En primer lugar, quiero agradecer la invitación para reflexionar en torno a la pastoral universitaria y evangelización de la cultura, aquí entre agentes pastorales y/o responsables de la Pastoral de la Universidad Católica.
Esta mención de la Universidad Católica me permite comenzar con la Constitución Apostólica de Juan Pablo II sobre las universidades católicas Ex corde Ecclesiae (1990), que recoge la clásica definición de universidad como el lugar dedicado “a la investigación, a la enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros, animados todos por el mismo amor del saber”(1). En la misma Constitución Apostólica se recuerda la invitación de San Agustín, Intellege ut credas; crede ut intellegas, expresando que ella “vale también para la universidad católica, llamada a explorar audazmente las riquezas de la Revelación y de la naturaleza, para que el esfuerzo conjunto de la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar la medida plena de su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios, renovada más admirablemente todavía, después del pecado, en Cristo, y llamada a brillar en la luz del Espíritu.”(2)
Esta valoración académica, que es esencial en la invitación del diálogo entre fe y cultura, se puede hacer extensiva a la acción pastoral en la misma universidad, incluso en aquellas que no son católicas. Mi propósito es precisamente mostrar que el trabajo pastoral puede asumir, a su manera, esa invitación al intellege ut credas. Si a la universidad también se la define, más genéricamente, como «comunidad de estudiantes y de profesores en búsqueda de la verdad»(3), la pastoral se puede entender, por analogía, como aquella comunidad de los creyentes que busca vivir y entender con una “teología de a pie”. Con esta expresión, que tomo prestada de una iniciativa del centro teológico Manuel Larraín(4), quiero dar a entender que la pastoral universitaria es la acción de una experiencia teológica, muchas veces sin madurez académica, pero profunda en la vida, en medio de un intelligere exigido por el pluralismo, es decir, en medio de una dispersión de cosmovisiones variadas, y no solo científicas, sino también existenciales, ideológicas, nihilistas, posmodernistas, y que se pueden visualizar en cualquier ambiente universitario. Soy profesor de antropología y ética filosófica aquí en la Universidad Católica, y también entre mis estudiantes veo dicha multiplicidad cultural.
Pastoral universitaria Ex corde Ecclesiae
Juan Pablo II denominó a su constitución sobre universidades católicas Ex corde Ecclesiae, pues de hecho la universidad nació desde el mismo corazón de la Iglesia. Pero igualmente, desde el corazón de la Iglesia nace la conciencia de que su cabeza es Jesucristo. El Pastor que ha constituido a su Iglesia tiene en su corazón aquella acción pastoral delegada a los apóstoles y ministros –ustedes- de anunciar el Reino donde sea. En otro documento (cf. Nota 3): “La universidad y, de modo más amplio, la cultura universitaria constituyen una realidad de importancia decisiva. En su ámbito se juegan cuestiones vitales, profundas transformaciones culturales, de consecuencias desconcertantes, suscitan nuevos desafíos. La Iglesia no puede dejar de considerarlos en su misión de anunciar el Evangelio”, por ello, “la universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia”.(5)
Específicamente respecto de la pastoral en universidades católicas, la Ex corde Ecclesiae expresa que ella “es aquella actividad de la universidad que ofrece a los miembros de la comunidad la ocasión de coordinar el estudio académico y las actividades para-académicas con los principios religiosos y morales, integrando de esta manera la vida con la fe”. Y dice a continuación: “Dicha pastoral concretiza la misión de la Iglesia en la universidad y forma parte integrante de su actividad y de su estructura.”(6) Continúa: “Como natural expresión de su identidad católica, la comunidad universitaria debe saber encarnar la fe en sus actividades diarias, con momentos significativos para la reflexión y la oración. De esta manera, se ofrecerán oportunidades a los miembros católicos de la comunidad para asimilar en su vida la doctrina y la práctica católicas”.(7) Junto con invitar, asimismo, a profesores y estudiantes a hacerse partícipes de esta vida de fe en el escenario de la universidad, se insiste en la vida sacramental, sobre todo en la eucaristía y en la esencial dimensión de diakonía, es decir, del servicio a los más pobres.
Esto nos da un criterio básico para cualquier comunidad que ya tiene el carácter de católico. El mencionado documento sobre la Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la Cultura Universitaria amplía la labor pastoral a universidades que no son católicas: “Investido de responsabilidad pastoral al servicio de su Iglesia, el obispo diocesano es el primer responsable de la presencia y de la pastoral de la Iglesia en las universidades del Estado, en las universidades católicas y en las privadas.”(8)
Aparece aquí el elemento básico de cualquier actividad pastoral: el obispo diocesano. Él, como pastor de la Iglesia local, es el último responsable de la presencia de la Iglesia en la universidad. En la Universidad Católica a través del estatuto canónico correspondiente, pero especialmente como pastor local en las universidades laicas. Me voy a extender en esta última idea, sin dejar de considerar algunos aspectos que pudieran dar luces a la misma pastoral en la Universidad Católica. Es decir, desde la acción eclesial comunitaria que busca extender la misión de obispo en el prolijo escenario de la pastoral orgánica de nuestra arquidiócesis de Santiago.
La pastoral universitaria como iluminación de las ciencias y la futura profesión
No existe un plan o una estrategia prediseñada de pastoral universitaria. Pero creo que distintos documentos pontificios y locales del Magisterio sobre la vida pastoral en la intemperie universitaria ayudan incluso a descubrir algunas claves para una acción diocesana conjunta.
En marzo de 1982 el papa Juan Pablo II estuvo presente en una reunión de trabajo sobre la pastoral universitaria con el clero de la diócesis de Roma con numerosos profesores y representantes de los movimientos eclesiales comprometidos con la pastoral universitaria. En esa ocasión, junto con insistir en el tema de que en la universidad se da un campo especial para que la fe pueda convertirse en cultura(9), exponía desafiante que era precisamente la universidad la que necesita de la Iglesia. La formulación es extraña, pues solemos advertir que es la ratio universal la que ayuda a iluminar los contenidos de la fe. Es decir, la universidad ayuda a formular la fe.
Tiempo después repetiría a su manera esta necesidad en su Ex corde Ecclesiae, cuando afirmaba que “los descubrimientos científicos y tecnológicos, si por una parte conllevan un enorme crecimiento económico e industrial, por otra imponen ineludiblemente la necesaria y correspondiente búsqueda del significado, con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana. Si es responsabilidad de toda universidad buscar este significado, la Universidad Católica está llamada de modo especial a responder a esta exigencia; su inspiración cristiana le permite incluir en su búsqueda la dimensión moral, espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnología en la perspectiva total de la persona humana.”(10) Extendiendo este explícito desafío de la Universidad Católica, pero ahora a la iniciativa pastoral de la Iglesia en cualquier universidad, se nos está diciendo que su objetivo es otorgar un sentido profundamente antropológico a la ciencia emprendida y al desarrollo de las futuras profesiones. Por ello es que el propio campo universitario del desarrollo de la ciencia y la implementación profesional necesita tener otras luces para otorgar trascendencia a aquellas disciplinas que por sí mismas no entregan un horizonte más amplio en la búsqueda de la verdad. En otras palabras, no se trata tanto de que intellegas ut credas, sino que credas ut intellegas, es decir, del desafío de creer para buscar de otra manera con las ciencias o para ampliar el horizonte del joven profesional.
La comunidad como plantatio en el ambiente universitario
En definitiva, se trata de un trabajo iluminador, tal como expresaba el documento conclusivo de la reunión de expertos del episcopado latinoamericano acerca de la realidad de las universidades católicas en América latina realizado el año1967 en Buga: “su servicio específico, en el orden del saber, consiste en una contribución iluminadora.” (Buga II,1. 1967).(11) La fe, cual horizonte orientador del proyecto que cada hombre busca desarrollar en su “adiestramiento” de alguna profesión, busca sin embargo, el mismo corazón del hombre: “El hombre se interroga sobre el sentido de su historia y en el límite de su esfuerzo por responderse, prosigue aún interrogando y abierto a la Palabra de Dios” que es la que finalmente “invita al hombre a la fe” (Buga II,1).
El encuentro con la Palabra, lo sabemos, es una las grandes iniciativas que desde el Concilio Vaticano II se han implementado en la vida pastoral.(12) Esa iluminación de la Palabra ha encontrado pastoralmente un lugar privilegiado en la acción eclesial: la comunidad. La vinculación entre la Palabra de Dios y la comunidad aparecen reafirmadas como una verdadera tradición del magisterio latinoamericano. Tanto en los documentos magisteriales de Medellín (M 15, III, nn. 10-13.21.32), Puebla (DP 640-643.648), Santo Domingo (SD 54. 61-63.95.259) y Aparecida (DA 158-161,178-180), la conjunción de ambos aspectos aparece como una constante de la experiencia pastoral. Si a estas dos se suman la opción preferencial por los pobres, y el diálogo fe-cultura, especialmente en Santo Domingo y la reciente Aparecida, se podría descubrir que una pastoral universitaria no podría dejar a un lado la implementación de estas opciones fundamentales en la vida universitaria.
Si nos concentramos sobre todo en el aspecto comunitario y la evangelización de la cultura, nuevamente el documento sobre La Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la Cultura Universitaria puede resultar muy clarificador. Allí se expresa que “se trata de concebir la «presencia» de la Iglesia como una plantatio de la comunidad cristiana en el ambiente universitario, mediante el testimonio, el anuncio del Evangelio y el servicio de la caridad. Esta presencia hará crecer a los christifideles y ayudará para llegar hasta aquellos que se encuentran alejados de Jesucristo.”(13) Según continúa el mismo documento, “en esta perspectiva, parece importante desarrollar y promover: 1) una pedagogía catequética de carácter «comunitario», que ofrezca diversidad de propuestas, presente la posibilidad de itinerarios diferenciados y de respuestas adaptadas a las necesidades reales de las personas concretas; 2) una pedagogía del acompañamiento personal, hecha de acogida, de disponibilidad y de amistad, de relaciones interpersonales, de discernimiento de las situaciones vividas por los estudiantes y de los medios concretos para mejorarlas; 3) una pedagogía de la profundización de la fe y de la vida espiritual, arraigada en la Palabra de Dios, ahondada en la vida sacramental y litúrgica”(14)
La “universal” búsqueda de la verdad, propia de la universidad –laica y católica-, es también una acción que busca fuentes de iluminación. Si la Iglesia entra en la universidad, plantada a través de la comunidad que vive y discierne en torno a la Palabra(15) actualiza su labor de Lumen gentium, irradiando un prisma trascendente, un encuentro con Jesucristo, que permitirá ir más allá de la inmanencia de la ciencia y la profesión. Esta particular manera de dar luz desde una plantatio en el campus universitario adquiere sentido sobre todo en el actual estado de la educación superior, donde la universidad se caracteriza principalmente como una instrucción de un oficio o profesión y donde faltan carreras científicas, y sobre todo filosóficas, que busquen sin intereses espurios adentrarse en el misterio del hombre. En este sentido es interesante la reflexión de un experto en el tema de la universidad, sobre todo cuando se menciona configuración actual de políticas universitarias: “Un efecto importante es el hecho que este arrollador desarrollo de conocimientos científicos experimentales, con sus aplicaciones tecnológicas y productivas, desplaza de las preocupaciones públicas los problemas que planean las humanidades y las artes. La disponibilidad de recursos nacionales e internacionales para la ciencia y la tecnología dura es mucho más abundante que para las disciplinas humanísticas, a las cuales el mero mercado no les asigna una valoración adecuada. Esto ciertamente plantea un problema a universidades que piensan que estos saberes no productivos son también importantes para el desarrollo humano”.(16)
Con el trasfondo recién descrito el testimonio del cristiano interrogador –inserto a través la comunidad que se “im-planta” en las facultades– se hace cada vez más necesario. La mengua de disciplinas humanistas verdaderamente interrogadoras, prescinde de la búsqueda de Dios y parece querer instruir para la vida, pero sin una base crítico/antropológica. La comunidad permite esa plantatio fidei en el actual escenario de la educación superior, y se hace incluso recomendable también en las mismas instituciones católicas de educación superior –con o sin Facultad de Teología- , pues sin esa perspectiva de la fe inmersa entre los miembros –alumnos, académicos y funcionarios-, se corre el riesgo de que la mera adjetivación “católica” pueda prestarse para avalar un estilo profesional elitista, pero sin una raigambre cristiana. (Por ello me parece interesante el despliegue de una pastoral en instituciones estrictamente técnico-profesionales, como el DuocUC, que nació en los años sesenta bajo el alero de la Universidad Católica). Sin embargo, cualquier universidad pierde su vocación original, cuando no solo se transforma acríticamente en una institución que se da únicamente a la instrucción y carece de una verdadera investigación científica, sino sobre todo cuando no inquiere en la temática antropológica, que es desde donde la fe puede otorgar coordenadas nuevas.
Diálogo de la fe y la cultura
Decíamos que la fe sirve para dar inteligencia en el ambiente de la misma universidad. Usando palabras de Juan Pablo II, podemos hacer una analogía con el tema de la cultura: “La síntesis entre cultura y fe no es solo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (...) Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida”(17). Según esta misma idea, se indica que la “presencia eclesial no puede, pues, limitarse a una intervención cultural y científica. Tiene que ofrecer la posibilidad efectiva de un encuentro con Jesucristo”(18). Ese encuentro puede hacer entender el designio del hombre y la mujer, aun cuando no se dé un diálogo formal intra-universitario entre fe y cultura. La cultura, cual creación humana (DP 391), que ha tenido siempre en su centro la religión, se hace permeable a la evangelización cuando se permite el diálogo informal, a la manera de Jesús con la Samaritana sentado en el pozo de Jacob. Por cierto que favorece mucho el “diálogo institucionalizado” entre ciencias, cultura y teología, que según el decir de Buga (Buga III 2.b), se da de manera privilegiada en las universidades católicas. Lo mismo reitera Ex corde Ecclesiae al decir que “la universidad católica es el lugar primario y privilegiado para un fructuoso diálogo entre el Evangelio y la cultura”(19). Sin embargo, la misma flexibilidad en la configuración de las instituciones y costumbres de la sociedad, junto con la globalización, que hace de la cultura una realidad mucho más plástica de lo que estábamos acostumbrados, nos hacen mirar el microcosmos representativo de la universidad como un lugar donde el diálogo informal parece ser una “tradicional forma” de evangelización. No se trata de despreciar los ágoras o cátedras universitarias de nuestro tiempo ni tampoco de minusvalorar la gran influencia de los medios de comunicación, sino de horadar con la espada de la Palabra la cultura desde las comunidades, cuales “cátedras alternativas” (Cf. DA 10).
Volviendo al tema: el acercamiento académico es indispensable para situar y sistematizar la dinámica flexible de la cultura, pero esa preocupación no puede endosarse solo a expertos católicos. Además, la cultura no se remite exclusivamente a las líneas tendenciales que el mismo académico puede sistematizar en la modernidad. Una acción pastoral dialogal que se hace presente con cierta informalidad, con una teología de a pie, entra con la obra cultural humana in situ, es decir, con acción ordinaria que no suspende abstractivamente la cotidianidad humana que se da en también las salas, escuelas, facultades, oficinas y patios. La evangelización de la cultura necesita entrar de esa manera en ese dinamismo existencial, pues "una fe que se colocara al margen de todo lo que es humano, y por lo tanto de todo lo que es cultura, sería una fe que no refleja la plenitud de lo que la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, peor todavía, una fe en proceso de autoanulación"(20).
No se trata de justificar un trabajo amateur entre neófitos en la teología y académicos o estudiantes expertos en racionalidad laica. El trabajo del académico, nuevamente, no puede desdeñarse en vistas de una acción pastoral. Pero la comunidad cristiana en la universidad permite que se pueda hacer despertar la inquietud del horizonte de la fe, incluso con preguntas graves y a veces desafiantes, a través del testimonio de la caridad o del ambiente de acogida que puede visualizarse a partir de aquella comunidad.
En su época el documento de Buga exponía con cierta preocupación que las universidades católicas, por tener una facultad de teología que dialogaba solo con las ciencias que en ellas se impartían, podrían sustraerse a la coyuntura que la misma cultura de la sociedad toda exponía (Buga III 2.d). Es evidente que el crecimiento y apertura de las universidades católicas, sobre todo con la incorporación de las ciencias sociológicas, ha revertido esa preocupación. Sin embargo, y sobre todo en el escenario universitario laico, si la relación formal con la Iglesia puede faltar, el gesto iluminador no ya del teólogo, sino del académico y estudiante que vive su fe en la comunidad “plantada”, puede lograr un encuentro informal que no es menor, el del diálogo interpersonal, que es en definitiva el diálogo que produce comunicación al corazón. Si el estudiante logra vivir en ese privilegiado “lugar de encuentro con el Señor”, según el decir de las últimas Orientaciones Pastorales del episcopado chileno “Discípulos misioneros de Jesucristo para que en él nuestro pueblo tenga vida, Orientaciones Pastorales 2008-2010” (OOPP, Nº 53.3), puede salir al encuentro al modo de Jesús con la Samaritana, pero ahora con el compañero, el funcionario e incluso el mismo académico que sólo ha oído hablar del culto en el monte Garizim (Cf. Jn 4,20).
El interlocutor cristiano en la universidad, sobre todo si no es católica, solo podrá mantener viva fe si participa de su comunidad eclesial, parroquia o movimiento. Pero es especialmente la comunidad plantada en la universidad la que permite sentarse para misionar en el pozo del patio universitario. Según nos recuerda Aparecida: “Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus Pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre lo más sencillos y alejados (…). Manteniéndose en comunión con su obispo e insertándose al proyecto de pastoral diocesana, las CEBs se convierten en un signo de vitalidad de la Iglesia particular” (DA 179).
Creo que las comunidades estables, fortalecidas con una pedagogía de largo plazo, un buen asesor, una renovación constante en la formación y sobre todo una oración en torno a la lectio divina, junto a la misma eucaristía, otorgan la posibilidad de un acercarse al que busca en cualquier nivel del ambiente universitario (la sala de clases, el patio, el casino, etc.), pudiendo llegar incluso a un diálogo formal, entendiendo con ello la posibilidad incluso de establecer algún curso con contenidos sobre la fe en universidades laicas(21).
La experiencia ha mostrado un trabajo fructífero –pero no por ello menos difícil- con estudiantes. Pero es evidente que el trabajo con académicos y auxiliares no puede estar exento. Se trata de una presencia constante, pese al paso de sus miembros (especialmente los estudiantes, que por experiencia participan de una comunidad de manera continua solo tres años). No toda la formación se da por cierto en la comunidad, pero para ello existen instancias adecuadas, que sobre todo un ambiente católico puede ofrecer (en la misma sede de la VPU o la misma UC). Sin embargo, ha sido estrategia de ella, al menos desde el Congreso de Pastoral Universitaria de Santiago que se organizó en 1983 en Punta de Tralca, el trabajo de las comunidades en las distintas realidades universitarias, introduciendo además un itinerario de formación para los que definitivamente han acogido la fe e ingresado a las mismas comunidades. Así se llama el actual programa Antioquia –lugar donde se les dio por primera vez el nombre de cristianos- que consiste en el desarrollo de la fe personal en compañía con el otro. Para ello se ha buscado una coordinación que busca robustecer dichas comunidades con el trabajo solidario (que cada pastoral busca implementar) y con el evidente trabajo de misiones que se realiza en forma extraordinaria durante los períodos de vacaciones, fuera del ámbito universitario.
El trabajo de la Vicaría de la Pastoral Universitaria, de la cual soy Vicario, busca precisamente implementar una directriz que se amplíe desde la eclesiología compartida, de madurez comunitaria, pero con una estrategia de paciencia, de volver a abonar –incluso más de un año- para que pueda dar fruto (Cf. Lc 13,6-9). El centro gravitante está por cierto en la eucaristía. Así como la capilla del campus San Joaquín, que ha quedado providencialmente en el centro de todas las facultades y aulas universitarias, de igual manera las comunidades en las universidades laicas celebran la eucaristía –más distanciadamente- alimentando esa plantatio comunitaria. La complementación de la formación, sea en la Vicaría o en centros como la misma Católica, la misión, fuera o en la misma facultad, y de manera especial el encuentro con los más sufridos, la fortalecen para dialogar con el corazón duro que no quiere, o no sabe, preguntarse por la presencia de lo trascendente desde la inmanencia científica o de las cosas humanas: la de Jesucristo, el verdadero hombre y Dios verdadero.
Para mí sería muy grato contar con la ayuda de la Pastoral de la Universidad Católica para realizar la misión de la Iglesia en la universidad en general, que es el universo global y desafiante que nos toca vivir. Aquí en la UC soy profesor, y me enorgullece. Con todo, esta tarea de pastoral universitaria que se inició en esta casa de estudios y se proyectó a la intemperie laica de la universidad a través de la VPU, creo que también sigue siendo válida en los mismos patios de la Católica. Gracias.
Notas
*Exposición realizada el 21 de agosto en la Universidad Católica, al grupo de encargados de la pastoral interna de la misma universidad.
(1) Cf. carta del Papa Alejandro IV a la Universidad de París, 14 de abril de 1255, Introducción: Bullarium Diplomatum..., t. III, Turín 1858, pág. 602, en: Juan Pablo II, Ex corde Ecclesiae nº 1, 1990.
(2) Ex corde Ecclesiae, nº 5. Cf. San Agustín, Serm. 43, 9: PL 38, 258. Cf. también, san Anselmo, Proslogion, cap. I: PL 158, 227.
(3) Congregación para la Educación Católica, Consejo Pontificio para los Laicos, Consejo Pontificio de la Cultura, Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la Cultura Universitaria (Presencia de la Iglesia en la Univ.), nº 6, 1995.
(4) La expresión viene concretamente del profesor de teología Jorge Costadoat s.j., quien al impulsar la creación del Centro Teológico Manuel Larraín (en 2005) invitaba a los distintos participantes de sus grupos a reflexionar “teológicamente” desde la condición de bautizados, es decir, pese a no dominar la teología como rama específica.
(5) Presencia de la Iglesia en la Univ., Introd.
(6) Ex corde Ecclesiae, nº 38.
(7) Ibidem, nº 39.
(8) Presencia de la Iglesia en la Univ. III, 1,3.
(9) Juan Pablo II, La Presencia de la Iglesia en el mundo universitario, imprescindible. Discurso dirigido a la reunión de trabajo sobre la pastoral universitaria de Roma (8-3-82), en Ecclesia, nº 2071, pág. 9
(10) Ex corde Ecclesiae, nº 7.
(11) Es interesante destacar que en Buga se habla de una iluminación para el caso de universidades católicas, precisamente advirtiendo la legítima autonomía de las cosas temporales, aplicadas aquí a las ciencias. Es decir, se abriga la esperanza de que la teología no sea en ellas una imposición doctrinal, sino un diálogo con la “luz de la fe científicamente elaborada”, evitando así “todo concordismo”, es decir “todo falso maridaje entre ciencias y la teología” (Cf. Ibidem I,3).
El magisterio latinoamericano se citará directamente en el texto.
(12) Cf. Conc. Vat II, doc. Dei Verbum, 2.
(13) Presencia de la Iglesia en la Univ. III, 1,8.
(14) Ibidem.
(15) Es evidente que el formato de comunidad en la universidad se parece más a la clásica denominación de las “Comunidades cristianas de base”, con el “inconveniente” que la base –del escenario universitario- no es el lugar definitivo de la vida. Según se ha podido estimar en la experiencia de la Vicaría Pastoral Universitaria, dichas comunidades, bien constituidas, pueden tener una vida continua de tres años, que es el período promedio de participación de los universitarios en las mismas.
(16) Jaime Lavados Montes, Los negocios universitarios en el mercado del conocimiento, Lom, Santiago, 2006, 27-28)
(17) Juan Pablo II, Carta autógrafa instituyendo el Consejo Pontificio de la Cultura, 20 de Mayo 1982, en: Presencia de la Iglesia en la Univ., Cap: Una exigencia urgente.
(18) Ibidem.
(19) Ex corde Ecclesiae nº 43.
(20) Ibidem nº 44.
(21) No deja de ser interesante el caso de la petición de algunos alumnos en la facultad de Derecho de la Universidad de Chile que han promovido a un sacerdote para dar el curioso curso “derecho en la Biblia”. Me refiero al Prof. Rodrigo García s.j. que ha impartido el mismo curso, durante casi todos los semestres comprendidos entre el 2006 al 2008.
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