ARTÍCULO |
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Cristo como fundamento de la personalización* |
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Pedro Morandé |
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Quisiera desarrollar el tema de esta ponencia a partir de una interrogante cargada de profundidad teológica y antropológica, formulada por San Bernardo, que entonces como ahora tiene pleno vigor y nos interpela con urgencia acerca del sentido de la presencia humana y cristiana en el mundo. Dice San Bernardo: ¿Por qué buscais entre palabras muertas el Verbo cuando El, al hacerse carne, se ha hecho visible? La misma preocupación contenida en esta pregunta caracteriza también la antropología cristiana de nuestra época ya que, de manera explícita desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha puesto especial énfasis en el desarrollo de una visión cristológica de la vida humana. En Cristo, el Verbo de Dios se nos ha hecho visible, revelándose como la respuesta a todas las preguntas del hombre y como don para todas sus necesidades. Es notable la extraordinaria influencia que el texto de Gaudium et Spes Nº 22 ha logrado alcanzar en el desarrollo del magisterio, fijando la línea de la antropología de la Iglesia en el postconcilio. Resumo su argumento: El misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del Verbo encarnado, puesto que, como enseña San Pablo, Adán el primer hombre, era figura del que había de venir, Cristo, el nuevo Adán, imagen de Dios invisible. En virtud de la encarnación Cristo se ha unido, en cierto sentido, a cada hombre. No solamente dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que abrió un camino que, si nosotros lo seguimos, nos permite descubrir el nuevo sentido de la vida y de la muerte, que han quedado santificadas. El mismo espíritu de Aquel que lo resucitó de entre los muertos habita en nosotros, de modo que, hijos de Dios en el Hijo, podemos clamar Abba Padre. Todo esto es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible (Cfr. GS 22). En este contexto, la pregunta acerca del carácter personal de la vida humana se juega en nuestra relación con el misterio de Cristo y, tomando las palabras de San Bernardo, deberíamos sencillamente preguntarnos si acaso somos palabra muerta, o hacemos nuestra la posibilidad de ser en Cristo palabra viva y visible. El hecho de que la palabra pueda ser visible en nuestra carne, nos remite al concepto fundamental de la antropología cristiana, tomado de la afirmación del Génesis, según el cual el hombre, creatura de Dios, ha sido hecho a imagen de su Creador. Por ello, a pesar de su debilidad o de su pecado es, objetivamente, portador de una huella imborrable que, aunque se oscurezca y adormezca ante su conciencia en virtud de su rebeldía y de su pecado, y limite el sentido de su libertad, se despierta en todo su esplendor ante la contemplación del misterio de Cristo, puesto que El es el testigo fiel, la imagen de Dios invisible. Así dice Orígenes: "Pues si el hombre hecho a imagen de Dios, dando la contra a su naturaleza, contemplando la imagen del diablo ha sido hecho como él por el pecado, mucho más al contemplar la imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido hecho por Dios, recibirá la forma que le fue dada en su naturaleza, a través de la Palabra y su Poder" (Homilías sobre el Génesis 1, 13)(1) . Es decir, Cristo, la Palabra de Dios, descubre al hombre su carácter de ícono o imagen de su creador, uniéndose indisolublemente el anuncio de la sabiduría de Dios contenida en su obra de creación y la presencia humana en medio del mundo. Podemos decir que aquí reside uno de los aspectos más decisivos de la antropología moderna que, despreciando o minusvalorando el valor de la vida humana personal, tanto en su dimensión ontológica como en su dimensión moral, no puede ver en su creador al Padre de las misericordias y, a su vez, no viendo en el origen del hombre más que el azar o el infortunio, tampoco puede arribar a una autoimagen aceptable para sí mismo. En efecto, somos herederos en el tiempo actual de una visión del hombre que hunde sus raíces en antiguas corrientes gnósticas, y que es profundamente pesimista, encerrando a la argumentación antropológica en un círculo sin salida. O bien se argumenta que el origen oscuro y azaroso del hombre en medio del juego de fuerzas y derivas estructurales de la evolución no ha podido producir un fruto suficientemente digno, o bien se señala que la baja calidad moral de la experiencia humana enfrentada a situaciones no convencionales, donde abunda el cinismo, la violencia, la codicia y la estupidez, no puede revelar un origen divino de la condición humana. La conclusión es que no es Dios quien creó al hombre, sino que éste, en su desesperación por el poco aprecio que despierta la imagen de sí mismo, persigue la ilusión de ennoblecer su destino atribuyéndose un origen divino. Una variante de este mismo pesimismo antropológico es el narcicismo, que huye de la posibilidad concreta de encontrarse con otros hombres y compartir su historia, ocultándose en la autosatisfacción y en el autoenamoramiento. El encierro en la fantasía se proclama como un camino posible para el individuo, a condición que no quiera compartirla con otro por temor a ser desmentido. ¿Quién puede sustraer al hombre de este absurdo círculo de autorreferencia que lo arroja al nihilismo, a la violencia y a la autodestrucción? Sólo Aquel que semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado, es capaz de dar testimonio del sentido originario de la naturaleza humana y revelar a Dios como Padre: Cristo, el testigo fiel, la Palabra viva. Así, en una catequesis de 1986 afirma el Santo Padre Juan Pablo II que "la Revelación presenta una estructura "lógica" del universo (de Logos: Verbo) y una estructura "icónica" (de eikón: imagen, imagen del Padre)"(2) la cual es correlativa a la experiencia del don y del amor. En efecto, en el Verbo que toma nuestra carne se hace transparente la imagen originaria del creador y el sentido de la obra creada, de manera que su palabra restaura la mirada humana original, oscurecida por el pecado. Antropológicamente, todo hombre puede darse cuenta que la vida es un don, puesto que se recibe y no se elige. Pero ¿puede afirmar con igual certeza que es un don de amor, que está llamada a la plenitud, a ser habitada por una eterna felicidad y gozo? Para la antropología que vive de espaldas al misterio de Cristo, como no le es posible contestar afirmativamente esta pregunta, le resulta necesario destruir también la afirmación de la gratuidad originaria del don de la vida. La luz de la Palabra viva, que es su Poder, como expresa el texto citado de Orígenes, restituye al hombre a su imagen originaria. La experiencia del encuentro entre personas que, al mirarse, reconocen su naturaleza creada y su dignidad de hijos tiene, en consecuencia, una estructura "lógico-icónica", lo que hace de cada una de estas personas, como el propio Cristo, imagen de Dios invisible y palabra viva que se encarna para comunicarse como don de amor que vincula entre sí todas las cosas del universo. El hombre como imagen del creador, como carne de la palabra de Dios y como morada del espíritu de amor es un ícono-palabra que testimonia la presencia de Dios en medio de su pueblo y la misericordia con que la Trinidad contempla a cada una de sus creaturas, ofreciéndoles en Cristo la reconciliación con el misterio mismo de Dios, consigo mismo, con los demás hombres, y con toda la creación. En virtud de este ministerio de reconciliación, Cristo se revela al hombre como el alfa y el omega, como el principio y el fin, como Aquel que contiene en sí mismo la plenitud del origen y del destino del hombre. En una palabra, Cristo mismo es el juicio de Dios sobre la historia humana. Por ello dice la Escritura que tanto amó Dios al mundo que le envió a su hijo unigénito. En El se revela la vida donada como plenitud de amor, como gozo que desborda nuestra limitada comprensión de la vida y que nos pone en movimiento y tensión hacia el infinito, hacia la ciudad de Dios. En este contexto puede comprenderse que el máximo bien para el hombre sea prestar su carne, su humanidad, su creaturidad, para que el Verbo se haga visible y de esta manera pueda fundir su destino con el de quien ya ha sido constituido en el primogénito de la nueva creación. Como lo recuerda Familiaris Consortio, esta posibilidad abierta a la libertad del hombre de ser hijos en el Hijo, tiene sólo dos modalidades en la vida humana: o la vida virginal, a ejemplo del propio Cristo, o el matrimonio, signo visible de la relación de Cristo y la Iglesia, es decir, de la relación entre Cristo y la humanidad redimida (Cfr. FC 11). La misma Exhortación Apostólica nos invita a comprender que ambos caminos o modalidades de vida tienen una misma fuente y una misma finalidad: la vinculación de toda creatura humana a su redentor Jesucristo, y deben, por lo tanto, complementarse para que cada uno permanezca fiel a su vocación original y de frutos de libertad según el modo específico de su consagración (Cfr. FC 16). Desde el punto de vista antropológico puede decirse que, desde el comienzo de la historia humana, la experiencia de encuentro entre los hombres se ha transformado en lenguaje, en acto de comunicación, cuando las palabras se han visto encarnadas en actitudes, gestos y acciones experimentables por otros. Desde luego que, entre estas experiencias de encuentro, la relación esponsal del hombre y de la mujer, la sexualidad humana, ha sido una de las maneras más importantes por medio de las cuales el hombre se ha transformado en palabra viva, en la comunicación de un significado. En esto radica la diferencia de la sexualidad, entendida exclusivamente como capacidad biológica de reproducción, y la sexualidad propiamente humana, que expresa el acto de comunicación de la persona como acto de total entrega y donación de sí mismo, tanto en relación a la pareja como en relación a las nuevas generaciones, a los hijos que nacerán de esta comunicación. Sin embargo, esta capacidad que tiene la presencia humana de transformarse en lenguaje no se refiere sólo a la sexualidad, sino a la entera vida humana. Hay comunicación con otras personas cuando las acciones y las actitudes propias se transforman en un signo, en un anuncio, es decir, cuando nos dicen algo. El concepto mismo de persona, que expresa con tanta propiedad el carácter específico de la naturaleza humana, quiere decir "máscara", e implica, por tanto, la representación, la capacidad de ser lenguaje que comunica. La persona es presencia humana que transmite un significado que la trasciende, el cual no escogió ella, sino que es designio del creador del hombre, pero que ella y sólo ella lo puede hacer presente en su particularidad. La pregunta, entonces, es cómo hacemos de nuestra vida un lenguaje, la comunicación y entrega del significado único y originario de nuestra existencia. Esta capacidad de comunicación que tiene toda existencia humana, sin embargo, puede desdibujarse hasta casi desaparecer. Por ello, toda sociedad necesita recrear sus símbolos para contrarrestar la tendencia permanente a que la palabra muera. Lo mismo ocurre con cada persona. Podemos vivir desatentos y distraídos en relación a nuestro destino, sin tensión hacia el infinito, sin preguntas que delaten nuestra exigencia de verdad. Por ello, para que la palabra sea viva, debemos redescubrir una y otra vez la vocación de nuestra existencia, para ofrecerla a otros como un lenguaje-ícono de la acción de Dios con sus creaturas. Si no se acompaña la palabra de un significado verdadero, de una donación comunicativa de la totalidad de la persona, la palabra se nos muere, lo que significa que dejamos de ser símbolos. Por ello tiene razón San Bernardo al preguntar por qué buscamos entre palabras muertas. Nuestra necedad, la rebelión contra nuestra condición de creaturas portadoras de la huella de la gratuidad de Dios, lleva irremediablemente a la muerte de nuestra capacidad de comunicar lo que somos, a convertirnos en palabras muertas. Una de las tragedias de la sociedad de hoy consiste, precisamente, en que, por una parte, a través de los medios de comunicación, ha potenciado muchísimo toda clase de simbolismos, pero se está quedando, sin embargo, con palabras muertas o efímeras, porque no es capaz de transformar la actitud de las personas, su vida misma, en el testimonio que comunica un significado verdadero. Algunas de las más importantes palabras han comenzado a abaratar su sentido casi hasta perderlo, como ha sucedido, por ejemplo, con la palabra amor, con la palabra libertad. Hay tantas hermosas palabras que se podrían mencionar que ya no valen el papel en que se las escribe. El lenguaje se muere cuando no está respaldado por una vida humana que aprecia el significado de la verdad. Sucede que, en el fondo, el lenguaje no está constituído sólo por las palabras, sino por los gestos, actitudes y acciones que ellas denotan y que revelan una presencia humana que busca el sentido de su estar en la vida y que comunica también el gozo y la gratitud de haberlo encontrado. Esta es la razón de que toda cultura necesite recrear continuamente la capacidad que tiene cada uno de sus miembros, por el sólo hecho de estar en el mundo, de comunicar la permanente novedad que representa el sentido de la existencia humana. La exhortación que contiene la frase de San Bernardo se dirige, por tanto, a nuestra existencia personal y cultural, a la calidad de nuestra presencia. ¿Por qué buscar entre palabras muertas cuando la palabra se ha hecho visible? es la alternativa que se nos presenta como elección de vida: o dejamos morir en nosotros el significado de las palabras y las transformamos en ruido, o les damos vida y visibilidad, lo que quiere decir que cada uno, en su condición de persona, es capaz de comunicar desde sí mismo, por ese misterioso vínculo que nos une al Verbo de Dios hecho carne, el significado de todas las cosas. La sociedad de hoy necesita mucho recrear sus símbolos porque sólo a través de ellos podemos tener acceso al sentido. Pero esos símbolos vivos sólo son las personas. Así, la persona no es un objeto o una cosa que puede ser descrita y caracterizada de diversas maneras según los intereses de los observadores que registren su presencia, tampoco es una herramienta con capacidad de manipular parte de la realidad a través de su energía, de sus músculos, de su inteligencia, y realizar cosas valiosas, sino que es, por encima de todo, palabra llamada a ser sacramento, signo visible de la Palabra viva que se nos ha manifestado en Cristo. Ahora bien, si nuestra presencia personal, por humilde y poco significativa que pueda parecer, es revelación del misterio, anuncio de un significado que se repropone renovadamente a las nuevas generaciones, quiere decir que, a través de nuestros gestos, actitudes y acciones, se expresa el "logos", la racionalidad del hombre y, como lo ha definido la tradición antropológica de la Iglesia, esta racionalidad no es otra cosa que la percepción de la unidad del bien, de la verdad y de la belleza de la vida humana y de todo lo que existe. La revelación de esta unidad no podría producirse a través de palabras muertas, de meras definiciones ideológicas o de buenos deseos, sino sólo a través de nuestra experiencia de esta unidad si, como portadores de racionalidad, como palabras vivas, somos capaces de revelársela a todos los hombres y de proponérsela como el significado de su vocación humana. Si aceptamos que no somos sólo instrumentos o herramientas de trabajo, una masa de consumidores o una ficción puramente social para que funcionen las estructuras de intercambio, sino que somos también palabra que revela y transmite el significado de la creación, podemos mirar la tarea de la vida entera como la comunicación del sentido sacramental de nuestra presencia, cada uno desde la huella única y original del amor trinitario que lo creó. En esta perspectiva, se puede afirmar que la existencia humana está llamada a ser el lenguaje con que el bien, la verdad y la belleza se hacen carne, experiencia posible de ser vivida y compartida por todos los hombres. A través de esta experiencia comprendemos que el ser del que participamos, es decir, la vida misma que hemos recibido, no es separable del amor de Dios, de su total entrega y donación. Siendo palabras vivas en Cristo, el Verbo que tomó nuestra carne y que se hizo compañía del hombre, nos introducimos en el insondable misterio de la autodonación y autocomunicación de Dios mismo, el misterio de la Santísima Trinidad. A las puertas de este misterio, descubrimos con recogimiento que Dios es siempre fiel a sí mismo, fiel a su designio creador. "¡He aquí que hago nuevas todas las cosas"! es la expresión siempre renovada de Dios que sostiene la vida del mundo según su proyecto originario sobre la creación. Su plan se expresa a través de la fidelidad del Padre en relación a cada uno de sus hijos, a pesar del pecado y de la rebelión de la creatura; de la fidelidad de Cristo, el "testigo fiel", que entrega su vida para dar testimonio de la Verdad, para hacer la voluntad del Padre que lo envía; y la fidelidad del Consolador, que da testimonio de Cristo en medio del mundo y que nos abre el entendimiento al misterio de Dios y nos enciende el deseo de vivir hasta disolvernos en él. Esta fidelidad trinitaria es lo que nos permite decir que, aunque el cielo y la tierra pasen, la palabra de Dios no pasará. Esta misma fidelidad es constitutiva de la experiencia humana en busca de la verdad de su existencia, tanto en la donación mutua de los esposos, puesto que sin ella, la sexualidad se transformaría en un arma de autodestrucción, como es constitutiva también de la consagración virginal en cuanto signo escatológico del hombre redimido que ha lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. El lenguaje de la vida se resume, en consecuencia, en la fidelidad de quienes se han prometido uno al otro como compañía hacia el destino, sea en la relación esponsal o sea en cualquier otra forma de comunidad cristiana. La fidelidad es el signo visible de esa indesmentible certeza de que la presencia del otro es un camino, no escogido por nosotros, sino que puesto por el mismo Dios, para encontrarlo a El. Además de expresar la fidelidad, la presencia humana en la historia está llamada a ser también el lenguaje con que se nos revela el amor trinitario. El total abandono de sí mismo a la pareja amada, a los hijos, a la familia, o a la comunidad que ha recibido nuestra profesión, sin cálculo o instrumentalización, es expresión encarnada, aunque humilde, de la suprema gratuidad del amor de Dios, de la sobreabundancia de su gracia que dignifica a todo ser humano, que lo perdona en su falta y lo restituye al vínculo de misericordia que une todo lo creado. Así, a la certeza en el valor de la vida que nos proporciona la fidelidad de quienes son nuestra compañía en el camino hacia el destino, se agrega la esperanza que nace de la autodonación al otro, del carácter siempre sobreabundante del amor. La vida cristiana es un testimonio de la esperanza humana, abierta a ser transmitida una y otra vez a todos los hombres puesto que a través de la fidelidad y del amor, se hace presente en el mundo el mismo Dios, que ama fielmente. Quisiera recordar el párrafo de la encíclica Redemptor Hominis, en el que el Papa define la evangelización, la buena nueva, como ese profundo estupor que siente el hombre ante la dignidad de la persona (Cfr. RH, 10). Esta capacidad de admirarse del hombre es posible sólo si se ve en él la obra de Dios, la fuerza de su Espíritu, la carne escogida por el Verbo para hacerse visible. Todo lo bueno que podemos anunciar es esta mirada estupefacta, esta admiración ante la presencia de los otros, porque son sacramentos, palabra viva y visible. La actitud iconoclasta del mundo moderno es incapaz de comprender este estupor. No se estimula frente a la presencia del otro una actitud de contemplación, sino que se fomenta más bien el deseo de posesión, la competencia o la actitud de autosatisfacción. Es decir, se ve en la presencia del otro una oportunidad de obtener agrado, provecho o entretención. Antes que estupor, la sociedad iconoclasta fomenta una actitud de violencia, puesto que las personas no son vistas como símbolos, como testigos de la racionalidad humana, sino como oportunidades de autosatisfacción. El dilema antropológico que subyace a la sociedad tecnológica de hoy es si acaso los seres humanos, como las cosas, somos o no sustituibles. Para la técnica todo es sustituible. La manipulación de la realidad, propia de la actitud científico-técnica y que es absolutamente legítima en el ámbito de las cosas, supone que todos los objetos son sustituibles, que se puede experimentar con ellos y reponerlos todas las veces que sea indispensable para que el experimento continúe funcionando. Otro tanto ocurre cuando se traslada el proceso desde el laboratorio a la industria. La máquina debe funcionar durante el tiempo que se la haya programado. Pues bien, existe la tentación de mirar a las personas con los ojos de la técnica, que es una mirada sobre los objetos, y entender que son sustituibles, total o parcialmente. La antropología, desde muy antiguo, sabe que el ser humano es contingente, es decir, que está limitado por el espacio-tiempo y por la muerte. Su vida es finita. No puede saber todo lo que anhela, no puede realizar sin cortapisas su voluntad, ni puede gozar todo lo que desea. Sin embargo, de una manera errada o mañosa, se ha interpretado lo que antiguamente se llamaba contingencia como sustituibilidad, es decir, como que cada persona es reemplazable. El anuncio cristiano del misterio de Dios presente en la historia, que llamamos misericordia, enseña, por el contrario, que ninguno de nosotros sobra, es decir, que los hombres no somos sustituibles. Por ello el salmista se atreve a decir confiadamente que si su madre y su padre lo abandonaran, Dios lo acogerá (Cfr. Sal 27, 10), y en Gaudium et Spes Nº 24 se indica que el hombre es la única creatura en el mundo que Dios ha amado por sí misma. ¡Qué ilimitado consuelo encierran estas afirmaciones, las que no sólo valen para la humanidad en general, sino para cada persona en particular. Este es el sentido cristiano de la contingencia, que a pesar de descubrir que la vida humana es efímera, que somos tan distintos unos de otros, y que el pecado ensaya, de mil formas, estrategias para separarnos del plan originario del Creador, cada persona se sabe insustituíble en el amor de Dios. Lo que cada uno revela del plan de Dios sobre la humanidad es único y, si no está disponible a ser portador de este jalón de la revelación, nadie lo podrá reemplazar. En este sentido, el mejor remedio contra la iconoclastia secularizada es contraponer a la imagen del hombre sustituible y remplazable la contingencia humana asumida por el Verbo de Dios que nos vuelve insustituibles e irremplazables, y que nos restituye al dinamismo interno de la vida y del amor trinitario. No se me ocurre que haya otra solución. Ante el ícono se nos despierta la admiración, la veneración, el estupor, precisamente, porque nos revela algo que, por nuestra propia experiencia, no podríamos captar si ese ícono no estuviera ahí revelándonos su misterio. Por eso, la palabra ícono se ha usado en antropología no sólo para referirse a las imágenes, a las pinturas de lo humano, sino para referirse a la propia persona. El hombre es un ícono de Dios, es un ícono de la Trinidad. Ante una cultura que incentiva las tendencias a considerar la vida humana con el mismo sentido que los objetos sustituibles y desechables no existe otra manera de evangelizarla que anunciar el valor sacramental de cada persona. Al descubrir a cada persona como carne del Verbo de Dios en virtud de su misteriosa pero real unión a Cristo, el encuentro entre los hombres en la sociedad y en los grupos intermedios hace saltar todas las barreras y las limitaciones del ser humano para descubrir en la compañía de otros una experiencia de absoluto. Las cosas nos posibilitan una cotidiana experiencia de elección, en términos relativos. Pero el estupor que sentimos ante la palabra viva nos dice que entrar en contacto con el prójimo y comunicarnos con él, no es lo mismo que ir al supermercado, no es lo mismo que comprar o que preferir este producto o este otro. Hay una dimensión en las otras personas que es irreductible y que a nosotros nos enfrenta con la percepción de algo que es absoluto, que no depende de nosotros, que nos es dado. Pensamos, a veces, que la evangelización consiste en transmitir nuestra convicción, y nos sentimos defraudados pues, ciertamente, es difícil convencer a otro. Cuán diferente sería, en cambio, si tratásemos más bien de mostrarle a cada persona que el absoluto está presente en su historia y que es posible encontrarlo con el testimonio de nuestra compañía. Por eso, nada puede ser más importante que dejarnos interpelar por esta exhortación de San Bernardo. Si buscamos entre palabras muertas sólo nos podremos convencer de ilusiones, puesto que no hay nada absoluto ni infinito en ellas. La dimensión absoluta de la existencia se percibe, de una sola vez, ante la presencia de alguien que la muestra, que la vive, que la padece, que la sufre. Puede ser, en algunos casos, la experiencia extrema de la muerte de los seres queridos o la vivencia de situaciones límites. Pero se nos revela a cada uno, en forma personalizada, cuando debemos decir "sí" para siempre, sea en la relación esponsal, sea en la consagración virginal. Si no se está dispuesto a pronunciar este "sí" para siempre, la relación con las otras personas se vuelve una invitación a algo transitorio, a algo que no involucra nuestro destino, a algo desechable. Entonces, la dimensión de lo absoluto se nos esconde y esfuma. Cristo es el fundamento de la personalización, porque contemplando su encarnación en nuestra condición humana, sabemos que su vinculación a nosotros es definitiva. Aceptando la voluntad de quien lo había enviado, no se defiende ante sus agresores sino con el testimonio de la verdad y con la oración suplicante a Dios para que se glorifique como el Creador del hombre, misericordioso y justo. Su vida entera fue una oblación al creador. Pero habiendo aceptado la condición humana ello no le ahorraba la muerte. Así, llegada la hora en que el tiempo estaba consumado, experimenta libremente la impotencia humana, doblegándose como humilde Cordero a su pasión y muerte de cruz. Con ello, pronunció ante el Padre y ante todos los siglos el "sí" eterno que lo hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. La muerte de Cristo, como la muerte del hombre, es la hora en que nuestra extrema debilidad invita al Amor creador a manifestarse, a dar vida nuevamente a la obra de sus manos. El hombre calla para que Dios vuelva a hablar como en el principio. El "sí" del Cordero que se arroja en los brazos del Creador y lo revela como Padre, es una invitación a nosotros a convertirnos por El, con El y en El en imagen visible de Dios, en signos vivos de esperanza para todos y cada uno de los hombres.
*Publicado en: Comisión Nacional de Pastoral Familiar (ed.) "Familia, taller de humanidad". Memorias del Primer Congreso Nacional de la Familia, Santiago, 1992. (1) Citado en Figari, Luis Fernando "Trinidad y Creación", nota 50, pg. 28, Fondo Editorial, Lima 1992 (2) La creación es obra de la Trinidad 5/3/86, citado en Figari op.cit. pg. 30
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