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En mayo del presente año, en la ciudad de Aparecida en Brasil, tuvo lugar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Como parte de la preparación para tal evento, el CELAM elaboró y distribuyó un Documento de Participación, invitando a las diversas comunidades eclesiales a profundizar sobre el mismo y aportar sus reflexiones.
En respuesta a tal convocatoria, el Centro Teológico Manuel Larraín, fundado en conjunto por la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado, llevó a cabo un trabajo de reflexión en equipo durante el primer semestre de 2006. Resultado del mismo es el libro que consideramos a continuación.
Bajo el título "El porvenir de los católicos latinoamericanos. Hacia la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida 2007)" se agrupan 21 artículos correspondientes a 16 autores, entre los que se encuentran teólogos, filósofos, historiadores y sociólogos, entre otros. Los artículos están organizados en torno a cuatro ejes temáticos que conforman las cuatro partes del libro, a saber: "teología e historia"; "discípulos y misioneros en América Latina"; "Evangelio y exclusión"; "globalización y catolicismo".
La primera parte ofrece una reflexión inicial acerca de la tarea teológica de descifrar los signos de los tiempos. A una presentación introductoria acerca del sentido de la historia para la teología católica le siguen cuatro ensayos que tematizan sendos aspectos de la época actual, a saber: la vida de los católicos en democracia, las situaciones de marginación, de cara al mensaje evangélico de inclusión e integración, los cambios en la religiosidad y el proceso de inculturación del Evangelio en América Latina. Más allá de la diversidad de matices, los artículos manifiestan un mismo pathos: por una parte, instan a una renovadora autocrítica en la Iglesia; por otra parte, promueven una lectura no condenatoria del presente, sino atenta a los "signos de esperanza".
La segunda parte está dedicada a una cuestión axial del Documento de Participación: el discipulado y la misión en América Latina. (Recordemos que el Documento se titula: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan vida") Inicia esta parte una reflexión sobre el sentido de la misión, su origen y necesa-riedad. Le sigue una elaboración acerca del sentido del discipulado y su importancia en la auto-comprensión y autoconfiguración de la Iglesia. La siguiente contribución, dedicada a los testigos del Evangelio en América Latina, señala las omisiones del Documento de Participación respecto a mártires latinoamericanos de los siglos XIX y XX y al contexto sociohistórico de su testimonio. Le sigue un artículo que pone de relieve la figura de san Alberto Hurtado como discípulo y misionero del Cristo pobre. El tratamiento del sacerdocio ministerial en el Documento de Participación es objeto de análisis crítico en la contribución siguiente. Ella señala la omisión del sacerdocio común de los fieles en el Documento e interpreta este hecho a la luz de la tensión entre una consideración eclesiológica que se orienta hacia las estructuras jerárquicas y una eclesiología de la comunión. El último artículo pone de manifiesto el pluricentrismo en la vida religiosa y cultural actual e insta a una especial consideración de la religiosidad y la sabiduría populares.
La tercera parte se aboca al problema actual de la exclusión y su significación para la Iglesia. Los diversos aspectos de la vida social allí temati-zados -la pobreza, la educación, la familia, las relaciones de género- son considerados en relación al mensaje incluyente e integrador del Evangelio. Se trata de una perspectiva que pone en el centro de la discusión la inclusión social y ecle-sial de los diversos. Lo central de este enfoque consiste no solamente en el énfasis dado a la opción por los pobres y a la promoción de un orden social más justo. Junto con ello predomina la crítica a actitudes y lenguajes poco inclusivos en el seno mismo de la Iglesia. En particular se señala el tono reactivo y admonitorio del Documento de Participación respecto a los diversos tipos de experiencia de familia y a los roles emergentes de la mujer. Frente a ello, se aboga por un tono más acogedor y compasivo, atento a las complejidades y dificultades de la vida, en especial de los más necesitados.
La cuarta y última parte tiene por tema "catolicismo y globalización". Como base conceptual de la misma podemos reconocer la convicción, según la cual la "exterioridad entre mensaje cristiano y situación contemporánea no es teológicamente sostenible" (216). Esta idea alienta la visión de que "catolicismo y modernidad, en vez de estar obligados a enfrentarse irremediablemente, se fecunden mutuamente, al punto que podemos esperar que el catolicismo asuma valores gestados en la época moderna y que aspiramos a que la modernidad sea renovada con lo mejor del catolicismo" (219). Conforme a este enfoque, diversos artículos avanzan en un diagnóstico de los aspectos más relevantes de la globalización y reflexionan sobre los desafíos y oportunidades que estos representan para la Iglesia en América Latina. Con especial intensidad se expone el reto que supone para la nueva Misión evangelizadora la constatación de una sociedad global sin centro y de contextos múltiples, con una tendencia creciente a la individualización, como también la observación de procesos de polarización social y exclusión en la región. A la vez se destacan en el escenario de la modernidad elementos positivos, tales como la democracia, la búsqueda de tolerancia e igualdad, los derechos humanos.
Debido a la complejidad y a la interrelación de los temas, la linealidad que sugiere la enumeración de partes tiene un valor limitado. En muchos casos, artículos correspondientes a diversas partes del libro coinciden parcialmente en sus análisis y argumentaciones. En realidad, el sentido general del libro no se manifiesta en una lectura secuencial, sino más bien a partir de los entre-cruzamientos y las coincidencias internas.
La peculiar composición de la obra obedece al método de trabajo: exposiciones y discusión por parte de un equipo de trabajo multidisciplinar. De ello dan cuenta los editores cuando hablan de un "cristianismo de la conversación" (11). Cabe destacar que detrás de este modo de trabajo se observa la voluntad autocrítica de reflexionar sobre el lenguaje eclesial y su conceptualidad y el interés por esclarecerlos en diálogo con la filosofía y las ciencias sociales. Así, por ejemplo, se intenta dar precisiones sobre la tarea actual de la evangelización reflexionando sobre la diferencia entre identidad y cultura (166). Otro ejemplo de ello es el recurso al modelo de la circularidad hermenéutica para pensar la relación entre mensaje evangélico y situación (213).
El eje vertebrador de las reflexiones está dado por la consideración de la teología como interpre-tatio temporis. Esta es entendida especialmente como una demanda de mayor apertura desde la Iglesia hacia la realidad, hacia los desafíos actuales que involucran el porvenir: "Por otro lado, hay que evitar la autorreferencia y el eclesiocentrismo en este esfuerzo de lectura de los signos de los tiempos. El esfuerzo está en pensar desde el revés, desde el futuro posible. No se trata de añorar circunstancias pretéritas, sino de alentar las posibilidades del porvernir" (41).
El texto intenta ser un aporte para pensar nuestro porvenir, de cara a la V Conferencia General del Episcopado, y ciertamente lo es. El carácter fundamental de su aportación es doble: por una parte, se destaca la actitud de crítica interna y la apelación en dirección hacia una realidad que nos urge. Junto al pathos de la urgencia por el encuentro transformador con la realidad cabe mencionar, por otra parte, la búsqueda meditada y detenida de los conceptos más apropiados para articular esa tarea.
Entre los aportes conceptuales cabe resaltar dos: En primer término, el recurso permanente al concepto cristiano de persona. Entendida como hija de Dios y miembro de la comunidad de hermanos en Cristo, y a la vez como unidad anterior a la escisión en funciones sociales, la persona humana es considerada para argumentar a favor de una eclesiología de comunión (83 sg., 64); para pensar el estatus de la religión católica ante el riesgo de su reducción a subsistema social (182 sg., 80); como así también para afrontar el desafío de una evangelización que, en tanto invitación a la conversión personal, no avasalle las identidades culturales (172 sg.).
En segundo lugar, se destaca el concepto de "virtud inclusiva e integradora del Evangelio". Objeto de una detenida reflexión por parte del Centro Manuel Larraín, esta noción es considerada para acentuar la opción preferencial por los pobres, articular la denuncia a la marginación y la exclusión en nuestra región y también para apelar a una mayor inclusión social y eclesial.
El libro muestra el carácter de una obra en progreso: en los diversos artículos se anticipan nuevos pasos, profundizaciones y ampliaciones previstas sobre el rumbo ya iniciado en la tarea de interpretatio temporis. Esto es sin duda un signo saludable. Entre las tareas a profundizar cobra prioridad la reflexión sobre la estructura y función de la mirada teológica que guía la interpretación (217).
Se trata, en definitiva, de un aporte honesto y serio con miras a la V Conferencia General. Ofrece una lectura del presente, de cara al porvernir (entendido como esperanza y como tarea), que nos interpela y nos lleva a la reflexión.
*Publicado en Teología y Vida, Vol. XLVIII (2007) 303 - 315.
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