Los derechos conquistados por las mujeres del siglo XX son espacios ganados a los hombres o (con)cedidos por ellos, fruto de una lucha pero en ningún caso el resultado de una verdadera integración. Mientras no exista, seguirá instalado el conflicto y la igualdad de condiciones - mismo poder político y económico- se verá más lejana. ¿Cuál es el camino? Promover un cambio de mentalidad individual, a través de la crianza compartida. ¿Qué incluye?: menos "exceso de madre" y "más presencia de padre" a la hora de ser familia.
A partir del siglo XX se ha impuesto como un desafío insoslayable el camino hacia la equidad entre el hombre y la mujer. A primera vista parece ser un asunto de justicia; sin embargo, también lo es por los beneficios que acarrea. Los progresos de la sicología han demostrado la importancia de la integración entre lo masculino y lo femenino en el camino de la madurez personal. A pesar de todos los esfuerzos desplegados en los últimos cien años, creo que en lo esencial hemos avanzado poco. Para entender el estado actual del problema, primero debemos revisar qué beneficios nos otorga esta integración de la que tanto hablamos.
Beneficios de la integración
Los hombres, desde la "razón instrumental", más calculadores, fríos, racionales, con tendencia al control y manipulación de la realidad, centrados más bien en un pensamiento generalizador basado en leyes universales, nos veríamos muy enriquecidos con el aporte de la "razón reparadora" propia del género femenino, más afectiva, vinculada al detalle, al caso concreto, más pragmática, menos controladora y directa, mucho más respetuosa, sensible y con menor tendencia a juzgar desde categorías predeterminadas. Por su parte, las mujeres se verían enriquecidas por el pensamiento más realista, eficiente y lógico a que tiende el pensamiento masculino. Podríamos entendernos mucho mejor como parejas en amor sexual si los hombres incorporáramos a nuestra identidad, con tranquilidad y firmeza, la vertiente femenina aprendida con nuestra madre, y las mujeres la masculina tomada del padre. Nos permitiría un encuentro menos plagado de ansiedades e inseguridades, que haría al varón mucho más tierno en su encuentro con la mujer, de mano más lenta, más cariñoso y, en definitiva, más empático, y a la mujer, más enérgica, con mayor iniciativa, más atrevida y participativa y, en definitiva, menos pasiva y más aventurada. Para ambos géneros estos rasgos resultan atractivos. Al mismo tiempo, nos permitirían una relación de pareja que en sus constituyentes básicos - los proyectos comunes, la comunicación, la contención y la vida sexual- se pudiera realizar en simetría y respeto mutuo, evitando los resentimientos que llevan al acrecentamiento de la agresión y el odio, elementos que carcomen el amor y destruyen el vínculo.
A consecuencia de este entendimiento, disminuirían la competitividad y la agresión solapada que se instalan entre las personas de distinto sexo en los grupos de trabajo, en las instituciones y organizaciones. También decrecería el clima de tensión social, porque la incorporación de la mentalidad reparadora femenina contrarrestaría el estilo más tajante, enérgico y dominante del pensamiento masculino, que exacerba la violencia social tal como la hemos vivido en la cultura machista desde la antigüedad. Por la calidad de este acercamiento y la compañía que otorga, bajaría el alto índice de patología depresiva en la mujer durante la edad media de la vida, a consecuencia de la soledad y el sinsentido que la coge cuando descubre que su nido ha quedado vacío y la crianza llegó a su fin. También disminuirían la desestructuración y el sentimiento de vacuidad de un número significativo de hombres que, en esa etapa de declinación de la juventud y el éxito laboral, terminan en la drogadicción y el alcoholismo, o en actuaciones autodestructivas.
Relación con el padre y la madre
Los derechos conquistados por las mujeres del siglo XX son espacios ganados a los hombres y (con)cedidos por ellos, fruto de una lucha entre ambos géneros, pero en ningún caso resultado de una verdadera integración. Integrar no es tolerar ni conceder, sino que es hacer propia a la contraparte; es identificarse con lo que ella representa, y que termina siendo atractivo y familiar. Un hombre que ha integrado lo femenino lo aprecia, lo valora y favorece todo aquello que contribuye a su desarrollo; lo cultiva en sí mismo y en las mujeres que lo rodean. Y en esas condiciones, la atracción mutua que produce la diferencia de género sexual se sostiene porque está basada en la pasión y no en la exaltación. O sea, en un vínculo que incentiva la comunicación, la contención y la construcción de sentido más que la intensa excitación.
Mientras no se dé esta integración entre los géneros, se instalan el conflicto y la demanda, y la tensión que ellos representan se relaja sólo a través de concesiones. Si bien los conflictos y las concesiones que se desprendan son necesarios para crear las condiciones futuras que permitan el camino de la integración - por ejemplo, el haber concedido el derecho a voto de la mujer- , en sí mismas son insuficientes, porque no garantizan la elaboración que exige esa integración, que es la que en definitiva enriquece el imaginario social, la calidad de la pareja y la sanidad mental personal.
A partir de tales condiciones mínimas, necesarias pero no suficientes, debemos promover un cambio de mentalidad en cada hombre y en cada mujer en forma individual. El ámbito donde se forja este cambio es la relación con el padre y la madre, y desde un diagnóstico realista y una estrategia pragmática, todo apunta a que lo más eficiente es denunciar la lejanía del padre, y tomar medidas que conduzcan a la crianza compartida.
La crianza compartida
Todos los estudios señalan que en la crianza de los hijos hay un exceso de madre y una falta alarmante de presencia del padre, ambos hechos con importantes consecuencias. Los hombres, para construir su identidad masculina, deben alejarse del contacto original y muy estrecho con la madre, y para lograr la separación sanamente requieren la figura de un hombre cercano con quien identificarse. Al carecer de ésta, se identifican con imágenes de hombres lejanos e idealizados, los típicos ídolos que ofrecen los medios de comunicación, a quienes imitan y de quienes extraen solamente una apariencia externa de masculinidad, ligada a la fuerza, a la violencia y a la insensibilidad. Llegan así a construirse como seres duros, machistas, que no pueden reconciliarse con lo recibido de la madre por considerarlo atentatorio a su reciedumbre, hasta quedar, finalmente, como seres afectivamente mutilados y con una virilidad de cartón. La mayor parte de ellos recuerda a un padre ausente durante la infancia, a un ser humano lejano. Pocos evocan haber sido abrazados por él, mimados. En cambio, sí castigados, exigidos y burlados por no ser suficientemente recios. La cercanía del padre al hijo varón, y su cuidado de él, permite que se instale una reserva de ternura corporal entre los hombres que no estimula el deseo homosexual, sino - al contrario- les da más seguridad en su virilidad, los hace apreciar tranquilamente sus propios rasgos femeninos y les abre la posibilidad de acercarse con gran empatía a la femineidad de la mujer. Al mismo tiempo, disminuye la agresión, la competencia, la tendencia al control, al triunfo y al dominio entre los hombres y para con las mujeres.
También la niña, al carecer de un padre cercano, construye una figura lejana e idealizada, el príncipe azul que la va a rescatar de todas las adversidades y dificultades de la vida. Con ello refuerza la tendencia a la pasividad, y dificulta la integración en ella de los rasgos de iniciativa, uso de la agresión al servicio de la defensa, asertividad, fuerza y empuje. Este padre ausente invita a una relación madre e hija con características simbióticas, donde lo único que se trasmite y se refuerza es el rol materno y de esposa sometida, que a lo más puede aspirar a tener algún tipo de influencia, pero resignada a no tener ningún acceso al verdadero poder que decide.
Cuando hablo de crianza compartida no me refiero a una crianza conducida por la mujer en la que el hombre pasa a ser una especie de auxiliar a cargo de todas las tareas que la esposa-madre le designe. Me estoy refiriendo a un ejercicio conjunto y solidario de las funciones parentales, en que los roles estén escasamente diferenciados y puedan ser desempeñados por ambos padres con eficacia similar, y en que ellos sean llevados a cabo prácticamente desde el nacimiento de la guagua. Debemos cuestionar el manoseado concepto del amor maternal de base instintiva, que legitima una devoción materna y relega a la mujer al ámbito del hogar y al hombre al mundo del trabajo. Éste es un uso ideologizado de un biologismo teórico no comprobado. Algunos estudios demuestran cómo, en ciertos períodos de nuestra cultura, las madres entregaban a sus hijos a nodrizas y nanas, desentendiéndose de la crianza. La única diferencia innata entre el hombre y la mujer es la mayor predisposición al uso de la agresión y de la fuerza por parte del primero, que - como digo- es sólo una predisposición, porque cuando el niño es educado en un ambiente poco competitivo y reforzador de la atención hacia los más débiles, tal tendencia agresiva se iguala notablemente con la de las mujeres. Y, por último, la capacidad de cuidado parental del hombre ha ido quedando cada vez más en evidencia con los padres separados que se han hecho cargo de sus hijos en forma seria, comprometida y cariñosa, como también de muchas parejas que han incorporado en cierta medida la modalidad de crianza compartida.
En esta tarea simetrizadora del hombre y la mujer que, a mi juicio, constituye uno de los desafíos más interesantes del siglo XXI, el desarrollar la crianza compartida como idea fuerte, como el eje en torno al cual se engranan todas las estrategias integrativas, podría generar un movimiento en círculo virtuoso, que dará acceso al verdadero acercamiento entre los géneros. Contribuiría a la toma de conciencia, por un lado, de las condiciones por las cuales debe la mujer luchar asertivamente para que se dé ese compartir simétrico, y, por otro, a evitar caer en la tentación de una maternidad alienante y excluyente del hombre, muchas veces ejercida sólo para arrancar del ejercicio de otros roles más complejos. Por parte del hombre, generaría mayor claridad respecto de lo que debería conceder y aportar para crear un clima relacional que lo enriquecería en su identidad, le daría acceso al beneficio de criar de cerca un hijo, disminuiría el desencuentro con la pareja y ayudaría a la creación de una sociedad mejor. Y desde esta forma vincular, podríamos ir construyendo en nuestros hijos(as) identificaciones que en el futuro los van a mostrar menos incoherentes y contradictorios, llevándolos a una identidad que facilite este proceso de integración masculino-femenino, donde finalmente se valoren el uno al otro, y desde el cual surja un deseo genuino de compartir plenamente las funciones y respetarse mutuamente.
Estoy consciente de lo difícil de este camino, de los complejos obstáculos que debemos superar y, por lo tanto, de la necesaria paciencia que debemos tener para que en el curso de algunas generaciones logremos esta igualdad.
Una genuina valoración de la crianza compartida movilizará a los hombres en las empresas, en los servicios públicos, en las instituciones educativas, en los hospitales, en la política y en todas las organizaciones, instituciones e instancias sociales, a conducir las cosas para que la mujer se incorpore al trabajo en igualdad de condiciones y el hombre tenga más tiempo para abocarse a tareas del hogar. E incentivará a las mujeres a entregar sus hijos confiadas y generosas a su hombre, quien estará en iguales condiciones para criar. Cuando hablo de igualdad de condiciones me refiero al mismo poder económico y político, de manera que la toma de decisiones se dé sin desventajas para una de las partes, ya que en tal situación el más débil termina sometido al más fuerte.
Los distintos tipos de parejas
Este anhelo de la crianza compartida puede movilizar a las parejas tradicionales a una toma de conciencia de la importancia de una verdadera integración de los géneros. También ayuda a encauzar a las parejas innovadoras, constituidas por hombres que con buenas intenciones permiten y fomentan el trabajo remunerado por parte de la mujer, pero que no están dispuestos a asumir en forma simétrica la crianza y el trabajo doméstico. En estos casos, las mujeres terminan haciendo una doble jornada, con todas las consecuencias producto de esta sobrecarga, que las deja muchas veces en peores condiciones que la mujer abocada exclusivamente al hogar, según el modelo propio de la pareja tradicional. También este concepto alerta a las parejas que han buscado un camino que considero errado, como es el del rol intercambiado, que promueve un feminismo a ultranza por parte de las mujeres, quienes toman las decisiones importantes, traen la plata a la casa, dominan y controlan la conducción familiar. Acá el hombre asume un rol pasivo, se dedica a tareas del hogar y de la crianza, pero muchas veces como una forma de evitar asumir sus propias responsabilidades y compromisos. Es lo que se ha caracterizado como el hombre blando, que a la larga termina siendo odiado por las mujeres, que descubren que tras su aparente comprensión, apoyo y acogida se encuentra un sujeto timorato, irresponsable y muchas veces un fresco.
Además, la crianza compartida como un deber internalizado en el hombre lleva a que las parejas separadas puedan seguir manteniéndose como familia, con ambos padres realmente ocupados en la crianza de los hijos. Al estar más centrados en crear las condiciones que permitan una buena crianza, esta preocupación compartida disminuye en forma importante la agresión, violencia y descalificación mutua tan habitual en las parejas que se separan. En este mismo sentido, lo más probable es que un matrimonio que se desarrolla en torno a la crianza compartida lo piense mucho antes de tomar la decisión de separarse, y si lo hace, será pensando en sus hijos, en lo que se ha llamado una separación constructiva, situación que mejora notablemente el pronóstico del grupo familiar.
Las parejas entre iguales - en el sentido de que ambos miembros comparten poderes, deberes y derechos- son muy escasas, prácticamente inexistentes en nuestra sociedad, según los estudiosos del tema. En mi libro reciente, El amor después del amor, planteo que la única posibilidad de llegar a un amor sexual estable logrado y obtener todos los beneficios de ese vínculo a largo plazo, tanto para la pareja como para el grupo familiar, es en una relación de pareja entre iguales. Proyectos comunes, contención mutua, comunicación y sexualidad creativa sólo son posibles en una relación verdaderamente simétrica, situación que si bien hace más difícil y complejiza la relación en el día a día, le permite el crecimiento a futuro, la llena de frutos, garantizando un mayor grado de realización en nuestra existencia y aportando a esa paz: tranquilidad, sabiduría y felicidad que todos buscamos.
Nota:
*Psiquiatra, psicoanalista, profesor del Departamento de Psiquiatría y de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica, miembro del Consejo Superior de la Universidad Alberto Hurtado y presidente de la Asociación Psicoanalítica de Chile.
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