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La fuerza avasalladora del amor sexual*

Ricardo Capponi


El sexo es un elemento básico de la relación de pareja y, a través de él, el ser humano ha realizado su proceso de humanización.

En el pasado, el término "buenos amantes" estaba relegado exclusivamente a la relación extraconyugal. Pero en la actualidad, la sexualidad de pareja supone ser vivida como buenos amantes. Sin embargo, no siempre una pareja que no tiene una muy buena sexualidad es una pareja fracasada. La relación de pareja, por naturaleza, es limitada e imperfecta, y el encuentro en sus áreas principales - la comunicación, la contención, los proyectos en común y la sexualidad- , muchas veces adolece de imperfecciones.

Más aún, en el caso de la sexualidad, hay que pensar que con los años se van produciendo limitaciones que provienen de condiciones orgánicas, y que van haciendo difícil un ejercicio completo de ella por parte de la pareja.

Lo que sí es vital es saber que la vida sexual es lo que diferencia la relación de pareja de otros lazos afectivos. Se puede tener una amistad con proyectos en común, con buena comunicación y contención, pero sin sexo. El sexo es un elemento característico de la pareja. Tiene un sentido muy importante en la evolución de la especie, ya que el ser humano lo transformó en su proceso de humanización.

El amor sexual tiene una fuerza avasalladora. Una fuerza tan grande que nos lleva a caer en conflictos, ya sea por acción o por omisión, es decir, por una actividad sexual demasiado descontrolada o por una apatía o inhibición. Una fuerza que puede ser tremendamente peligrosa. La sexualidad está escrita en la genética, en los instintos, en la biología. Tiene una raigambre primitiva, pero si no la respetamos, puede volverse insípida, sin deseo, apagarse y transformarse más bien en un lastre.

Las fantasías del deseo erótico

La plenitud sexual no proviene de la satisfacción del orgasmo. Ésa no es la gracia, porque si así sucediera, posiblemente nos quedaríamos pegados en el autoerotismo, y desde allí no viene el placer que lleva a la búsqueda de lo sexual.

Los animales buscan el sexo por una motivación exclusivamente biológica; los mueve exclusivamente la excitación que proviene de la biología, y tienen que ser muy eficientes en el logro de una relación sexual fecunda. Ellos no gastan el tiempo teniendo encuentros con el cuerpo, corriendo riesgos, si eso no va a tener un objetivo de procreación. Por ello, solamente tienen sexo cuando la hembra está ovulando. Si los animales tienen hambre, y no están alimentados, no tienen sexo. Si un depredador los ronda, no tienen sexo. Para ellos, el sexo es una actividad que se realiza cuando están resueltos todos los aspectos fundamentales de su subsistencia.

Los seres humanos, en cambio, podemos tener sexo en ésa y o en mucho peores condiciones, es decir, un hombre puede estar cansadísimo luego de un arduo día de trabajo, en que además tuvo un partido de fútbol y salió con los amigos, y sin embargo llegar a la casa y querer tener sexo con su señora. El ser humano puede estar enfermo, y sin embargo, querer tener sexo.

El hombre, además, está dispuesto a arriesgar cosas fundamentales por el sexo. Todo lo que ha construido durante toda su vida por una aventura casual.

¿Qué fuerza tiene el sexo que lleva a eso? ¿Qué nos ofrece el sexo que podemos ser tan autodestructivos y no suceder así con la especie animal? Más que enjuiciar, tenemos que tratar de entender de dónde viene.

Lo que pasa es que a nosotros no nos mueve la excitación sexual; no nos motiva la biología. En parte, sí porque hay una base, pero no es lo más fuerte.

Lo que nos motiva al encuentro sexual es lo que llamamos el deseo erótico. Este deseo se construye a lo largo de la vida, y es distinto a una necesidad, ya que una necesidad se refiere a algo básico. Un deseo, en cambio, se va elaborando según las distintas experiencias que vamos viviendo, desde la infancia. O sea, cuando un hombre en el metro ve a una mujer estupenda y se le despierta el deseo sexual, no es que se le despierte la excitación, sino que se le llena la cabeza de fantasías que se relacionan con este deseo que fue construyendo desde niño, y donde esa mujer representa vivencias de contacto de piel, de sensaciones de conquista.

Empezamos a darnos cuenta de que ese deseo erótico nos gratifica y nos ofrece una especie de paraíso que tranquiliza nuestras angustias. Nuestras angustias de soledad, de sensación de pequeñez, de imperfección, de "incompletud", de fealdad. Y si uno tiene la fantasía de que cogiendo aquello que es objeto de deseo, esas angustias se van a minimizar, el atractivo es tremendamente grande.

La unión de los cuerpos es una gratificación con respecto de la sensación de compañía. Una gratificación tan fuerte que nos mitiga el dolor de la soledad radical que los seres humanos arrastramos.

El sexo, entonces, nos ofrece gratificaciones en la fantasía, que ya nada tienen que ver con los animales. Y esto es por el deseo erótico, que se refiere a la excitación sexual potenciada por la fantasía.

Todas las fantasías del deseo erótico se construyen de manera fundamental a partir de la relación con el cuerpo de la madre. Y eso es más sencillo de entender si uno piensa en un recién nacido que tiene hambre, que sólo amamantando recibe la gratificación que necesita. Esa gratificación queda grabada a fuego en nuestra mente y da origen a todo un proceso de desplazamiento, que pasa por diferentes etapas hasta llegar a la adultez. La relación con el padre también es fundamental, ya que una madre tiene que estar satisfecha afectiva y sexualmente para tener una buena relación con sus hijos. El hombre, a su vez, tiene que tener una participación muy importante en la relación con el hijo y con la hija para quitarlo de los brazos de la madre y llevarlo al mundo externo. Todas estas interacciones van generando la calidad del deseo erótico.

Luego el niño crece, ingresa al jardín y al colegio, y ahí disminuye un poco todo lo que tiene que ver con el cuerpo y deseos sensoriales. Entra a la infancia para luego a los 10 u 11 años comenzar a vivir la invasión de las hormonas al torrente sanguíneo. Las vivencias de este tiempo tienen que ver inicialmente con el descubrimiento del cuerpo como fuente de "erogeneidad". Se descubre que el cuerpo tiene la capacidad de producir placer, y esto se va asociando con fantasías. Se sigue constituyendo el deseo erótico.

En el futuro, la capacidad del marido de tener deseo erótico frente a su mujer porque lo recibió con un escote pronunciado, se relaciona con haber ido construyendo todos estos recursos mentales de excitación en la fantasía, de modo de ser una persona sexualmente activa y sensible.

La educación tiene que ser muy bien contenida de modo que los adolescentes puedan desarrollar una sexualidad integrada al afecto, de manera que tampoco se transformen en ejercitadores de la sexualidad solamente sensorial, porque ahí hay otro problema. Si solamente entrenamos nuestra sexualidad en términos de lo sensorial, se nos agota. Todo lo sensorial estimulado repetitivamente sobre el sistema nervioso produce un efecto de agotamiento. Esto está demostrado.

En cambio, ¿qué no produce agotamiento desde el punto de vista mental?

Toda aquella relación que tiene un carácter simbólico. Uno podría nunca agotarse de sentirse excitado con la pareja, si lo que excita del otro no es su piel, sino su personalidad, su forma de ser, la cantidad de cosas que han hecho juntos, los recuerdos que les van uniendo, el cuerpo, pero como una geografía de significados personales. Por lo tanto, si criamos a un adolescente centrado exclusivamente en el placer sexual sensorial, a la larga será un joven y un adulto que se aburrirá con el sexo. Esto porque no sabe cómo sexualizar el afecto.Éste es un elemento muy importante en la construcción de la sexualidad de calidad.

Los elementos del deseo erótico

Los seres humanos somos seres responsables. Siempre estamos agobiados por el futuro, el presente, el pasado, y muchas veces quisiéramos que el tiempo y el espacio se detuvieran.

El otro es un representante del mundo externo, y al fundirse conmigo se transforma en una prolongación de mí mismo, por lo tanto, desaparecen los límites, el espacio, el tiempo.

Cuando hacemos el amor, nos instalamos en una especie de atemporalidad en que no hay nada que nos exija estar consciente, en control o alerta; estamos totalmente entregados a la vivencia absoluta del aquí y el ahora. Nos acercamos a vivir un instante de eternidad, y ése es un elemento de gratificación muy grande. Al orgasmo los franceses le llaman la petite mort (pequeña muerte), porque pareciera que en ese momento se alcanzara un instante de eternidad, de muerte transitoria.

Otro aspecto del deseo erótico que contribuye a disminuir la sensación tediosa de responsabilidad, es que la unión tiene un carácter de trascendencia subjetiva. Es decir, hay dos almas que se entrelazan entre sí, en un acto que uno se pierde en el otro. Así, esta experiencia de atemporalidad vivida en un clima afectivo, y llevada a límites extremos de placer, le otorga a la vida un significado fundamental. Y esto es algo muy atractivo que ofrece el sexo.

Hay varios otros elementos interesantes en el deseo erótico. Por ejemplo, la existencia del deseo de transgredir, por eso se dice que la fruta del árbol ajeno es más sabrosa...

Esto es importante porque en el acto sexual se da cumplimiento a la fantasía de Por fin lo tengo, es mío, lo logré, lo que provoca una mayor motivación al encuentro sexual.

También un aspecto que los seres humanos desarrollamos desde niños y que se refiere a lo oculto. Todo el mundo de lo oculto nos llena de curiosidad. Esta curiosidad es lo que nos mueve en la sexualidad a la búsqueda de lo oculto, y por eso es que resulta tan excitante lo que se muestra a medias. Una mujer que insinúa las piernas, se gana las miradas y no aquella que muestra todo de una vez. El deseo sexual provoca, pero al mismo tiempo se aleja, produciendo una sensación de apetito en el otro.

Igualmente, la transgresión es parte de la sexualidad. Por eso para algunas parejas es excitante el uso de un vocabulario censurado en la intimidad, pasando a veces por exhibicionismos, todos elementos que son parte del deseo erótico, y que no son perversos, sino sanos, siempre que la pareja esté de acuerdo. Son pequeñas transgresiones que van creando entre ellos, produciendo además sensación de complicidad.

Finalmente, otro aspecto que cuando los seres humanos nos miramos de buenas a primeras, tenemos la sensación de que somos muy imperfectos. Para poder compensar esto, tendemos a idealizar. Dicho de otra manera, la excitación sexual aumenta la idealización del cuerpo de la pareja. Mientras más deseo sexual se tiene, más estupenda o estupendo se encuentra a la mujer u hombre que tiene al lado, con todas las arrugas y años que tenga.

El deseo sexual es un bálsamo a nuestra "incompletud", un bálsamo a nuestra sensación de pequeñez. El deseo sexual nos ofrece algo tremendamente atractivo y por eso tiene esta fuerza avasalladora para llevarnos al paraíso que estamos buscando.

Nota:
*Primer Capítulo de serie de sexualidad de doctor Ricardo Capponi.