una salsa, que Capponi distingue de la pasión, el verdadero sustento de la pareja. "La pasión es más compleja y tiene relación con la manera en que se vive el amor por el otro, con conocerse mutuamente. A través de la pasión una pareja en amor sexual estable lleva a querer permanentemente estar cultivando un amor verdadero, en un juego de contenerse mutuamente y seguir conociendo juntos la vida".
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