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ARTÍCULOS |
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Opción por la humanidad pobre
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Diego Irarrázaval |
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La realidad chilena es replanteada gracias a la opción por el pobre. ¿Se trata de un buen deseo, de un comportamiento, de una mística? ¿Cuál es su base teológica y pastoral? Veamos primero modos de afrontar este asunto, y luego dimensiones de su complejidad. Estas líneas forman parte de la herencia de Manuel Larraín “si en América Latina no ponemos atención a nuestros propios signos de los tiempos... qué sucederá?” y de Alberto Hurtado: “el pobre es Cristo”. Éstas notas también vibran con el afán de “refundar a Chile” (1); una refundación sin retórica y con honestidad. 1) ¿Por qué y cómo tratar este tema? El punto de partida es teologal –como ha subrayado Gustavo Gutierrez-, ya que Dios salva y se revela en medio de y a favor de la humanidad pobre (2). Es un original aporte de América Latina al conjunto de la Iglesia. Ello ¿qué significa en la “construcción del Chile que queremos” (# 93)? La opción por el pobre es una “comunión del corazón”, estando con y escuchando al pobre, quién se caracteriza por vivir en relación con los demás; como ha explicado María José Lopez (3) Por motivos no tácticos ni pragmáticos, sino más bien debido a la fidelidad a Dios, encaramos la realidad de 2.907.700 personas pobres (Encuesta CASEN 2003), y lo cultural, político y religioso que conlleva la opción por el pobre. Éste “signo de nuestros tiempos” convoca a un diálogo teológico entre voces de sectores marginados y voces de conductores de la pastoral. En vez del mero interés “hacia” sus culturas y religiosidades, hay que desarrollar un dialogo mutuamente interpelador. ¿Esto ocurre en la enseñanza teológica y en la planificación pastoral en Chile? Cabe cultivar la disciplina de escuchar los silencios y las muchas voces del pobre; dialogar entre voces diferentes que generan un proyecto común; interactuar con el potencial político y simbólico de la humanidad pobre. Al respecto, es cuestionable un pragmatismo emotivo y social; tal lenguaje es empleado en macro organismo financieros y en las Metas de desarrollo del Milenio (Naciones Unidas hacia el 2015). En general, la actividad eclesial da preferencia a la opción por los jóvenes (Puebla 1186-7) y por las familias (Santo Domingo 210, 222); esto caracteriza a parroquias y a movimientos laicos. En cuanto a lo socio-cultural, sobresale la solución populista y la gama de espiritualismos. Sin embargo, ya que la Buena Nueva va dirigida a la humanidad pobre, hay que afianzar el por qué teológico de la opción, y su metodología dialogal. 2) La complejidad de la opción. La opción, teocéntrica y profética, se desenvuelve en varios niveles: contexto, iglesia, política y cultura, utopía y espiritualidad. Con respecto al contexto global, los mecanismos de libre comercio son neocoloniales; toda la población adhiere a un “Chile moderno de tipo estadounidense” (4). Optar por el pobre incluye la actitud profética hacia el modelo imperante que deshumaniza a la población chilena. Al respecto, Claudio Agostini sugiere que haya más labor a nivel cultural a fin de superar la actitud racista y clasista (y no dedicarse a echar la culpa al modelo económico).(5) Además, tal opción implica sintonía con iniciativas de la sociedad civil y de organizaciones a menudo frágiles pero imprescindibles. Ser “Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, 11/9/1962; Medellín, 1968, XIV/7) es una convocatoria a reformar pastorales, la vida consagrada, el cotidiano testimonio laical. Hay que despejar la obsesión con verdades y normas, que resultan siendo anti-pobre, ya que olvidan la primacía del Evangelio. Además al reaparecer lenguajes densos e irrelevantes, hay que reafirmar al pobre Jesús de Nazaret como Salvador y su sacramento eclesial. Por otra parte, lo político es devaluado, dada la totalitaria economía de mercado. Vale pues replantear el “protagonismo de los pobres” (con y desde, y no “para el pobre”; cf. En Camino... # 22), y reconocer lo político-económico como eje ineludible de nuestra opción. A esto va sumada la reivindicación de culturas en el mosaico nacional (pero, el documento En Camino # 29-34, al hablar sobre cultura en singular, descalifica culturas y religiones existentes en Chile). Optar por el pobre conlleva optar por plurales y ambivalentes modos de vivir y espiritualidades en nuestro país (¡ni nuestro país ni el continente son monocromáticos!) (6). Con respecto a las utopías, cabe optar por celebrar la vida, y no por una simple sacralización del “progreso material... único indicador de desarrollo” (En Camino # 23). Más allá de la retórica anti consumista, podemos contribuír a redes utópicas como la de “otro mundo es posible” (Foro Social Mundial en Porto Alegre) y a mil iniciativas de hormigas que cambian el mundo. La opción también reorienta las espiritualidades, no mediante frívolos esquemas postmodernos, sino porque contemplamos a Dios que alegra al pobre. Por otra parte, perduran cristianismos marcados por lo sacrificial y lo gnóstico. Por eso hay que seguir cultivando imágenes de Dios, como las compartidas por el pobre que opta no por sí mismo sino por celebrar la Vida. Al poner acento hoy en complejas y entretejidas dimensiones de la opción, se evita tratarla como una “cuestión social”. Más bien es una preocupación teologal con muchas implicancias concretas. 3) Rehacer la realidad chilena La temática de la opción permite junto con asumir nuestra tradición también visualizar un proyecto colectivo. Pero, la opción ¿es un punto en la agenda, o más bien impulsa todo el caminar histórico? (7) Es bueno sentirla “en carne propia” (# 22) y que nos motive a priorizar trabajo y salario justo, salud y buen trato, vivienda, educación, igualdad de oportunidades, participación (cf # 22). Por lo tanto, se trata de una columna vertebral del anhelo de construir y refundar (8) Me parece que a esta visión optimista hay que sumarle la diversidad social, cultural, espiritual en Chile. No es justo que (al hablar sobre el pobre) las diferencias sean homogeneizadas. La realidad de los pobres va de la mano con “otros” factores, tales como costumbres, religiosidades, aportes propios, diversas regiones de un país centralista. Al respecto, cabe cuidar los lenguajes y las líneas de acción. Desde las ciencias humanas nos critican modos imprecisos y voluntaristas de considerar al pobre. También a veces la teología y la pastoral caen en idealismos, o bien confunden fenómenos humanos con principios evangélicos. Concluyo. La opción por la humanidad pobre -que tiene calidad teocéntrica y profética- puede conjugarse con el proyecto renovador de Chile (“un país construido bajo la inspiración del Sermón de Montaña”, # 17). Ello implica optar por muchos aspectos -modos de convivir, elaboraciones culturales, caminos de fe, iniciativas políticas, celebraciones- de la humanidad pobre. También implica desafiliarse del modelo social que exalta cosas e individuos. Notas: 1- Obispos del Comité Permanente, En Camino hacia el Bicentenario de la Independencia Nacional, 1/9/2004, # 4.
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