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Marginación o inclusión: responsabilidad de los cristianos

Diego García

El Evangelio tiene una virtud incluyente e integradora. De ello da cuenta con nitidez la identificación con que Jesús se refiere a los más pequeños y débiles. Ellos no son objeto de exclusión o desprecio, sino que constituyen la medida de nuestro amor por Cristo mismo. Esta virtud se traduce en un reto, a saber, el de identificar actitudes cristianas que promuevan la inclusión y la integración tanto en la sociedad chilena como en la Iglesia Católica.

Convocados por el Centro Teológico Manuel Larraín, un grupo de cristianos nos hemos reunido periódicamente para examinar los desafíos que propone a la Iglesia y a la sociedad chilena, lo que hemos identificado como la virtud incluyente e integradora del Evangelio. Concurrimos como un grupo plural: mujeres y hombres, religiosos y laicos, con diversas profesiones y roles en la sociedad y la Iglesia, de diversas edades, mayoritariamente católicos, pero también participantes de otras confesiones cristianas, y abiertos a todas las personas de buena voluntad. En fin, tratamos de comprendernos como Iglesia en tanto que Pueblo de Dios, cuyos límites se extienden hasta incluir aun a quienes buscan en sombras e imágenes al Dios desconocido, y que con corazón sincero se esfuerzan por cumplir con Su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia (1). Se nos propuso un ejercicio de aportar a la formulación de una teología pastoral. Así como hay moral pensada y moral vivida, desde nuestras experiencias y saberes se nos invitó a participar de un diálogo entre la teología meditada, nuestra aproximación a la Escritura, el Magisterio y nuestras experiencias como creyentes más o menos cultos, pero que viviendo su fe hacen de algún modo teología y quiere reflexionar sobre ella.
La situación que nos interpela, y que da origen al reto planteado, es la de las tendencias y prácticas que producen marginación, exclusión o discriminación tanto en la sociedad chilena como al interior de la propia Iglesia Católica.

Marginación e inclusión en la sociedad chilena

En Chile subsiste una profunda matriz cultural discriminadora y clasista. Este rasgo constituye un êthos (2) que impide la existencia de una sociedad más integrada, con mayor reconocimiento mutuo y fraternidad. Expresiones de esta situación son, a modo de ejemplo, la desigual calidad de la educación que se imparte; la desigual distribución del ingreso y de las oportunidades; la precarización del trabajo; la tendencia a la exclusión social de los más débiles que es inherente al dinamismo del mercado; la tendencia a una menor capacidad del Estado como agente promotor de la inclusión social y protector de los más vulnerables (3).

Constatamos que la formación de las elites dirigentes chilenas se encuentre en manos, en no poca medida, de la propia Iglesia, a través de sus instituciones de educación y medios de comunicación. Por ello, nos preocupa constatar que esta elite administra y potencia rasgos discriminadores —clasismo, sexismo, racismo— sin que la impronta de una educación cristiana anterior parezca constituir una diferencia relevante al momento de ejercer su influencia en la construcción de una sociedad que, como conjunto, proporcione una acogida a la dignidad de cada hermano, hijo de Dios.

Coincidimos en que son variables críticas —para una sociedad más integrada y equitativa— la existencia de igual acceso a una educación de calidad; el cuidado de la infancia especialmente en sus primeros años; la calidad de la vida familiar —con énfasis en las funciones del grupo familiar por sobre  estructura formal; la formación en valores y el diálogo social.

Dilemas entre autonomía, identidad e inclusión

Vivimos en un mundo en el que la reivindicación de la autonomía personal es vista como un bien. La condición de adulto supone  ejercer la capacidad de apropiarnos del contenido y de la razonabilidad de nuestras conductas sin tener que obedecer las razones de la autoridad que no hemos comprendido y aceptado primero. Sin embargo, la autonomía individual en la vida económica refiere a otro proceso, en el cual se corre el riesgo de que, bajo el dominio sin contrapeso de la racionalidad económica sustraída de toda consideración ética, todo ello redunde en procesos de atomización social y desamparo individual, ausencia de identidad y vínculos.

La restauración de vínculos, la lucha por el reconocimiento, supone por su parte, comprometer parte de la autonomía en alguna identidad supra individual: religiones, asociaciones de la sociedad civil, corrientes filosóficas o políticas, nacionalidades. Pues bien, identificarse con unos es diferenciarse con otros. En el extremo ello puede desembocar en exclusión de los diferentes en razón de la propia identidad.

Nos encontramos, pues, en medio de un dilema. Autonomía e identidad parecen ser inversamente proporcionales. La globalización de la racionalidad económica, vista como epopeya de la autonomía individual, genera en el límite una identidad abstracta, vacía y lábil, de individuos aislados entre sí y que sólo se comunican en el plano de su capacidad y desempeño económico. Otros reconocimientos más concretos suponen definiciones identitarias más fuertes y potencialmente conflictivas entre sí, excluyentes. La mayor oferta de identidades posibles formulada a individuos crecientemente autónomos y críticos, conlleva una fuerte carga de presión psicológica sobre los individuos que deben decidir sobre la constitución de los contenidos de su propio yo. Así, los procesos de modernización, que sin duda signfican grandes oportunidades de humanización, son fuente también de nuevas modalidades de vulnerabilidad. El desafío en este plano, entonces, radica en forjar identidades colectivas concretas pero incluyentes, universalizables y respetuosas de la autonomía. ¿Es esto posible?

Una hipótesis al respecto es que este papel podría desempeñarlo la cultura de los derechos humanos, en tanto universalizables. El cristianismo debiera también proponerse ser una identidad universalizadora y, sin embargo, no abstracta o vacía, en la medida en que todos somos hijos de Dios y cada ser humano es nuestro propio hermano.

Marginación e inclusión en la Iglesia

Es posible advertir también tendencias preocupantes respecto de nuestra experiencia de Iglesia. Ya se mencionó la grave responsabilidad de los cristianos en la formación de elites, atendida la subsistencia de modos discriminatorios de organizar la sociedad y de distribuir y ejercer el poder en ella. Sin embargo, hay que poner atención a otras tendencias más sutiles, pero igualmente preocupantes. Una de ellas es el lenguaje doctrinal que predomina en instancias de la jerarquía católica. Este lenguaje no está contribuyendo a realizar un acompañamiento de las personas en concreto, muchas de las cuales llevan vidas muy difíciles. Más bien, este lenguaje doctrinal y apologético parece privilegiar funciones disciplinarias; tiende a inhibir en los fieles la capacidad de discernir los signos de los tiempos que desafían concepciones y categorías tradicionales; por último, produce una identidad católica rígida que no es siempre consistente con la práctica real de los cristianos en su vida dentro y fuera de la Iglesia (por ejemplo, en materias de moral sexual o moral económica), o que se contradice con la práctica de valores entrañablemente cristianos, como lo son la misericordia, la caridad, la comunión, la fraternidad y la solidaridad.

En este contexto, la invocación de la “ley natural” no constituye ya un llamado al diálogo y a la escucha atenta de aquellos distintos con quienes se quiere convivir y tender puentes –como pudo ser el mundo musulmán en tiempos de la formulación de la ley natural y del tratado de la ley por Santo Tomás de Aquino (4)-, sino que se emplea como un reducto que ya tiene contestadas todas las preguntas que la realidad puede plantear a la condición del creyente. La apelación a la ley natural, hecha de este modo, cierra puertas donde es indispensable abrirlas. Es perentorio restablecer la distinción entre el derecho natural primario inmutable y el derecho natural secundario relativo. La ley natural no puede ser invocada de modo abstracto o aséptico. “Es necesaria la mediación histórica, la madurez moral de un pueblo y la particularidad cultural y consuetudinaria que un pueblo o comunidad ha decantado en una especial forma de ‘Weltanschaung’. Ella es el êthos requerido para promulgar la ley humana” (5)

Otro aspecto preocupante dentro de la experiencia de fe, y en parte fruto de lo anterior, pero también producto de las tendencias atomizadoras de las estructuras económico-culturales predominantes descritas más arriba, es la agrupación de los fieles en grupos intraeclesiales identitarios fuertes y con riesgo de ser excluyentes. Hay en la experiencia de muchos creyentes una preocupación por el Padre mío que no permite hacer la experiencia del Padre Nuestro. En nuestras prácticas se echa de menos a veces la comunicación de los cinco panes y los dos peces. Existiendo dentro de la Iglesia pluralidad de carismas, no son pocos los creyentes que buscan aquel que les resulta más cómodo, no siendo necesariamente un carisma que promueva o garantice una más lograda experiencia de comunión entre los propios católicos.

Hay, desde luego, signos muy alentadores. Uno de ellos, el tono dialogante adoptado por el documento de trabajo de la Conferencia Episcopal Camino al Bicentenario. Dentro del documento, suscita en nosotros esperanza especialmente la apelación a la justicia social y a la Doctrina Social de la Iglesia. En efecto, las experiencias de apoyo a los más necesitados pueden ser un camino pedagógico para una preocupación más genuina por la justicia social y la solidaridad. Aun cuando es necesario evitar conductas paternalistas que, con buena intención, pueden resultar incluso humillantes para el prójimo a quien se pretende beneficiar, las experiencias de trabajar por otros ayudan a vincular solidaridad y justicia social. Parece deseable, por lo mismo, emprender acciones en que no sólo se trabaje en beneficio de otros sino que con otros, vale decir, diluyendo la dicotomía benefactor / beneficiario.

También son esperanzadoras las manifestaciones de actividad y participación laicales dentro de la vida de la Iglesia, al interior y fuera de Chile. Finalmente, la Iglesia es el conjunto del Pueblo de Dios, todos los hombres se encuentran llamados a formar parte de él. Nos ha parecido importante dar pasos hacia una teología laical. La reflexión acerca de la propia experiencia del creyente es una fuente del quehacer teológico. Sin embargo, es un hecho que entre los laicos y el clero hay una asimetría en los lenguajes. Los laicos son políglotas en variedad de ciencias pero ignoran el lenguaje de la teología. El clero, por el contrario, tiende a acaparar el lenguaje teológico pero a grandes rasgos ignora el conjunto de lenguajes que son dominio de los laicos. Esto hace muy difícil el diálogo dentro de la Iglesia y de ésta con el mundo.  Pareciera ser, a ratos, que los laicos actúan en el mundo con mediaciones que escapan a la comprensión del clero. En el fondo, reproducimos experiencias de incomunicación entre cristianos, lo que nos duele. La misión del laico en el mundo requiere de una autonomía relativa, por más comprensible que sea que la jerarquía proponga ideales de vida exigentes. Así, nos anima pensar que el camino creyente del laico tendría que verse como complementario del que recorre la jerarquía.

Notas

* Publicado en Revista Mensaje Nº 542, año 2005.

(1) Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, nº 16.

(2) El êthos hace referencia a un cierto carácter, un conjunto estable de conductas arraigadas gracias a su repetición, que las transforma en hábito y que realizamos ya sin dificultad. Por ello sostiene Aristóteles del êthos que constituye una “segunda naturaleza”. José Luis Aranguren, Ética, Alianza Editorial, Madrid, 1985.

(3) Nada más que a modo de ejemplo, se puede consultar en relación a las expresiones de clasismo en la cultura económica chilena el estudio de Javier Núñez y Roberto Gutiérrez, “Class Discrimination and Meritocracy in the Labor Market: Evidence from Chile”, Estudios de Economía, Vol. 31 nº 2, Facultad de Economía de la Universidad de Chile, diciembre de 2004, pp. 113 a 132. En cuanto a las inequidades en la educación, ver Juan Eduardo García Huidobro y Cristián Belleï, Desigualdad Educativa en Chile, Serie Documentos de Trabajo, Escuela de Educación Universidad Alberto Hurtado, noviembre de 2003.

(4) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, qq. 90 a 97.

(5) Tomás Scherz, “Ley Natural y Estoicismo”. Revista Persona y Sociedad, Vol. XV nº 3, diciembre de 2001. Universidad Alberto Hurtado – ILADES.