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La situación de la Iglesia es muy delicada. Los escándalos por los abusos sexuales del clero han desacreditado gravemente su anuncio del Evangelio. Las nuevas generaciones están estremecidas. Desconfían de los representantes de una institución que también por otros motivos les parece anticuada y extraña. Los católicos adultos, por su cuenta, están dolidos por lo ocurrido o indignados por las maniobras de los pastores para ocultar la verdad. Les irritan las autoridades eclesiásticas que insisten en saber “la verdad”, especialmente en temas de moral sexual y de la vida. Los católicos, sin embargo, no podemos desesperar. Dios aún actúa en los acontecimientos, y asegura su compañía a la Iglesia hasta el final de la historia. Cabe, por tanto, preguntarse: ¿qué tiene que terminar en la Iglesia? ¿Cómo y dónde está germinando y brotando hoy el Evangelio en la Iglesia?
Sin duda Chile lleva la impronta del catolicismo. La Iglesia chilena ha troquelado significativamente el carácter de los chilenos. El cristianismo, y el catolicismo en particular, al igual que otras tradiciones culturales y filosóficas influyentes en nuestra identidad nos permiten comprender quiénes somos y hacia adónde vamos. A esto hay que añadir que, en las actuales circunstancias de globalización, nuestra cultura ha comenzado a conjugar ideas y creencias hasta ahora desconocidas, mediante progresos comunicacionales impresionantes y a velocidades vertiginosas. En estas circunstancias, probablemente el país necesitará sabiduría y prontitud para encarar el futuro. Tanto las personas como la nación políticamente organizada, agradecerán la existencia de personas e instituciones que interpreten los tiempos y los orienten. Cabe preguntarse entonces: ¿qué iglesia es la que necesita nuestro país hoy en día? ¿Qué tipo de reformas la capacitarán a este efecto? ¿Necesitará Chile de la Iglesia?
Entre los siglos VI a.C y IV d.C tuvo lugar el surgimiento de las grandes religiones monoteístas. Los expertos en el tema sostienen que los cambios actuales en la religiosidad son equivalentes en magnitud a los ocurridos en aquella época. Hoy experimentamos una fuerte individuación de la experiencia religiosa con señales evidentes de desvinculación a las instituciones. Se ha acentuado el divorcio entre fe en Dios e Iglesia e, incluso, prospera el cultivo de un tipo de religiosidad indeterminado e individualista. Por otra parte, se abren posibilidades de opciones personales por el Señor. La conferencia de Aparecida ve la oportunidad y propone “recomenzar de Cristo” (41), lo cual no ocurrirá sin un “encuentro personal” pero también “comunitario” con el Señor (11). Las personas necesitan cauces para su experiencia religiosa. La Iglesia ofrece a las personas espacios y tiempos, ritos y una sabiduría milenaria precisamente para facilitar, custodiar y orientar su encuentro con Dios. De aquí que corresponda preguntarse, ¿qué Iglesia podrá efectivamente ofrecer una experiencia de Dios a la altura del modo de entender “lo divino” de nuestros contemporáneos? ¿Qué cambios tendrá que introducir en su espiritualidad, su liturgia, su moral y su institucionalidad?
Hablar de Dios, hoy, es un desafío de los cristianos de todas las épocas. En la nuestra, las posibilidades de hablar, de comunicar y de convencer han sido elevadas al máximo. Sin embargo, los cristianos tenemos enormes dificultades para hacer comprender a otros el Evangelio y, entre los católicos en particular, carecemos de espacios para conversar y discutir temas opinables. Esto no obstante, Juan Pablo II nos animó a buscarlos: “Suscita un gran interés la reflexión sobre la participación de opinión pública en la Iglesia y de la Iglesia en la opinión pública. Mi predecesor Pío XII, de feliz memoria, al encontrarse con los editores de periódicos católicos les decía que algo faltaría en la vida de la Iglesia si no existiese la opinión pública” (24 enero 2005). Podemos, en consecuencia, preguntarnos dos cosas distintas: ¿cómo los católicos acogemos la opinión pública?; ¿cómo nos imaginamos participando en ella en temas de bien común y en temas eclesiales? Una forma de enfrentar también el problema es cómo se enfrenta públicamente las distintas opiniones dentro de la Iglesia. ¿Es posible?
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