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La crisis del sistema global y Benedicto XVI

Armando di Filippo


La referencia del título, relativa a un sistema global que está en crisis no alude únicamente al episodio financiero en Estados Unidos, relacionado con los activos financieros tóxicos” y sus consecuencias económicas en todo el mundo. La idea central es que el sistema financiero que experimentó la crisis, forma parte de un sistema global, también en crisis, cuyos fundamentos políticos, culturales y ambientales deben formar parte de la interpretación o diagnóstico.

Usando un lenguaje ultra simplificado, las sociedades humanas  pueden verse como sistemas o como juegos, los agentes de los sistemas como jugadores (equipos y personas), las estructuras de los sistemas como reglas técnicas y sociales del juego, y los procesos y mecanismos a través de los cuales los agentes dinamizan los sistemas pueden verse como las jugadas, tanto las estratégicas y tácticas que involucran equipos completos, como las individuales o personales. Las sociedades humanas tienen muchas facetas que pueden ser leídas sistémica o lúdicamente: políticas, sociales, culturales, económicas, ambientales, deportivas,  y también éticas. En el centro de todas estas lecturas sistémicas están siempre, por supuesto, los seres humanos con sus comportamientos sociales habituales cargados de implicaciones éticas.

Los actores (jugadores) políticos del sistema internacional que nos interesa considerar aquí son fundamentalmente los estados nacionales (por ejemplo Estados Unidos de América) o supranacionales (por ejemplo Unión Europea) que operan como centros hegemónicos (jugadores principales) del sistema político internacional frente a jugadores periféricos, como es el caso de las naciones latinoamericanas.

Los jugadores políticos hegemónicos (centros) se pueden caracterizar de manera esquemática o exagerada como los poseedores del poder tecnológico y “hacedores” de las instituciones que, en conjunto, configuran la estructura del sistema global. Los jugadores políticos menores o periféricos se pueden entender en grado importante como los “aceptantes” de dichas reglas. El ámbito de los jugadores principales se está ampliando hacia los, así denominados, “emergentes” (Brasil, Rusia, India, China).

Especialmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, un tercer grupo de jugadores, son los administradores intergubernamentales de las reglas de juego emanadas de los jugadores políticos hegemónicos (centros). En el ámbito político-social puede citarse al sistema de ONU con todas sus agencias, y, en el ámbito económico a los, así denominados “bancos” originados en Bretton Woods (FMI y BM), a la OMC, y a otra red de agencias y sub agencias que operan en campos específicos. Si bien, esta burocracia internacional depende de los actores políticos “céntricos”, también dispone de un cierto ámbito de maniobra para incidir sobre los jugadores políticos “periféricos”.

Lo que estamos denominando sistema global es la combinación de un sistema internacional compuesto por (jugadores políticos) estados-naciones y de un sistema transnacional compuesto por (jugadores económicos) empresas globales (ETS) y por otras entidades transnacionales (legales e ilegales) que tienen sus propios ámbitos estratégicos y sus propios espacios de planificación.

La reciente crisis de los “activos financieros tóxicos”, se ha atribuido, acotadamente, a una permisiva regulación del sistema financiero estadounidense y a la existencia de jugadores que aprovechando esa tolerancia asumieron “riesgos” igualmente excesivos. Sin embargo, esos riesgos fueron fuertemente inducidos desde las mismas instituciones financieras transnacionales, y los riesgos no fueron asumidos por los altos ejecutivos de las mismas (inductores de las operaciones riesgosas) sino por los deudores hipotecarios, por  los trabajadores de las propias instituciones financieras que fueron a la quiebra o fueron rescatados por los gobiernos y que quedaron sin empleo, por los accionistas de las mismas que perdieron el valor de su inversión, y, también, en algunos casos, por los tenedores de bonos de alguna de estas instituciones.

Las normas comerciales, financieras y monetarias que se negocian en los organismos intergubernamentales (FMI, BM, OMC), o que brotan de los acuerdos preferenciales,  reflejan el enorme poder de cabildeo de las transnacionales sobre los poderes del Estado, no sólo en Estados Unidos sino también en los restantes centros principales del capitalismo global. Los exámenes más benévolos y legitimadores dicen que esas normas, allí negociadas son más eficientes que las regulaciones gubernamentales y posibilitan la propagación del proceso asignador de recursos a escala mundial, evitando posturas demagógicas o populistas que buscan obstruir los mercados libres y abiertos.

Sin embargo, la filosofía microeconómica mercadista sustentada por las ETS, ejerce un poder corruptor y desequilibrante que subyace a la presente crisis global. Entiendo, desde una perspectiva económica por “corromper” al proceso de convertir en mercancías, muchos comportamientos humanos que por su propia naturaleza no lo son. Por ejemplo proyectos de ley presentados al congreso, fallos judiciales, ofertas de cargos altamente remunerados a funcionarios públicos a cambio de ciertos “servicios” previos, e, incluso, asesorías legales, peritajes, o simple desempeño de cargos de responsabilidad pública como el ejercicio del periodismo veraz. Las empresas transnacionales pueden “comprar” muchos de esos comportamientos, y de hecho, suelen o pueden, “comprar” de manera implícita, hasta algunos compromisos de los candidatos presidenciales cuando financian sus campañas políticas. Desde luego la responsabilidad ética de estos manejos recae sobre ambas partes, y no es achacable solamente a las ETS.

Las ETS de alcance global (bancos de inversión, aseguradoras, automotrices, etc.), generan regulaciones internas a través de las cuales se  “compran”, además,  comportamientos potencialmente irresponsables de sus altos ejecutivos, “anestesiando” su moralidad personal con millonarias compensaciones, fundadas en regulaciones internas que implican una total desconsideración de las consecuencias sociales de sus actividades.

La racionalidad microeconómica de las transnacionales se complementa con reglas macroeconómicas que generan amplios espacios de libertad para esos comportamientos. La ideología “mercadista” que sustenta dichas reglas supone que basta con mantener equilibrios macroeconómicos básicos y un entorno permisivo ignorando los impactos sociales (desempleo, concentración distributiva del ingreso, incremento de la pobreza, etc.) que brotan de ese comportamiento o dejándolos al cuidado de los mecanismos del mercado. 

La masiva privatización de empresas públicas, junto con la liberalización del comercio internacional y de las inversiones extranjeras directas, han traído como consecuencia que las oportunidades de comercio internacional dependan  cada vez más de inversores transnacionales que exigen garantías especiales para asignar sus recursos en determinados países. Ellos exigen diversas medidas reguladoras favorables a esta presencia corporativa en el campo de los códigos de inversiones, de los derechos de “propiedad transnacional”, de los servicios financieros etc.

 La dependencia de las naciones periféricas respecto de las inversiones de las ETS, las induce a generar zonas francas (comerciales, procesadoras de exportaciones, paraísos fiscales y financieros, etc.) donde las ETS reciben tratamiento especial y son buscadas como una fuente irremplazable de inversiones y tecnología. Las empresas se instalan en estos ámbitos extraterritoriales, para obtener ganancias de productividad “céntricas” obtenidas gracias a costos (salariales, ambientales, energéticos, etc.) “periféricos”.

 El poder que las transnacionales manejan deriva, no sólo de un control del excedente privado que, en un mundo de economías abiertas, puede ser reinvertido en muchas partes del mundo (recirculado a través del sistema financiero y bursátil global), sino también de un control de las tecnologías de la información que han globalizado los mercados. Sus monopolios tecnológicos protegidos por los sistemas de propiedad intelectual, aprovechan economías de escala, y generan rentas muy superiores a los costos de sus departamentos de investigación y desarrollo.

La teoría legitimadora de estos procesos evidencia un claro caso de individualismo metodológico en donde el comportamiento autónomo, independiente y egoísta de los grandes actores (jugadores) económicos determinaría legítimamente el comportamiento de todo el juego o sistema social. Estamos además ante un individualismo ético (la más individualista y egoísta de las versiones concebibles del utilitarismo) donde los incentivos que motivan la acción social son el logro, lo más inmediato e ilimitado que sea posible,  del éxito, del dinero, del poder, de la ostentación, del bienestar material, etc. La publicidad, y, en general, algunos medios de comunicación masiva, orientados a lucrar e igualmente transnacionalizados, fomentan estas visiones de mundo En particular las nociones de virtud, de templanza, de justicia distributiva o social, han desaparecido del diccionario neoliberal.

Los vicios y problemas que son inherentes a la propagación de las ETS en los mercados globales no han pasado desapercibidos. Los principios de lo que se ha denominado “responsabilidad social empresarial” promueven un comportamiento voluntariamente orientado a tomar en consideración determinados marcos éticos de comportamiento en la esfera laboral, ambiental, etc. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico ha elaborado un código en ese sentido, y existe una presión a favor de un mayor  control social de las actividades transnacionales. El camino recomendable para consolidar estos esfuerzos a favor de una mayor responsabilidad social empresarial es una legislación justa a escalas nacional e internacional, un aumento de la transparencia, la inclusión de cursos de ética en las escuelas de negocios, un respeto irrestricto por las instituciones de la democracia y, sobre todo, un aumento del poder negociador en las naciones periféricas.

Los países más débiles y subdesarrollados requieren de las inversiones y de las tecnologías de las transnacionales, y, no ven, o cierran los ojos, ante prácticas laborales, ambientales, tributarias, etc. que suelen violar los derechos humanos, ambientales y ciudadanos o corromper la probidad funcionaria. Los centros más poderosos, por oposición, fijan con mucha fuerza las reglas de juego que deben aceptar estas corporaciones. Así el Tribunal de la Unión Europea con base en su legislación sobre competencia y defensa del consumidor suele imponer multas millonarias a las ETS que violan las reglas comunitarias. El capitalismo continental europeo evidencia una actitud reguladora muy distinta en este ámbito a la adoptada por el capitalismo anglosajón.

Dicho todo lo anterior, debe reconocerse que la contribución importantísima y positiva de las ETS en la esfera tecnológica productiva, en la generación de excedentes reinvertibles, en las exportaciones, etc. no puede ser ignorada. Pero esas esperanzas y potencialidades se ven empañada por múltiples impactos negativos en el comportamiento de estas corporaciones que afectan la esfera ética, social y ambiental. Hay aquí un difícil entrelazamiento entre temas éticos y temas de poder.

Respecto del primer tema crucial (la ética en el mercado), en su Carta Encíclica Caritas in Veritate, recientemente promulgada, Benedicto XVI nos recuerda la presencia de otras empresas alternativas a las ETS: “Se requiere por tanto un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en si mismo” (38).  En este párrafo yo interpreto la expresión “civilización de la economía” como una economía más orientada a las necesidades de la sociedad civil. El tema subyacente, en este punto, es sin duda el tipo de ética con la cual se legitiman los mecanismos instrumentales del mercado. Pero sigue subyacente el delicado tema de las fuentes y de la distribución del poder. En el interior de los propios mercados emergen asimetrías entre las posiciones de las ETS, de las PYME y de las microempresas.

Esto nos lleva al segundo tema crucial (las estructuras de poder), en la citada Encíclica (67), Benedicto XVI propone de manera categórica la necesidad de una Autoridad Política Mundial gestada en el seno de la Organización de las Naciones Unidas, regulada por el derecho, apoyada en los principios de subsidiariedad y de solidaridad, orientada al bien común y con facultad de hacer respetar sus decisiones a las diversas partes, operando por encima de los equilibrios de poder entre los más fuertes.

Comentando esta propuesta de la Encíclica, y reconociendo que los equilibrios de poder son prácticamente ineludibles a escala mundial, me atrevo a sugerir que la única solución para un orden más justo debería radicar en la dispersión del poder en un mundo que se torne crecientemente multicéntrico o multipolar. En particular se requeriría una descentralización del poder financiero y del poder energético, ambos fuertemente controlados, hoy, por ETS (bancos de inversión, transnacionales petroleras). La concentración del poder financiero no regulado condujo a la crisis de las hipotecas, y la concentración del poder energético no regulado puede conducir a una crisis ambiental catastrófica a escala global. Las fuentes de energía ambientalmente mas agresivas (por ejemplo centrales atómicas, o térmicas fundadas en combustibles contaminantes) están geográfica y económicamente más controladas por poderes económicos y políticos más centralizados. Las fuentes de energía ambientalmente más benignas (por ejemplo solar, eólica) son mucho más desconcentradas en términos de poder político y económico.

Siempre que la humanidad se ha asomado al abismo surgen nuevos signos de los tiempos que abren caminos históricamente inesperados. Aunque a algunos, la propuesta papal de generar una Autoridad Política Mundial pueda sonar a ingenua utopía, el colapso económico-financiero actual cuyos alcances aún no se pueden evaluar y el colapso potencial de la biosfera, son factores que transformarán la estructura de poder mundial en una dirección democratizante que, esperemos, pueda acercarse a este ideal.