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El enunciado “los nuevos desafíos de la familia chilena” nos remite a una realidad muy propia de ella, como es su gran capacidad de adaptación frente a los cambios económicos, políticos y culturales.
En las últimas décadas Chile ha vivido transformaciones sociales vertiginosas y abruptas vinculadas a la irrupción de la modernidad, que nos producen desconcierto y nos desafían.
Hemos percibido un paso progresivo desde aquel tipo de familia que propiciaran el Estado y la Iglesia, que legitimara la sociedad civil durante la mayor parte del siglo XX, y que llegó a ser predominante: la familia nuclear biparental, legal, estable, con indisolubilidad del vínculo, con relaciones sexuales en el matrimonio, en que el padre es el proveedor económico y la mujer dueña de casa y madre. Desde ella se pasó a una familia caracterizada por la diversidad y en la que cada uno construye “a su pinta”.
Si bien en Chile nunca ha habido un tipo único, la diversidad de modos de vida familiar es hoy una de las características más evidentes de este cambio.
Modelos de otras culturas
La nueva mentalidad de los jóvenes en la formación de la familia es una de esastendencias. Los jóvenes rompen con elsistema de familia transmitido por suspadres; privilegian en cambio modelosde otras culturas ofrecidos por los mediosde comunicación. Lo hacen influidos porel menor control de sus padres, así comopor la secularización, el rechazo a lasnormas, la reivindicación del derecho adecidir sobre sus vidas, el individualismo,el valor asignado al placer y el temor alcompromiso, actitudes propias de la modernidadavanzada, con las que disociansexualidad, matrimonio y procreación.
Es así como en todos los sectores sociales aumentan las relaciones sexuales prematrimoniales, las que comienzan a edades muy tempranas, cuando aún no han consolidado su identidad, sucediéndose las parejas, con las cuales no siempre tienen un compromiso emocional (1). En 2000, el 58% de los jóvenes de 15 a 19 años señala haber tenido relaciones sexuales; 33% tuvo su última relación con una ex pareja, con un amigo o con una pareja ocasional, y el 51% considera que, para tenerlas, basta que ambos lo deseen (2).
Hijos fuera del matrimonio
Es así como la mayor parte de los niños que nace en Chile son hijos no matrimoniales. En un 72,7% las madres primerizas no están casadas. Y los que son hijos de madres menores de 24 años mayoritariamente son hijos de madres solteras sin pareja (3). Las madres y padres solteros jóvenes enfrentan dificultades en su desarrollo personal y muchos niños crecen con padres inmaduros, viéndose expuestos a una mayor vulnerabilidad, especialmente en los sectores pobres, y con frecuencia crecen sin la figura paterna.
Por otra parte, cada vez más los jóvenes forman pareja conviviendo. El último Censo señala que un 34% de los emparejados menores de 30 años viven en uniones consensuales, las cuales hoy cuentan con mayor aceptación social (4).
Esta es una realidad más frecuente en los sectores más pobres. En ellos se asocia a la llegada de un hijo, a la baja escolaridad y a la precariedad e inestabilidad económica, y no tanto a un contexto cultural de rechazo del matrimonio y de legitimación de las uniones de hecho. Del total de emparejados del país los convivientes alcanzan a 22,3% en el quintil más pobre y a 7,4% en el de mayores ingresos (5).
En los estratos de mayor educación aparece como una instancia de prueba para asegurar la compatibilidad, en un contexto de temor al fracaso o como una opción ideológica que rechaza la intromisión de la sociedad en la vida personal y propicia la libertad para unirse o poner fin a la relación (6).
Nuevos significados de la vida en pareja
La separación ha aumentado y ocurre preferentemente durante los primeros años de matrimonio, cuando los hijos son pequeños (7). Aparece una concepción de pareja más individualista y más igualitaria (8).
Un cambio de mentalidad se ha producido en la mujer y hoy la tolerancia femenina hacia la desavenencia conyugal es baja y su disposición a hacerse cargo sola de sus hijos se muestra aparentemente muy sólida (9).
La ruptura conyugal tiene consecuencias a nivel social: da origen a un aumento de los hogares monoparentales, constituidos mayoritariamente por mujeres solas a cargo de su familia, tendencia más marcada entre los pobres e indigentes, entre quienes alcanza a 34,7% y 44,8% respectivamente, en tanto alcanza a 28,8% en los hogares no pobres (10). Las familias a cargo de una mujer tienen mayores dificultades para superar la pobreza y sus hijos con frecuencia experimentan desprotección. Existe evidencia también de transmisión intergeneracional de la separación. Efectivamente, en Santiago en 1985 se observó que se había separado un 10,5 % de las parejas en que ambos eran hijos de padres que mantuvieron su unión, en tanto lo había hecho el 15,8% de las parejas en que uno de los cónyuges era hijo de separados y el 23,9% de aquéllas en que ambos cónyuges eran hijos de matrimonios rotos. Como consecuencia de la ruptura conyugal, el Estado se ve enfrentado a mayores demandas y gastos en seguridad social, vivienda, servicios judiciales y salud mental y física.
Padres ausentes
Durante las últimas décadas se ha reducido drásticamente el número de niños en nuestro país como fruto del control de la natalidad, el trabajo de la madre fuera del hogar y el deseo de darles mejores condiciones de vida.
Hoy los nacimientos no alcanzan a la tasa de reposición de la población y son los matrimonios los que tienen menos hijos; la mayor parte de los niños nace fuera del matrimonio en un país que envejece. Nos preguntamos ¿qué significa esto en el contexto de las necesidades de recursos humanos para los años venideros y cómo serán los futuros ciudadanos? Como ya hemos señalado, muchos niños son criados por madres inmaduras y otros carecen de la presencia del padre. Por otra parte, hoy los padres y madres se sienten inseguros y desorientados para poner límites y exigencias. Los niños y jóvenes están más solos, menos controlados y más carentes de normas. Los hijos se quejan de autoritarismo, desconfianza, descuido y falta de expresión afectiva (11). Tres cuartas partes de ellos experimenta violencia física y psicológica en su familia, lo que se traduce en desvalorización personal y en aprendizaje de la violencia como forma de resolución de los problemas (12).
Los mayores de 60 años son el segmento de la población que crece más aceleradamente y, dentro de ellos, el que más lo hace es el de los mayores de 80: los mayores de 60 años han aumentado progresivamente de 7,7% en 1960 a 8,9% en 1990 y 11,5% en 2002, y los mayores de 80, de 0,7% a 1.0% y 1,6% respectivamente, en tanto los menores de 15 años presentan una tasa negativa de crecimiento entre los últimos dos Censos .Cada día disminuye el número de familiares que pueden cuidar a esas personas, pues muchas veces carecen de recursos y condiciones para hacerlo. La familia se ve particularmente tensionada si los adultos mayores presentan deterioro físico y psicológico.
Todo lo anterior nos muestra que las familias están viviendo un proceso de transición a una nueva realidad que genera incertidumbre y a veces temor a vivir relaciones superficiales y sin futuro predecible.
Vínculos familiares valorados
Pero al mismo tiempo la familia, en muchos otros aspectos, está mejor que en anteriores períodos históricos: cuenta con mejores condiciones de vida material, en educación y salud, mayor cercanía entre los padres/madres y sus hijos, mayor aceptación de la diversidad en su interior, mayor igualdad entre hombres y mujeres, y mayor interés por vivir relaciones gratificantes.
Por ello tal vez las personas no ponen en duda su aprecio por los vínculos familiares, sentimiento tan mayoritario que lleva a pensar que, más allá de la diversidad de formas que ella asume y de las dinámicas que ocurran en su interior, ella sigue siendo un lugar de pertenencia en que las personas se sienten protegidas.
Notas
* Artículo publicado en Revista Mensaje, Edición 563, octubre 2007.
(1) Instituto Nacional de la Juventud, Quinta Encuesta Nacional, 2007.
(2) Instituto Nacional de la Juventud, Tercera Encuesta Nacional, 2000.
(3) INE, 2004.
(4) Universidad Católica- Adimark, Encuesta Nacional Bicentenario, 2006.
(5) Herrera M. S. y Valenzuela E., “Matrimonio, separaciones y convivencias” en Valenzuela S.,
Tironi E. y Scully T., El Eslabón Perdido, Taurus, 2006.
(6) Muñoz M. y Reyes C.,”Parejas jóvenes” (sin publicar).
(7) Muñoz M. y Reyes C. “Padres separados.” op. cit.
(8) PNUD, Informe de Desarrollo Humano, 2001.
(9) Universidad Católica – Adimark, op.cit.
(10) CASEN, 2006.
(11) PNUD, op.cit.
(12) UNICEF, Tercer Estudio de Maltrato Infantil, 2006.
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