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Lo que ha sucedido con la colusión de grandes grupos farmacéuticos en orden a subir precios de ciertos medicamentos, le demuestran a usted cuál es la ética del así llamado mercado libre y de la modernización globalizante bajo dirección liberal o neo-liberal.
La misma salud se ha convertido en un bien más, transable monetariamente y sujeto a la lucha por los precios y las ganancias de algunos grupos. Se sabe. No solo en las farmacias hay tendencia al monopolio, también en las AFP’s, las Isapres, los Bancos, el agua, o la electricidad. También tiene un precio el medio ambiente, las pensiones, la calidad de vida, y un largo etc. También el deseo alimentado propagandistamente del sueño de la casa propia, en los USA o acá, es motivo de buenos negocios, importando poco, en verdad, si esas viviendas satisfacen condiciones para una vida decente. O, si podrán ser pagadas por sus compradores. Total, se los remata. No deja de resultar paradojal. Al mismo tiempo que se reinvindica el valor de la vida, pues la vida humana misma ha sido convertida por el economismo en un bien transable, y con un precio calculable. La vida de cada uno de nosotros tiene un valor diferente según de donde provengamos socialmente, donde hayamos nacido, nuestros estudios, nuestra salud actual o futura, y las perspectivas de mantención en la existencia que tengamos. Más allá de discursos y retóricas, serán el mercado y el capital quienes decidirán de nuestras posibilidades de vida, de su calidad; acá, pero también en Africa o el Oriente Medio. Decidirá si tenemos derecho a una existencia mejor o peor. Hasta aquí hemos llegado pues de la mano del mercadismo y el economismo sin control y dirección de la sociedad y la política. Los fundamentos de este modelo implementado globalmente hacen agua y generan crisis de legitimidad, lo que pone de manifiesto cuál ha sido la “ética” que lo guía. Y sin embargo, no deja esto de resultar paradojal. Lo digo porque pocas veces hemos visto un esfuerzo tan grande por inyectarle “ética” al sistema, desde los organismos internacionales (Banco Mundial o FMI), hasta la práctica empresarial, estatal y cuanto MBA se precie de tal. Pocas veces se ha hablado tanto del retorno de la ética ( a dónde se habrá ido entre tanto?). Por ello no deja de parecer contradictorio el tipo de llamado como el que hace M.Sarkozy, apuntando a la necesidad –no de superar el capitalismo-, sino -otra vez- de su “moralización”. Con lo cual, sin querer le hace honor al dicho: a confesión de parte, relevo de pruebas. Si hay que moralizarlo entonces: o el capitalismo no tiene ética en su accionar; o, no toma en cuenta las consecuencias éticas; o, al mismo tiempo, su ética es miope y excluyente, guiada principalmente por el cálculo del lucro y la acumulación. Y, como nos había advertido ya un clásico de las ciencias sociales, este proceso –en su despliegue ilimitado -, tiende a socavar al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la naturaleza y el ser humano. Podríamos preguntarnos entonces: qué legitimidad ética tiene un sistema -de capitalismo financiero desregulado y globalizado-, que genera los desastres que presenciamos hoy en día? Hasta ahora la ética que lo legitima es una que potencia al individuo como poseedor egoísta, competitivo, ambicioso, que anda por la vida y actúa según lo que le indique el natural ejercicio del cálculo costo-beneficio: serán buenas y/o correctas, por tanto éticas, aquellas decisiones - que aumentan mis beneficios o bienestar; o el beneficio de mi grupo. Serán no éticas (es decir, incorrectas y no buenas), las decisiones que disminuyen mis ganancias, mi influencia o mi poder. Ahora, si esas decisiones-acciones aumentan rentabilidades y ganancias o poder a costa de los otros, del medio ambiente, o generando más pobreza y desigualdad, bueno, eso no es asunto de esta ética. Ella se ocupa de las relaciones medio-fin a nivel micro-individual; de las consecuencias para otros, o a nivel más macro, bueno, que se ocupe Dios, el sistema, o el futuro. Lo que no puede ser calculado, lo que no tiene precio se dirá entonces, no tiene valor. Y si no tiene valor, entonces, no vale la pena. Pueden ser las vidas de miles de niños; de miles de mujeres, de cierto tipo de enfermos, de la llamada tercera edad, de los animales o de lagos y ríos. No importa. Nuestras vidas son vidas de prestado; dependen en buena medida de su valorización en algún mercado. Ahora, si frente al actual oscuro panorama nos percatamos que requerimos modificar de raíz, tanto nuestro accionar como el de muchas instituciones –nacionales y mundiales-, entonces estamos necesitando un nuevo paradigma orientador de los intercambios entre los humanos, las instituciones y la misma naturaleza. Lo que podríamos traducir por la tarea - diálogo, deliberación y antagonismo interpretativo mediante-, de imaginar y actuar desde un nuevo ethos societal , con la dificultad agregada hoy, que esto no puede ser solo a nivel local-nacional, sino también, a nivel global. Porque hoy es el conjunto de la humanidad la que está amenazada, y nadie podrá salvarse por su cuenta de manera aislada. Sin duda, esto es algo muy complicado. Más de lo que usted pudiera pensar. Para empezar por ejemplo tendríamos que modificar los currículo de las carreras de economía en el país. Reorientar pues la acción individual y colectiva, los intercambios, acorde a nuevas finalidades concertadas , no es algo que pueda cuajar de la noche a la mañana. Demanda la creación y práctica de nuevos hábitos sociales y el rediseño de instituciones. Si volvemos la vista a nuestro país , veremos que en el pasado reciente , el golpe de Estado del 73 se dio, entre otras cosas, para reimponer (refundación por la fuerza mediante), el ethos y orden de la desigualdad en la sociedad chilena, que se percibía amenazado desde el 64 en adelante. Volvíamos así a nuestra tradicional desigualdad estamentalizada: cada uno con su tribu y en su grey, pero ahora, abiertos al mundo. Todo ello decidido por un mercado reificado y la fuerza de la policía secreta. Nos quedó como leitmotiv el aspirar a convertirnos en meros consumidores y admirar (y soñar ) con los ricos. Fuimos transformados en consumidores, temerosos, fragmentados y privatizados. Cada uno en lo suyo y con los suyos; endeudados. Desde este ethos iniciamos el esperanzado viaje hacia la democracia inconclusa que aun tenemos. Una esperanza hasta ahora defraudada. Según un estudio del BID, nuestra modernización sufriría lo que llama “paradoja del crecimiento desdichado”, es decir, el desfase entre las expectativas del crecimiento y la competitividad y la mantención y/o aumento de las desigualdades. Si, escuche bien: el decil más alto se lleva acá el 45% de la torta. Solo nos superan Colombia, Bolivia, Haití, Namibia y Paraguay. Otro dato: un joven tiene en nuestra América treinta veces más posibilidades de morir víctima de un homicidio que las que tiene un joven de Europa; y setenta veces más posibilidades que las de jóvenes de países como Grecia, Hungría, Inglaterra, Austria, Japón o Irlanda (Mapa de la violencia contra los y las jóvenes en A. Latina,RITLA,08) Le dice algo?. Al mismo tiempo se nos reclama hoy por actitudes más solidarias y austeras; que cuidemos el medio ambiente, el agua, la electricidad. Se pide porque los empresarios cuiden a su propia gente y no los despidan a la primera. Es un gran llamado en el fondo a recrear un ethos más solidario y con más justicia social. Sólo algunos pocos actores presionan por más de lo mismo: dejemos que todo lo resuelva mágicamente la sacrosanta competencia y la ilusión de un mercado libre. Pero, en base a qué justificaciones y en función de qué orientaciones tendríamos ahora que cambiar de actitud y hábitos sociales, si lo que prima siegue siendo el leitmotiv de la competencia, la codicia, la voluntad de poder o una vida social segmentada ? Debemos alentar un mero paréntesis en la fe que nos promete progreso (con progresismo incluido) vía crecimiento guiado por el mercado y el capital abierto al mundo, con una democracia disminuida o, mas bien, abrirnos al planteamiento de un nuevo ethos social, una nueva política de democracia radical , guiada por otros valores, sentidos y horizontes?. Como lo dice bien Jean –Paul Fitoussi, seria necesario desregular nuestras democracias, es decir, darle un lugar preferencial y un mayor protagonismo a la voluntad política, y regular mejor los mercados ( y no al revés). Sería conveniente movilizar y promover la actividad deliberativa de los ciudadanos en torno a la definición de las normas de justicia y de bien común que pueden ordenar nuestra convivencia e intercambios. Alentar un debate público cada año –dentro y fuera del Parlamento-, para indagar como marchan las desigualdades en el acceso a bienes sociales fundamentales (salud, educación, vivienda, entre otros ). Quizá –parafraseando a Ch.Mouffe-, en lugar de intentar esconder las huellas del poder y la exclusión, nuestras elites harían bien en interrogarse más seriamente sobre cuánta desigualdad resulta éticamente tolerable; de paso, ayudarían a hacerla más visible, y abrir espacios para que entre al terreno de la controversia democrática. A lo mejor, después será demasiado tarde, o más bien, el interés de seguir con la política de la ceguera.
* Director Magíster Ética social y Desarrollo humano/Profesor Departamento Ciencia Política y RRII,
Universidad Alberto Hurtado
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