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¿Pensar la técnica? ¿Para qué? *

Sergio Silva G., SS.CC. (1)

La técnica es cada vez más determinante en la vida de las personas individuales y de los pueblos. Reflexionar críticamente sobre ella puede ayudarnos a comprender qué y quiénes somos y comprender nuestra situación histórica y cultural. Y, como cristianos, somos llamados a actuar sobre la técnica en niveles decisivos a fin de pensar rumbos mejores para la construcción del ser humano.

Es un hecho que, cada vez más, nuestra vida se va llenando de aparatos técnicos, por fuera y por dentro: hay quienes ya no podemos vivir sin el computador y la conexión a Internet, y hay los que viven gracias a un aparato técnico –como un marcapasos o un determinado medicamento— alojado en el interior de su cuerpo. Es un hecho, también, que las discusiones sobre el futuro de nuestro país y del mundo giran cada vez más acerca de procesos finalmente técnicos: digitalizar la educación, hacer más competitiva la industria, renovar la infraestructura de vías y puentes, legitimar o no el uso de la píldora del día despúes, etc. Sin embargo, esta presencia creciente y cada vez más gravitante de la técnica (2) no va acompañada de una reflexión igualmente intensa.

Permítaseme empezar con un recuerdo personal: en 1974 caí en la cuenta de que era importante pensar la técnica, es decir, pensar el fenómeno técnico en su conjunto, que se va haciendo cada vez más determinante en la vida de personas y pueblos. Fue una toma de conciencia que, hasta donde alcanzo a ver en mí, se produjo en la confluencia de dos procesos diferentes. Uno, el haber retomado ese año los estudios de ingeniería civil en la Universidad Católica —abandonados al pasar a 5º año en 1960, cuando ingresé al noviciado de los Sagrados Corazones— y haber podido constatar, con sorpresa mayúscula, el enorme cambio que se había producido en la ingeniería (un cambio visible en dos síntomas mayores: por un lado, la teorización matemática del cálculo de probabilidades y consiguientemente de la estadística, convertida en instrumento privilegiado para captar la realidad; por otro, la presencia creciente de la computación, como instrumento adecuado para manejar la ilimitada información estadística). El segundo proceso fue la lectura, a partir de 1969, del filósofo Jürgen Habermas, particularmente de su pequeño libro sobre ciencia y técnica como ideología, de 1968 (3); ahí encontré un marco teórico sugerente para iniciar una reflexión sobre la técnica moderna.

La técnica, nuestro mundo

A partir de entonces, cada vez que he planteado ante un público universitario o de profesionales la necesidad de hacer esta reflexión, me he encontrado con una reacción entre escéptica —esa reflexión es inútil, no llevará a nada— y defensiva, como si la reflexión fuera necesariamente para atacar la técnica.
Un ejemplo nos puede ayudar a captar el enfoque de esta reflexión. En Occidente vivimos todavía, al menos en parte, de la herencia del pensamiento griego. Los griegos reflexionaron sobre la naturaleza —el “cosmos” decían ellos, es decir, un orden bello— no para atacarla ni en busca de alguna utilidad o provecho, sino simplemente porque descubrieron que el ser humano necesita comprenderse y eso lo logra cuando se sitúa en su espacio y en su tiempo, intentando descubrir de dónde viene y adónde va.

De manera creciente, la técnica contemporánea se está constituyendo en nuestro cosmos, en el mundo en que vivimos. Si para Heidegger el ser humano era el ser-en-el-mundo, hoy pareciera que es más bien un ser-en-la-técnica (4). La técnica la poseemos exteriormente, usamos sus productos, entramos en sus procesos; pero lo propio del ser humano es interiorizar —hacer suyo— lo que le viene de fuera; aquí se sitúa el papel de la reflexión.

A diferencia de la reflexión sobre el cosmos —por cuanto este nos es dado, no hemos intervenido en la decisión respecto de sus estructuras— la reflexión sobre la técnica moderna ha de ser necesariamente crítica, porque no se trata de algo dado sino de una obra humana, fruto de decisiones libres, contingentes, no necesarias; si estas decisiones pudieron ser diferentes, en el futuro también podrán serlo.

Despejando un malentendido

Hay que despejar de inmediato un posible malentendido. Cuando usamos la palabra “técnica” podemos estar refiriéndonos a dos realidades diferentes, aunque íntimamente vinculadas. Por un lado, a la capacidad humana de hacer técnica, una capacidad que distingue al ser humano del animal y que le permite subsistir en condiciones no siempre favorables; en este sentido, la técnica forma parte de la dote “natural” de la humanidad y es necesaria: pone remedio a nuestra debilidad orgánica, a nuestra fundamental inadecuación al medio natural en que vivimos.

Por otro lado, “técnica” puede referir a la forma concreta como esa capacidad “natural” se ha ejercido a lo largo de la historia de la humanidad; se trata aquí no de la técnica en sí sino de una técnica necesariamente con apellidos: la técnica de los romanos o de los mapuches, la técnica medieval o renacentista, la técnica artesanal o la de base científica, etc. Ninguna de estas técnicas con apellido es necesaria, porque cada una de ellas es contingente; es necesario que cada grupo humano tenga una técnica, pero cuál tenga depende de libres decisiones contingentes. Por consiguiente, toda técnica histórica puede —y debe— ser sometida a crítica. Sabiendo, desde la partida, que nunca lograremos en la historia una técnica ideal, sin defectos. (Dicho en cristiano: en cada una de las diferentes técnicas que la humanidad ha desarrollado se da tanto la gracia —de la creación y de la salvación en la historia— como el pecado).

El factor técnico en algunas dimensiones de la vida

Pensar la técnica tiene sentido, por de pronto, porque puede ayudarnos a comprender qué y quiénes somos, y cuál es nuestra particular situación histórica y cultural actual. Más concretamente, una reflexión crítica sobre la técnica actual puede contribuir a centrar los debates contemporáneos, al mostrar un factor importante, a veces decisivo —pero nunca único—, que subyace en los fenómenos y procesos puestos a debate y que suele pasar inadvertido; precisamente el factor técnico. Nos podemos aproximar a este centro, en cierta medida ciego, desde cualquiera de los sectores y dimensiones de la vida actual, tanto personal como social.

a) Por ejemplo, desde el trabajo. Sus distintas dimensiones tienen que ver con las múltiples fuerzas que lo condicionan y lo configuran. Entre ellas, la naturaleza: el trabajo es siempre una cierta lucha con ella para obtener los bienes y servicios que necesitamos para nuestra subsistencia; luego está el grupo social: el trabajo se presenta siempre organizado socialmente y regulado por un marco político; también está la persona individual que trabaja: para ella el trabajo es ocasión de autorrealización o de alienación; finalmente, podemos mencionar la técnica: por un lado, significa un conjunto objetivo de ideas, concretadas en máquinas y procesos organizacionales, y, por otro, es la necesaria habilidad subjetiva para usar adecuadamente ese conjunto objetivo. (De estas fuerzas la humanidad ha ido tomando conciencia forzada en gran medida por desastres: como la miseria del proletariado del primer capitalismo, las amenazas crecientes a los equilibrios ecológicos durante el siglo XX, el existencialismo y el absurdo de la existencia en la Europa de la segunda posguerra. ¿Qué desastre necesitamos para tomar conciencia de la técnica en sus dimensiones objetiva y subjetiva?).

Los problemas actuales del trabajo —entre otros, su creciente escasez y la también creciente exigencia de alta calificación de los trabajadores—, ¿no dependen en gran medida de los cambios técnicos que se han estado produciendo y que tienen que ver tanto con los procesos productivos (automatización creciente, globalización, entre los principales cambios) como con los procesos organizacionales (reingeniería permanente de las empresas, por ejemplo)?

b) La educación formal —más en concreto, los objetivos que persigue el sistema educacional del país— se concibe, cada vez más, casi exclusivamente como una preparación de los y las jóvenes para el trabajo requerido por la sociedad en su conjunto. Quizá siempre ha sido así en la historia de la humanidad, pero en otras épocas se ha acentuado más el conjunto de la vida, con toda su riqueza, que incluye el trabajo, pero lo desborda ampliamente.

Como el trabajo está cada vez más mediado por los instrumentos y los procesos técnicos —instrumentos de producción, de organización, de información, de comunicación, etc.— parte fundamental de la educación es cultivar las habilidades que permitan luego el uso eficaz de esos instrumentos. Hasta el punto de que hoy en Chile pareciera que mejorando el inglés y la computación estaríamos a un paso de alcanzar el ansiado desarrollo.

c) La medicina oficial se tecnifica aceleradamente. Ya casi no se concibe un diagnóstico puramente clínico, sin diversos exámenes de laboratorio. Tampoco se concibe un tratamiento basado sólo en una dieta adecuada y en un ritmo de vida sano; sin medicamentos que sean fruto de mucha investigación científica, no parece que sea posible hoy recuperar la salud. Esto ha traído problemas de deshumanización del trato entre el médico y el paciente, de encarecimiento creciente de los costos de la salud y por consiguiente de inequidad de su distribución en la población.

d) Podríamos seguir enumerando otros sectores como la comunicación, los transportes, las relaciones interpersonales, la entretención: en todos ellos se percibe la mediación creciente de los productos y los procesos de nuestra técnica científica. Para terminar con estos ejemplos quisiera llamar la atención sobre la moral. Las condiciones de la vida humana han cambiado y están cambiando mucho debido al descubrimiento y uso de nuevos productos y procesos técnicos, pero la reflexión moral no parece tener en cuenta siempre estos cambios. Un botón de muestra puede ser la sexualidad. Se ha hecho posible técnicamente separar la relación sexual de su eficacia reproductiva, lo que ha traído un incremento exponencial del uso de la sexualidad con fines sólo de placer o de cariño. Esta separación, ¿es necesariamente mala? Si no lo fuera, ¿no habría que repensar buena parte de la moral sexual recibida?

Posibilidades de acción frente a la técnica

La técnica, en cualquiera de sus realizaciones históricas, pone siempre en nuestras manos nuevas posibilidades de acción; en cierto sentido, nos lleva a actuar de determinada manera. Como el ser humano se construye por medio de su acción, la técnica contribuye a hacernos tales como de hecho somos.
Como cristianos, podemos luchar contra algunas de las posibilidades que nos abre la técnica contemporánea en cuanto estén en contradicción con los principios de nuestra fe. Es una tarea necesaria, pero ciertamente insuficiente.

Porque podemos intentar dar un paso más al fondo del problema. En lugar de situarnos como meros consumidores de los productos y procesos técnicos hechos por otros —casi en la actitud en que necesariamente estamos ante la naturaleza, que no depende de nosotros—, podemos tratar de penetrar más a fondo en ellos. Ahí descubrimos otros tres niveles de nuestro encuentro con la técnica, cada vez más decisivos: la producción de los objetos técnicos, la investigación científico-técnica y la constitución epistemológica de lo que hoy muchos llaman la tecnociencia. En el nivel del consumo se requiere muchas veces de un heroísmo —que no es asunto de todos, ni siquiera de muchos— para no usar, por razones éticas y de fe, un producto o un proceso técnico disponible. Una tentación es intensificar los castigos asociados a su uso para disuadir de él. En cambio, si se pudiera actuar en el nivel de la producción, para evitar que se produzcan objetos considerados dañinos o inmorales, la gran masa de la población quedaría más a salvo, mejor protegida.

Más importante es, a mi juicio, el nivel de la investigación. ¿Cómo podemos influir los cristianos para que no se investigue lo que puede traer consecuencias negativas, por ejemplo, en materia de armamentos? ¿Y cómo influir para que sí se investiguen los innumerables ámbitos de problemas sin resolver, especialmente los de los pobres y sufrientes?

Finalmente, el nivel decisivo es el de la constitución epistemológica de la tecnociencia. Aquí también hay decisiones libres, contingentes, no necesarias, que están en la base de la ciencia y de la técnica tales como son hoy en Occidente. Pensemos, por ejemplo, en el propósito de medir y cuantificar todo; antes del siglo XVII no fue así y no tiene por qué seguir siendo así indefinidamente. Es verdad que la cuantificación ha permitido aumentar cierto tipo de eficacia; pero ha sido a costa de otras eficacias, quizá más humanas, como el respeto por la naturaleza y sus delicados equilibrios ecológicos. Tomar conciencia del carácter libre y contingente de las decisiones históricas de la humanidad que han dado origen a la tecnociencia libera nuestra imaginación para pensar rumbos diferentes, mejores. Porque, en el fondo, aquí está en juego el ideal que nos hacemos del ser humano —en sus relaciones con la naturaleza, con los demás, consigo mismo y con Dios—, en contraste con la imagen de hombre que de hecho se ha encarnado en la tecnociencia y que tiende a modelarnos a todos a su imagen y semejanza.

Notas


* Artículo Publicado en Revista Mensaje Nº 552, Noviembre de 2006.

(1) Profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

(2) Por razones que no es del caso exponer aquí, evito sistemáticamente el uso del término “tecnología”, que es el que se suele usar hoy para designar la técnica moderna de base científica.

(3) Traducción castellana: Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como ideología. Madrid, Tecnos, 1984.

(4) Ver Ramón Queraltó, “Racionalización tecnológica y mundo.